Capítulo 45
Te reconozco
Veía a Marina avanzar con el paso lento, cansado.
Su mano apretaba la mía, liviana, y bostezaba una y otra vez. Era tarde, pasadas las doce. El día había sido duro. Y, sin embargo, mi cuerpo reaccionaba a ella como un resorte.
Se abrazó a mí en el ascensor. Yo era consciente de su cansancio, pero aun así la deseaba.
La dejé en el cuarto y me di una ducha. El agua resbaló por mi piel y, con ella, regresaron los recuerdos de nuestras noches en París, encendiendo mi cuerpo sin pedir permiso.
Yo y mi deseo salimos a su encuentro, hacia la cama nueva y amplia… pero Marina dormía.
Me senté en la butaca blanca tapizada, frente a la cama, y la observé.
Los mechones de su pelo, como algas de un mar cálido, se desparramaban revueltos sobre la almohada. Sus ojos cerrados quedaban enmarcados por los últimos rayos del atardecer. Su boca, carnosa…
Ay.
Una punzada de deseo me atravesó el cuerpo al pensar en sus labios. Pero no quise molestarla. Era tarde. Estaba cansada.
Me tumbé sobre la colcha, creando una barrera entre mi necesidad y ella, y me tapé con la manta gruesa que había dejado a los pies de la cama.
Y, con todo, deseé que despertara.
No podía dormir. El asesinato de Julián me reconcomía. No dejaba de pensar que se había traspasado la línea entre el acoso y el peligro tangible.
Y me preocupaba. Mucho. Pero no por mí, sino por ella.
Se movió apenas, acercando su cuerpo al mío, buscando mi refugio y mi calor. Estiré la manta para cubrirla mejor.
Si ella supiera…
Era consciente de que poseía una información que no había compartido con ella, y sabía que debía haberlo hecho. Pero no era el momento. No lo había sido hasta ahora.
Después de que Olivia destapara el pastel… quizá debería. A su debido tiempo. Tal vez esperar a que Isabel se lo comunicara ella misma. O tal vez no lo haría nunca.
Los papeles de Julián habían sido la clave. Ella no los había visto.
Los oculté.
Primero había que estar seguro. Pero había contratos, compras, incluso una cuenta con su nombre en un paraíso fiscal. No era exagerada, pero sí lo bastante cuantiosa como para no ser inocente.
Ay, Marina…
Lo que te viene ahora va a ser duro. Pero aquí estoy para ayudarte.
Le aparté el pelo de la cara y besé su frente.
—Duerme, amor. Yo velaré por ti.