Capítulo 47
El estallido de la pólvora
La inusualmente fría mañana de noviembre hizo que mi piel se erizara mientras esperábamos el taxi que nos llevaría al Cabanyal, en busca de lo que había sido una tienda de animales y que ahora parecía guardar algún misterio oculto.
Sentí cómo el viento húmedo se colaba por las rendijas de mi ropa, y un escalofrío recorrió mi espalda, mezclando frío y un extraño presentimiento de que aquel día marcaría un antes y un después.
Quique había decidido que ir en taxi era más seguro y discreto, por si nuestros perseguidores volvían.
—Aunque, en realidad, creo que la persecución de los hombres de negro no fue más que una maniobra intimidatoria —dijo con seriedad, pero sus ojos traicionaban un destello de miedo que no podía ocultar.
Mi corazón dio un salto. Sabía que había algo detrás de sus palabras, algo que no me decía.
—Mucho mejor —le contesté, intentando tranquilizarme a mí misma y no llevarle la contraria.
Comenzó a caer una fina llovizna, helada y cortante, que se mezclaba con el viento y hacía que mis dedos se agarrotaran dentro de los guantes.
El taxi se retrasaba. Cinco minutos. Cada segundo alargaba la espera y mi frío era cada vez más notable.
Quique me rodeó con su anorak, y sentí cómo su calor se filtraba a través de la tela, calmando la rigidez de mis músculos y la inquietud que me oprimía el pecho.
—Te tenías que haber abrigado más, Marina —murmuró mientras me frotaba la espalda con firmeza, como queriendo transmitirme su protección.
Entre castañeteos de dientes y temblores le respondí que en noviembre no debía hacer este frío en Valencia.
—Te recuerdo que la mayoría de mi ropa sigue en Madrid y que solo hice la maleta para entretiempo. Lo normal.
—Lo normal —repitió con una sonrisa ladeada, divertida y tierna a la vez—. En cuanto acabemos con esto vamos a comprarte una buena chaqueta.
Por fin llegó el taxi. Y algo en su comportamiento me hizo fruncir el ceño.
Quique contenía la sonrisa, jugando con la situación, mientras abría la puerta trasera para mí.
Me extrañó su reacción y la sensación de que algo no estaba en su lugar se hizo más intensa. Miré a Quique, miré al taxi, volví a mirarlo a él… y luego al taxista.
—¡Por Dios, Quique! ¿De verdad crees que es necesario?
La risa contenida de Quique se liberó finalmente, cálida, contagiosa. Esperó a que me pusiera el cinturón y, besándome la frente con suavidad, dijo:
—Sí, es necesario. Olvidas que soy policía. Pero no te preocupes, está todo previsto.
Pablo me saludó de inmediato, y sentí un pequeño alivio al reconocer su amabilidad.
—Encantado de conocerla, señorita Marina.
—Marina está bien, Pablo. Lo mismo digo —respondí, esforzándome por sonar segura, aunque mi estómago se retorcía con cada palabra.
—Solo nos habíamos visto de lejos, pero no se preocupe. El capitán lo tiene todo controlado.
El capitán, sentado en el asiento del copiloto, me guiñó un ojo. Mi pecho se tensó. Sabía que aquel viaje no era rutinario: podía abrirnos puertas o tal vez solo encontráramos una puerta cerrada.
Durante el trayecto, Quique y Pablo conversaron sobre el operativo: dónde esperar, el puesto de Javier —¿también Javier?, pensé—, los movimientos posibles.
Yo desconecté lo justo.
Las palabras me llegaban amortiguadas, como un sonido anodino al que hacer oídos sordos.
Pensé en la yaya, en su legado, en la responsabilidad que ahora caía sobre mí.
No creía que mi abuela hubiera anticipado hasta dónde me llevaría su encargo, al menos, no así. No con esta sensación de peligro constante, con nombres y sombras que no me pertenecían.
Quizá ella conocía el hilo principal.
