Capítulo 43
La caída de la torre de Babel
Las palabras no habían sido suficientes; son fáciles de decir, salen de tu cuerpo a veces sin pensar y otras son muy pensadas y estudiadas, pero siempre son solo palabras.
Las intenciones son similares: decides, crees que las cumplirás, a veces te esfuerzas para que sean realidad, a veces simplemente ni lo intentas. Crees que por el mero hecho de repetirlas se harán realidad… pero nunca es así; requieren tesón, voluntad y empeño.
Isabel lo intentó.
Creyó que el amor por su marido podría con todo.
Pero sus palabras le sonaban a mentiras, sus besos sabían a otra boca, sus manos se volvieron frías.
Cuando la tocaba, su cuerpo no olvidaba.
Se tensaba. La piel se le cerraba. En la intimidad todo era ajeno: el peso, el ritmo, el aliento sobre ella.
No había refugio. Solo un cuerpo encima que ya no reconocía. Y dolía.
Lo intentó una y otra vez.
Pero su marido ya no era solo suyo; sus abrazos le dolían como la traición infringida. Su veredicto no tardó y su intención se quebró.
Juan Manuel salió de la casa con su maleta negra, cargada con lo imprescindible y el dolor de la derrota.
Consumido por la culpa y destrozado su ánimo, Celia había ganado la partida; él, el ambicioso erudito, había desaparecido y solo sus migajas quedaban.
Isabel lo despidió con entereza cerrando la puerta a sus esperanzas.
Comenzó con un temblor de manos que fue ascendiendo por sus brazos y adentrándose en su corazón.
Se sintió desfallecer y se sentó en el frío suelo de parquet, apoyada en la puerta del último adiós.
Pasaron varias horas hasta que pudo ponerse de nuevo en pie.
Todo su mundo conocido había desaparecido: su matrimonio, su trabajo, que pendía de un hilo…
y solo las palabras de su madre le venían a la cabeza una y otra vez: «Sé siempre tú, puedes romperte y caer; date un tiempo y luego recoge todos los pedazos, recomponte de nuevo y renace más fuerte».
En su horizonte solo quedaba una piedra en pie: Yo, su hija.
Tardó un par de días en encontrar su ancla a tierra, un cabo donde agarrarse y salir a flote, pero lo encontró dentro de sus entrañas doloridas.
Se dio una larga ducha, se arregló el pelo, se pintó apenas y eligió un cómodo pero bonito traje de chaqueta, un bolso pequeño y elegante, y se fue de casa.
La coctelería a la que solía acudir con algunas amigas una vez al mes estaba abierta; sus luces tenues y la gran barra al fondo eran un terreno familiar, y eso era justo lo que necesitaba. Raúl, el barman, la recibió con una abierta sonrisa:
—¿Lo de siempre, Isabel? Veo que has venido sola.
—Sí, estoy en fase de recuperación, ponme lo de siempre.
Raúl le sirvió su habitual Aperol, tan lleno de color como de calor.
Isabel se entretuvo mirando a su alrededor y juzgando a aquellos que le rodeaban:
—Divorciado reciente, soltera aburrida, parejita reciente, tortolitos… ¡Qué horror!
Por su mente no pasaba ni por un momento inmiscuirse en una relación:
—Ese tren ya pasó —se dijo con firme convicción.
Mientras sorbía los últimos tragos de su copa, se fijó en que un par de taburetes más allá había otra mujer, tan sola como ella, mirando su móvil.
La reconoció: era Julia, la mujer de Jesús. ¿Qué haría por aquí? Nunca la había visto antes en la coctelería.
—Bueno, supongo que lo mismo que yo.
Se conocían; habían compartido comidas y cenas, e incluso algún viaje.
Julia no era una mujer demasiado comunicativa, algo apagada y, desde luego, poco independiente.
Tenía un carácter algo débil, aguantaba con la cabeza baja las vejaciones de su marido, que a menudo la ninguneaba en público.
