Tiempo bordado en hilos de espolín Capítulo 44
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Capítulo 44

Formen filas

La algarabía llenó el salón tras el último golpe en la puerta.

Miguel irrumpió como un relámpago en una noche de verano. Risas, palabras atropelladas, entusiasmo puro, imposible de contener. Traía Nueva York en la voz, el premio de Vicente, la ceremonia, las luces, las tiendas… Durante unos segundos, todo lo demás desapareció.

Casi.

Vicente fue directo hacia mí. Silencioso al principio. Me abrazó fuerte, de esos abrazos que no preguntan. Besó mi mejilla con preocupación evidente.

Sentí a Quique tensarse a mi lado. Vigilante. Protector. Marcando un territorio que no necesitaba marcar… pero era él.

—Estoy bien —susurré a Vicente—. Estoy bien.

Repetí mirando a Quique a los ojos. Esos ojos que me mostraban su preocupación teñida de amor.

De protección, quizás excesiva, probablemente necesaria.

Marcela, con su calma habitual, despejó la mesa. Coca de calabaza, refrescos, café.

Enrique, desde su silla, contaba mentalmente —lo supe por la forma en que pasaba los ojos de uno a otro— cuántos estábamos ya alrededor de la mesa. Más que en Navidad, pensó.

Las presentaciones se hicieron casi solas.

Quique saludó y se sentó. Libreta y bolígrafo en mano con gesto firme sobre la mesa.

—Perdonad —dijo—, pero tenemos que centrarnos.

Su gesto se endureció, se le formaron pequeñas arrugas en la frente, y aun así me pareció irresistiblemente sexy en su faceta de capitán mandón y protector.

Su voz no fue alta. No hizo falta.

El murmullo se apagó, las sillas se arrastraron por el suelo. Enrique y Marcela, con ayuda de Nita, sacaron todas las sillas que encontraron, incluso las de los viejos pupitres. La reunión familiar desaparecía. Algo nuevo emergía. Algo que exigía toda nuestra atención.

Me senté recta. Con las manos entrelazadas sobre las rodillas.

Cansancio acumulado. Hombros, nuca. Las expectativas instalándose lentamente en el pecho.

Quique explicó todo. El hombre muerto (pobre Julián). Los documentos. La tienda de animales. La tarjeta.

Observé las caras: Vicente serio, Miguel incrédulo, Nita atenta, Olivia alerta.

—Entonces… —preguntó Vicente—, ¿los matones de esos tal Pérez Navas lo mataron? ¿Qué buscaban?

—Información —contestó Quique—. Algo que comprometía a la empresa. Algo que les desmoronaba el chiringuito. Los delataba.

—¿Y la tarjeta de la tienda de animales?

—Me la robaron —dije antes de que él respondiera—. Pero tengo una fotografía.

Todas las miradas se fijaron en mí.

Pesaba más esta vez. Involucraba a todos. Mi sangre. Mi familia. Por nacimiento o por elección.

Había dudas. Muchas.

Pero también algo nuevo flotaba en el aire: una unión que nos convertía en uno.

Nadie se levantó. Nadie dijo «yo no».

Todos aceptaron su papel.

Quique empezó a repartir tareas. Todo funcional. Perfecto. Organizado.

Vicente y Miguel: Gandía, última dirección del espolín.

Olivia y Nita: vigilar, discretamente, la familia Pérez Navas.

Quique y yo: tienda de animales.

Enrique y Marcela: centro de operaciones, sostener lo cotidiano mientras todo lo demás se tambaleaba.

Mientras hablaba, sentí algo inesperado: calma.

No porque todo fuera a salir bien.

Porque no estaba sola.

Porque ya no éramos solo Quique y yo.

Éramos ojos, mentes y corazones unidos por una causa.

Éramos fuego y llama, hilo y nudo. Un solo proyecto. Una misma ambición.

Miré la mesa. A cada uno de ellos.

Y entendí.

No iba solo del espolín. Ni siquiera de Alberto.

Iba de lealtades. De decisiones. De hasta dónde estábamos dispuestos a llegar.