Pero este nudo, este enredo que ahora nos rodeaba, no creí que fuera algo que ella hubiera contemplado.
O tal vez sí.
Tal vez aún me faltaban piezas.
—Déjanos aquí, Pablo, y no te alejes demasiado —ordenó Quique, firme.
—Sí, capitán. Aparcaré en la puerta y me sentaré en el bar de enfrente a almorzar. Algo nada forzado, muy natural.
—Perfecto, Pablo. Tú siempre tan práctico.
—Javier esperará en su coche, en la esquina. Estaremos atentos a la entrada de cualquier sospechoso.
—Entonces, si todo está claro, comenzamos.
Quique bajó primero y me abrió la puerta, colocándome su anorak sobre los hombros. Me refugié en él, agradeciendo no solo el calor, sino la sensación de seguridad que emanaba de su olor impregnado.
Cruzamos la calle hacia la puerta metálica cerrada, con aspecto abandonado.
Las letras rojas desvanecidas —Koko tienda de animales— eran un eco de un tiempo pasado, y la sensación de abandono aumentaba mi ansiedad.
El viento húmedo y frío calaba hasta los huesos pese a la ropa. El sol se había rendido.
Quique inspeccionaba la puerta, buscando cualquier botón o código.
Yo me distraje con una mujer que paseaba un caniche chocolate, hablándole como a un niño. Una sonrisa se me escapó.
—Si buscan al dueño de la tienda, hace mucho que cerró y se fue de Valencia… cruzó el charco, creo que a Dallas… o Manhattan… —dijo la mujer, tímida pero amable—. Rumores sobre dinero recibido por la venta del local circulaban, pero nadie volvió a abrir negocio allí.
Quique se acercó, sonriendo con la amabilidad que usa para calmar y agradar.
—¿Sabe si alguien se ha instalado cerca desde entonces?
La mujer sonrió, incapaz de ocultar la timidez.
—Hicieron reformas hace un par de años, pero nunca he visto a nadie vivir allí… solo gente que entra y sale en minutos. Es raro, pero no me meto en la vida de nadie.
Nos despedimos y giramos la esquina, hasta una puerta blanca de madera con un telefonillo.
Quique marcó el código del guardapelo. La puerta se abrió.
El interior era diáfano: un sofá central, una pantalla, cajones metálicos, luz blanca que robaba toda calidez al lugar.
Nos sentamos. Nada ocurrió.
Estaba confundida y sentí cierta incredulidad ante la situación.
El escenario parecía salido de alguna película futurista. ¿De verdad existían estos lugares tan raros? ¿Qué hacíamos allí sentados esperando? ¿Esperar qué?
Miré a Quique, que reflejaba la misma incredulidad. Miraba a todos lados y a mí. Me impacienté; me sentía nerviosa y no podía seguir sentada.
Me levanté y toqué la pantalla.
—Hola, Marina.
La voz de una mujer se coló por cada esquina de la blanca habitación. Yo me senté de inmediato; Quique dio un brinco en su asiento.
—Estoy encantada de guiarte para conocer el mensaje que se ha depositado en nuestras instalaciones para ti.
La imagen de una mujer apareció ante nuestros ojos en la pantalla.
Su voz era neutra, perfecta, casi inquietante.
—Cuando estés preparada —continuó—, di: «Ahora». Responde a cada una de las preguntas de seguridad. Si aceptas con un sí, el mensaje se revelará.
Tragué saliva, sintiendo un nudo en el estómago. Miré a Quique; él me sostuvo la mirada y me guiñó un ojo. No soltó mi mano.
—Ahora.
El avatar inclinó levemente la cabeza, aceptando mi decisión.
—Procedemos a la verificación.
Las preguntas llegaron una tras otra, rápidas, casi atropellando mis pensamientos.
Mi DNI.
El nombre de mis padres.
El nombre del espolín de mi yaya.
Respondí casi en automático, pero sentía el pulso golpeando mis sienes y la garganta seca.