Nunca fueron amigas; solo socializaban por obligación.
«Pobre mujer, no me extraña que se tome una copa de vez en cuando si ha de soportar a su marido… y a sus hijos», pensó Isabel mientras se acercaba y la llamaba.
—¿Julia?
Se alarmó y se atragantó con el whisky que acababa de sorber.
—¡Oh! Disculpa, Isabel, me has sorprendido.
Miró detrás de esta buscando si venía acompañada.
¿Estaría esperando a alguien?, se preguntó Isabel. ¿Saludarla habría sido inoportuno?
—¿Estás sola? —preguntó Julia.
—Sí, he venido sola; si no quieres compañía, puedo hacer como que no te he visto…
—¡Oh! No, no me importa, podemos compartir —levantó el vaso de whisky— las penas.
Julia iba ya algo achispada y sus ojos delataban que había llorado.
—Claro, mujer.
Isabel se sentó a su lado con su Aperol anaranjado y levantó la copa a modo de brindis.
Al principio, un espeso silencio se instaló entre ellas; Julia era una mujer callada e Isabel no tenía muchas ganas de contar.
—Raúl, otra, por favor. Y… mmm, otro whisky para Julia.
Quizás así se le soltara la lengua un poco.
—¿Estás bien? ¿Necesitas algo? —preguntó Isabel, consciente de la crueldad de su esposo y prefiriendo anticiparse.
—Ya sabes —contestó Julia—, ¡hombres!
—Ni que lo digas, hombres.
—¿Ha pasado algo… peor?
Julia carcajeó abiertamente, quizás demasiado.
—¿Peor dices? ¿Te parece poco tener un marido como el mío? Es cruel, egocéntrico, manipulador… —continuó riendo.
—Ya —dijo Isabel—, y dime, ¿por qué aguantas todo eso? ¿Qué motivos tienes? ¿Hay alguna motivación?
—Es complicado —contestó Julia bajando la cabeza, se silenció. Isabel pensó que no hablaría más.
—Cometí un error, uno grande, demasiado grande, hace dieciocho años, y fue mi sentencia definitiva. No es que antes las cosas fueran mal, pero sí mejor; era libre. Ahora no lo soy.
Isabel escuchaba con calma, le dio tiempo para pensar y decidir qué contar, y le prestó toda su atención.
—Me enamoré de otro hombre, uno bueno. Tuve una aventura larga con él.
Jesús no supo nada hasta que me quedé embarazada…
No lo considero un error; mi niña es lo mejor que tengo…
pero tampoco he podido ser su madre, legalmente, porque la he criado, la he amado y la he tenido junto a mí toda su vida.
Ella no lo sabe, no sabe que soy su madre…
Jesús, que se había hecho la vasectomía cuando nacieron sus hijos, supo de inmediato de mi engaño.
Tuve que contarle que estaba enamorada de otro hombre, que podíamos llegar a un acuerdo y dejarme ir…
se negó; exigió saber quién era el padre, y eso fue lo peor.
Cuando le conté que el padre era su primo, Alberto, encolerizado me gritó, me insultó fuertemente, permitió que mis hijos lo oyeran y dejó de hablarme durante días.
Isabel se quedó helada; no podía ni sabría decirle. Esperó el resto del relato, bebiendo a sorbos cortos.
—Al cabo de una semana, entró en mi habitación y me dijo que acudiera al despacho, que teníamos que hablar.
Temblaba de miedo; sabía que cualquier cosa que tuviera que decirme sería mala para mí.
Me propuso un pacto ya consensuado con Alberto: la niña viviría con nosotros una parte del tiempo y el resto con su padre —sonrió irónicamente—, pero nunca sabrá que eres su madre; solo serás su tía.
No tendrás derecho a más, siempre que firmes este contrato.