Y comprendí —con una certeza que me heló y me tranquilizó a la vez— que éramos un equipo.

~~~

Una vez organizado el organigrama y repartidas las tareas, cada pájaro voló a su nido, buscando el descanso del cuerpo y la mente.

Llegamos al ático sobre las diez de la noche, en la tierra de las flores, de la luz y del amor.

Noviembre acababa de estrenarse y el perfume de las flores ofrecidas a los seres perdidos, que llenaban los cementerios, aún flotaba en el aire.

La luna llena iluminaba los rincones más oscuros, aquellos donde las parejas se encontraban en susurros y caricias furtivas.

Una figura menuda y estilizada parecía esperar en el portal. Llevaba un abrigo largo, con las solapas levantadas ocultándole el rostro. Un bombín curioso cubría su cabeza. Parecía tener frío y daba pequeñas pataditas nerviosas que no lo llevaban a ningún lado.

Quique se colocó delante de mí. Su cuerpo se enderezó, se puso en modo alerta, imponiéndose en toda su altura, superándome en más de un palmo. Bajo el grueso jersey toda su musculatura se tensó.

—Espera, Marina. Hay un hombre en el portal. Es posible que no sea nada…, pero iré delante.

Alcé la vista y suspiré. Su sobreprotección no me incomodaba, pero a veces… era demasiada.

—Quique, la verdad…, no tiene pinta de ser peligroso. Solo un hombre que espera…

—La precaución no sobra —respondió, sin mirarme—, dados los hechos recientes.

Reducimos el paso. Entonces la luz de la farola cayó de lleno sobre el rostro del desconocido y mi corazón se aceleró.

—¡Raymond! —exclamé, sin poder contener la emoción—. ¡Monsieur Raymond!

Él se giró, se quitó el bombín con un gesto elegante y me saludó con una sonrisa cálida, cercana.

Quique aflojó la tensión lo justo para dejarme avanzar… y no pude evitarlo: lo abracé con fuerza. El aroma a París, a recuerdos compartidos, me envolvió y, por un instante, todo lo demás desapareció.

Quique sonrió apenas, ladeando la cabeza, con esa mezcla suya de fuerza y delicadeza que me había enamorado desde el primer día, se relajó lo justo. Cogió mi mano como si leyera mis pensamientos, como si pudiera tocar mis recuerdos.

Sus ojos se clavaron en los míos y, durante un segundo, vi en sus pensamientos: la complicidad, la pasión contenida, lo vivido en París y lo que aún estaba por vivir.

—¡Ohhhh, mes chers amis! —dijo monsieur Raymond—. He pensado mucho en vosotros desde que salisteis atropelladamente de mon paradis.

Quique pasó su mirada de mis ojos a los de Raymond, firme, analítico, tratando de descifrar el motivo de aquella visita inesperada.

—Y dígame, monsieur Raymond —preguntó, con voz baja—, ¿qué le trae tan lejos de su bello París? ¿Ocio…, trabajo?

—¡Ohhh, no, mon ami! —respondió—. Vengo a verlos… y a contarles una historia. Una historia que recordé poco después de que ustedes abandonaran mi tienda.

La brisa nocturna, fresca, me erizó la piel. Decidimos sentarnos en un viejo bar cercano al ático, de esos que se resisten al cambio: pocas mesas en penumbra, una barra antigua, la madera vencida por los años y cristales opacos que ya no reflejaban nada.

Descartamos la primera mesa. Quique no la quiso: demasiado expuesta al ventanal.

La segunda, al fondo, era una mesa para cuatro, con sillas dispares y alguna pintada gastada sobre el tablero.

Pedimos cervezas. Monsieur Raymond, un martini.

—Para calentar el cuerpo —dijo con su risa pícara.

En la cabeza, la intriga de aquella visita. En el corazón, la alegría del reencuentro. Y en la boca del estómago, la certeza de que lo que tenía que contarnos no era banal.

—Y dígame, monsieur Raymond —retomó Quique, después de los saludos de rigor—, ¿qué es eso tan importante que le saca de su paraíso para venir a vernos?

Raymond se revolvió ligeramente en su silla de madera rústica. Cambió de postura. Nos miró a ambos, pero su mirada regresó a mí. Sonrió con ternura, tomó mi mano y la besó.

Bebió un sorbo de su martini, retiró la aceituna del palillo… y comenzó.

—Pues bien, mis bellos amigos… les contaré que, poco después de que se fueran de mi tienda, recordé un suceso que ocurrió hace mucho, mucho tiempo. Yo solo era un niño. Ayudaba a mon père en el anticuario cuando no tenía que ir a l’école.