El silencio posterior fue pesado, abrumador.
Mi mente voló a mil escenarios posibles.
—Verificación completada —anunció finalmente—. Acceso concedido.
La pantalla se fundió en negro.
Durante un instante temí que todo fuera una broma macabra.
Y entonces apareció él.
Un hombre de unos sesenta años, alto y delgado, cabello rubio salpicado de canas, ojos azules que me atravesaron con el recuerdo de otros ojos.
—Hola, Marina.
Su voz era firme, aunque con un cansancio palpable.
—Mi nombre es Alberto Pérez Navas.
Ver su cara, su sonrisa, me desarmó. Era Enrique, era Quique, era Carmela… y hasta era yo misma.
Mi sangre —la misma que corría por sus venas— se aceleró y un sentimiento de familia se instaló en mí.
Es curioso cuando dicen que la sangre pesa más que el agua, pero en aquel momento fui testigo de esa certeza: aquel que me miraba con los ojos de mi yaya era mi linaje, y así fue como lo sentí.
Comenzó a hablarme y, emocionada, con alguna lágrima queriendo escapar de mis ojos, traté de apartar los sentimientos y asumir lo que tenía que contarme.
—Supongo que, si has llegado hasta aquí, ya sabes quién soy.
Hizo una pausa. El viento movía su cabello. Detrás de él, un paisaje verde y abierto, con un acantilado al fondo. Norte, seguro.
—Soy hijo de Carmela —continuó—. Y, por lo tanto… tu tío.
Algo se quebró dentro de mí. La larga espera, el dolor por su vida… y por la de Carmela… todo volvió convertido en un torbellino de sentimientos.
Sonrió, triste y agradecido.
—Siento haberte arrastrado a esta trama enrevesada. Mi madre y yo pensamos mucho antes de decidirlo. Y aun así… no fue fácil.
Se pasó la mano por la frente, incómodo.
—Tu yaya sabía que buscarías su espolín. Siempre lo supo. Lo dejó todo dispuesto para que, tras su muerte, tiraras del hilo correcto. Quería que conocieras lo que nunca pudo contar, que recuperaras su historia desde el momento más hermoso de su vida.
Bajó la mirada un segundo.
—Pero entonces aparecí yo. Y todo cambió.
Alcé la vista hacia Quique. Seguía inmóvil, atento, pendiente de aquel hombre que era tan suyo como mío.
Entonces me di cuenta de que estaba siendo egocéntrica con mis sentimientos. Quique estaba frente a su sangre del mismo modo que yo; apretaba mi mano con fuerza, pero podía notar cierto temblor y un rictus de emoción que no había sabido compartir con él.
—Carmela me donó su propia médula para salvarme de una enfermedad mortal —prosiguió Alberto—. Durante un tiempo pensé que la vida nos había concedido una tregua. Me equivoqué.
Su expresión se endureció.
—Mi familia… los Pérez Navas… cruzaron líneas que no debieron cruzar. Mala praxis, fraude, mentiras demasiado grandes para sostenerse sin violencia.
Respiró hondo mientras sus ojos miraban al frente, directamente a los míos.
Yo miré a Quique; me acerqué más a él, apoyando mi cabeza un leve segundo en su hombro. Él me rodeó la cintura con su brazo, acercándome a su cuerpo.
Éramos ahora un solo cuerpo recibiendo el mensaje.
—Ahora estoy fuera del círculo. Es más seguro así. Pero no lo suficiente.
Levantó la mirada, urgente, directa.
—Debes tener especial cuidado con Celia. Es capaz de cualquier cosa para proteger sus intereses. Su hermano Jesús es solo un peón… pero un peón obediente, peligroso.
Guardó silencio. Largo, denso.
—Lo que te cedo ahora requiere gran responsabilidad y no está exento de riesgo. Puedes abandonar cuando quieras… pero sospecho que no lo harás.
Sonrió; me pareció tan familiar.