Y ahí estaba la clave: me obligó a firmar mi renuncia a cualquier bien que hubiese sido adquirido durante el matrimonio e incluso cualquier derecho sobre las empresas; me obligó a firmar que, si abandonaba el hogar familiar, renunciaría a la custodia de mis hijos y, por supuesto, me iría con lo puesto.
Eso sí, mientras viviera en su casa y cumpliera sus normas, sería mantenida en consecuencia a mi posición social.
Volvió a reír con ironía.
—Me condenó a vivir a sus órdenes, viendo cómo manipulaba a mis hijos y los educaba para ser tan crueles y manipuladores como él, fiel reflejo de su padre. La niña, mi pequeña, es diferente. Nunca se preocuparon de ella; era casi invisible. Solo yo me ocupé de su educación… y sí, el padre, claro.
—Lo siento —le dijo sinceramente Isabel—, pero no puedes seguir así. Hay maneras de liberarse, todavía podrías trabajar, ser independiente…
—¿Tú crees que me dejaría? Nooo, qué va; impediría que pudiera vivir en paz, tumbaría cualquier trabajo que empezara, me mandaría a sus matones.
—Sí, por desgracia, los conozco.
—Pues eso. No es que sea una mujer tonta y débil; es que no puedo hacer otra cosa. Me controla, me manipula, me ningunea… solo algún día, como hoy, en que todos los astros se alinean para que pueda ser libre, puedo estar sola y dedicarme a mí.
Isabel le cogió la mano con apoyo sincero.
—Debe haber sido duro, lo siento.
—Sí, lo ha sido, pero ahora parecen distraídos con algo que les tiene ocupados y se han olvidado de mí.
Isabel pensó que quizás era buen momento para atacar el tema de sus problemas con la familia de Julia.
—¿Tienes alguna idea de lo que está pasando en Transmar?
—La verdad, no; a mí nada me cuentan.
—Están de mierda hasta el cuello. —Miró a un lado y otro buscando ojos interesados.
Por suerte, estaban bastante alejadas del resto—.
Están transportando mercancía ilegal, obras de arte expoliadas durante la Guerra Civil que pertenecen al Estado o la Iglesia; las meten en los contenedores mezcladas con el resto de la mercancía y las venden en Rusia en el mercado negro.
Hay una fortuna en juego y, por supuesto, si sale a la luz, la ruina y la cárcel.
Julia se interesó, se estiró unos centímetros en su asiento y centró toda su atención, algo alterada por el alcohol.
—El problema es que me han amenazado. Si ellos caen, yo caigo. Han duplicado contratos, falsificado mi firma y recibos en los que se supone que he recibido dinero ilegal… y créeme, eso nunca ha pasado.
—¿De verdad no sabes nada?
—No, pero intuía que algo raro pasaba. Salimos de una larga crisis a la abundancia en muy poco tiempo. Al principio pensé que alguna transacción había sido muy beneficiosa, pero se alargó en el tiempo y, aunque intuía que algo ilegal sería posible, no quise saber… tampoco me lo iban a contar.
—Tú caerás con ellos. También hay recibos a tu nombre; yo los he visto.
—No puede ser; yo no he recibido nada, no tengo nada, una mísera asignación para mis gastos, nada más.
—Lo sé, pero te han enganchado, como a mí.
Sus ojos se humedecieron, sus manos jugaban inquietamente con su anillo de boda, y volvió a relajar su postura derrotada.
Isabel, entre sorbo y sorbo de su tercer Aperol y aprovechando los silencios de Julia, creyó haber encontrado una salida beneficiosa para las dos.
—Te propongo algo que nos puede salvar a las dos, si te vistes de valentía y dejas la debilidad de lado.
—Soy toda oídos.
Isabel le propuso salir por la puerta de atrás y de puntillas. Si lograba encontrar ciertos papeles que se encontraban en la caja fuerte y que les absolvían a ambas, debía llevarlos a la dirección que ella le daría y, a cambio, pedir la justa inmunidad.