Me lo imaginé enseguida: pantalón corto, tirantes, manos pequeñas aferradas a un plumero enorme.

—Un sábado cualquiera —continuó—, mientras quitaba el polvo del escaparate, vi a una joven detenida frente al cristal. Inmóvil. Triste. Sus ojos azules estaban enrojecidos, hinchados. Había llorado mucho.

Su voz se volvió más lenta.

—Llevaba un vestido color chocolate, con finas líneas azules, ceñido a la cintura por un cinturón delicado.

El cabello, aunque cubierto por un pañuelo, brillaba bajo el sol del mediodía.

Se protegía del frío otoñal con un abrigo de paño que le llegaba hasta los pies.

No era una mujer de pocos recursos… su porte y su ropa lo decían todo.

Junto a ella, una maleta de cuero. Detenida en los Campos Elíseos. Esperando una decisión que no llegaba.

»La recuerdo perfectamente, chers amis —dijo—, porque en aquel momento me pareció la mujer más hermosa que había visto nunca.

Mi padre se acercó al escaparate, la vio…

y salió de inmediato a ofrecerle ayuda. Ella entró.

Era española, pero su francés era magnifique.

Se notaba que había sido educada con esmero.

»Paseó la mirada por el anticuario —prosiguió— y jugueteaba con un colgante que llevaba al cuello.

Cuando mi padre le preguntó si podía ayudarla, ella, sin más lágrimas que llorar, le ofreció la pieza en empeño.

Contó que había tenido que abandonar su hogar.

Que venía a París para servir con una familia española acomodada, como soignante de tres niños.

Dijo que lo había perdido todo en España y que necesitaba empezar de nuevo.

Prometió volver por el colgante —añadió—.

Suplicó que no lo vendiera. Era muy importante para ella.

Mi padre examinó la pieza y le ofreció un precio muy superior al justo.

»Cuando se marchaba, cargando su maleta —recordó—, le dijo que podía llevarse los recuerdos que el colgante guardaba.

Pero ella no quiso. Dijo que así volvería antes.

Nunca volvió. Cada sábado yo la esperaba.

Y cuando mi padre salía a tomar su café, subía a la escalera, sacaba la llave del cajón del escritorio, escondida en la tulipa de la lámpara dorada…

y miraba la fotografía del interior del guardapelo.

Raymond sacó entonces de su bolsillo un pequeño paquete envuelto en papel de seda blanco, atado con una cinta negra, y me lo ofreció.

Lo abrí con expectación.

Y, al verlo, me sobresalté.

Quique dio un respingo. Su mirada fue del medallón a mis ojos; de mis ojos al medallón, sin comprender.

—Como puede ver, mademoiselle… —dijo Raymond—, es idéntico al suyo.

No pude disimular el asombro. En mi mente apareció la mujer del escaparate, detenida, rota. Pude ver a Carmela intentando recomponerse, tratando de empezar de nuevo, quizá lejos de una madre que le había infligido más dolor del que una hija puede soportar.

Me miraba desde el guardapelo, vestida con el espolín, radiante.

Y me recordaba que aún no había cumplido su propósito, fuera cual fuese.

Al otro lado, la fotografía de su padre —mi bisabuelo— parecía devolverle la mirada, orgulloso, henchido de amor.

Mientras los hombres hablaban y Quique ponía al día a Raymond —solo lo justo— acerca de quiénes podrían ser los supuestos autores del asalto a Le Paradise, yo acariciaba con la yema de los dedos aquella pieza gemela a la mía, viajando a un pasado que no me pertenecía.

¿En qué momento mi yaya habría tenido que refugiarse en París? ¿Después de Fraisoro? No. Imposible.

Si su madre fue pronta a por ella para ofrecerla en matrimonio al mejor postor, como gorrino al matadero.

Tenía que ser tras el abandono de su matrimonio con Felipe. Pero para entonces mi madre ya vivía.

¿La habría dejado con su madre?

¿Con Felipe?

Qué importaba ya.

El misterio de su vida, sus penas y sus alegrías, yacían ahora tras una fría y dura lápida de mármol, perdidos y olvidados, habiendo dejado tan solo unas pocas migas de pan para que siguiéramos su pista: un fino hilo de seda del que tirar para recomponer su historia.

Despedimos a monsieur Raymond con el compromiso de vernos antes de que regresara a París, entre sus visitas a la playa, los monumentos de la ciudad y alguna salida nocturna a los locales de moda.

Después nos dirigimos a descansar, agotados tras un día lleno de sucesos inesperados, que no era sino el preludio del siguiente, cargado de dudas e intriga.