—Durante dos años recopilamos pruebas: documentos, recibos, cuentas que incriminan a los Pérez Navas en la trama de transporte y venta de obras de arte expoliadas durante la guerra civil desde una finca en Extremadura.
Mi contable, Julián, te dio parte de esos papeles.
No los más importantes, pero un cabo de dónde tirar.
Tienes un paso más: solo cuando la trama se destape y los culpables sean arrestados, cuando tengas el espolín en tus manos, me encontrarás.
Quique y yo nos miramos. Mis ojos se abrieron desmesuradamente, recordando a Julián, la visita furtiva en París, su triste final.
Perdí el hilo…
…hasta que escuché el nombre:
—Isabel María, tu madre, está al tanto de lo ocurrido. Pero no conoce nuestro parentesco… aún no.
Mi madre. Mi madre… ¿Qué sabía de todo esto? ¿Cómo reaccionaría al saber que no era hija única? ¿Qué conocía y qué no de su madre? ¿Y papá? Quizá él supiera más… o quizá no.
Quizá la yaya quería que toda esta responsabilidad recayera en mí y solo en mí…
—Marina, es tu decisión.
Alberto me miró directamente a los ojos desde la pantalla de nuevo.
—Eres periodista. Puedes acceder a los medios, divulgar la noticia, dejarla en manos de autoridades o renunciar a esta responsabilidad. Si decides seguir, confírmame marcando el código 26061985 y te daré instrucciones precisas.
Miré a Quique. Asintió. Noté algo diferente en su gesto, nimio, casi imperceptible… pero estaba ahí.
Me levanté y marqué el código en la tablet bajo la pantalla.
Un ruido metálico sonó en el lateral, en la consola de cajones.
Di un respingo ante el sonido externo a la imagen.
La pantalla volvió a cobrar vida. Alberto, ahora en una playa rocosa, se dirigió a mí con gesto amable, aunque su preocupación endurecía su semblante.
El lugar parecía tranquilo, solitario, hermoso… pese al encuadre cerrado que ocultaba detalles.
—Marina, en el gavetero encontrarás una llave con un código. Ella te llevará al Banco de España, en la calle de las Barcas. Ten cuidado. Son capaces de matar para que los documentos no salgan a la luz.
Me acerqué al gavetero con pasos lentos, repasando pros y contras.
¿En qué momento mi legado se tornó en la búsqueda del delito?
¿En qué momento la búsqueda del espolín se transformó en un pulpo viscoso atrapándome entre sus patas?
Todo se había complicado. El sencillo bordado se había convertido en un arabesco imposible de descifrar.
La pequeña llave colgaba de un llavero de metal en forma de moneda, con un número: 0626.
Ligero como pluma. Pesado como un lastre.
Lo cogí y lo metí en el bolsillo del pantalón; me sentía más segura teniéndolo cerca de mi piel.
Miré atrás. Alberto ya no estaba. La tan familiar y a la vez ajena presencia se había evaporado.
Solo me quedaba una cosa por hacer: ayudarle.
Quique se levantó tras de mí, cogió mi mano y levantó mi mandíbula hacia él con delicadeza.
—¿Estás bien?
Contesté con un gesto afirmativo, sin palabras.
Pese al gesto, noté algo diferente en su mirada. ¿Temor?
Salimos de aquel cubículo inmaculado a la fría mañana de luz negada por nubes grises y densas.
Miré a Quique esperando algún comentario… pero algo había cambiado.
Era una sensación casi imperceptible: una renuncia en su mirada, el pequeño gesto de morderse el labio, un minúsculo cambio en el color de sus ojos.
—Vamos.
Hasta su voz era más grave. Ajustó el anorak a mi cuerpo, casi sin rozarme.
Mi cuerpo reaccionó con un frío seco que nació en mis entrañas. Mi mente trató de quitarle importancia, pero la sospecha ya estaba instalada.
No le pregunté. Me diría lo que le turbaba cuando estuviera preparado.