Tiempo bordado en hilos de espolín Capítulo 42
71%

Capítulo 42

Lazos de sangre y peligro

Olivia se sentía abrumada ante la revelación de que aquella familia, hasta hacía un instante desconocida, era por sangre la suya propia.

Tras una vida sin raíces consanguíneas, sin un lugar firme al que aferrarse para crecer, aquello —pensó— le venía grande. Demasiado grande para asimilarlo de golpe.

El chocolate caliente le endulzaba la boca y, poco a poco, también el ánimo. No era rechazo lo que sentía, sino una confusión espesa, lenta. Aun así, la sonrisa no abandonaba sus labios. Las palabras amables le salían solas, su cuerpo sabía antes que su cabeza cómo comportarse.

No había conocido a sus abuelos paternos; habían muerto antes de que ella naciera.

De su familia materna no tenía noticia alguna.

Habían sido siempre ella y su padre, solos en el mundo.

Sin raíces. Sin apegos. Sin ese amor fraternal que se respira en una mesa de Navidad, donde los mayores observan, casi en silencio, cómo algo de ellos —su misma sangre— seguirá multiplicándose cuando ya no estén.

Miró al hombre que hacía apenas unos minutos era un desconocido y que ahora era su abuelo.

Buscó en su rostro algún rastro reconocible y lo encontró: en la forma de la cabeza, en los ojos ligeramente entrecerrados, en los hoyuelos que se marcaban al sonreír. Rasgos que no eran idénticos, pero sí familiares.

Miró a Nita —ayer amiga, hoy prima hermana— y reconoció el mismo color de pelo que el suyo, el gesto compartido de colocarlo tras las orejas, dos veces seguidas, cuando los nervios se evidenciaban.

Me observó y vio mis ojos tan iguales a los suyos.

Y miró a Quique, tan parecido a su abuelo como a su propio padre.

Algo dentro de ella empezó a encajar para recomponer un rompecabezas que nunca estuvo completo.

Cuando el chocolate se terminó y del trozo de tarta no quedó nada, Olivia Pérez Navas ya no se sentía una invitada. Hablaban sin parar, compartiendo anécdotas familiares, reconociéndose los unos en los otros, recuperando el tiempo perdido a golpes de conversación.

Enrique le habló entonces de María, su tía.

María, que llevaba el nombre de su madre, era militar.

Teniente destinada en Afganistán, dedicada desde hacía años al control de zonas.

Mientras hablaba, Enrique sintió cómo la nostalgia se le instalaba en el pecho.

¿Cuánto hacía que no veía a su hija en persona?

¿Dos años? ¿Tres? Videollamadas esporádicas, alguna más larga cuando el tiempo lo permitía. Siempre insuficientes.

Una guerra es una guerra, pensaba, por mucho que ella tratara de restarle importancia. Él sabía lo que los ojos de su hija habían visto. Lo que su corazón habría tenido que aprender a callar.

María había encontrado el amor en Qala-i-Naw, en la región de Badghis. Vivía con un ciudadano afgano… Omid. Sí, ese era su nombre. Un buen hombre, según decía ella.

El teléfono de Quique sonó.

Se levantó para atender la llamada, alejándose unos pasos. Las risas y el murmullo de aquella familia recién descubierta le impedían escuchar con claridad.

—Silencio.

La palabra cayó de golpe. Todos enmudecimos.

Quique se dirigió directamente hacia el televisor y encendió la pantalla. Las imágenes mostraban una vivienda acordonada. La voz del presentador llenó el salón, fría, donde segundos antes las voces habían sido calor.

—Esta mañana ha sido hallado el cuerpo sin vida de Julián Romero en su domicilio de Motilla del Palancar, provincia de Cuenca. Las autoridades investigan las causas del fallecimiento, que podría tratarse de un asesinato.

—¿Es Julián? ¿El contable? —pregunté, sentándome junto a Quique en el sofá.

Él no apartaba la vista del televisor mientras hablaba por teléfono con Pablo.

—Sí… lo estoy viendo… sí, son ellos… no, no tengo contactos en Motilla… averigua lo que puedas.

Mi expresión de asombro no se parecía en nada al rostro de Olivia.

Había palidecido.

Las lágrimas comenzaron a deslizarse por sus mejillas sin que pudiera detenerlas. Enrique se acercó por detrás y la rodeó con los brazos, apretándola con cuidado, como si temiera que se rompiera.

Y por primera vez desde que había descubierto quién era, la sentí cercana.

La sentí mía.

Vi en sus ojos llorosos los míos… pero también vi algo más.

Preocupación.

Y miedo.

Sus labios se separaron apenas un segundo y, con voz ahogada, solo pudo decir:

—Papá… mi papá está en peligro.

Enrique la estrechó con más fuerza y ella se refugió en su calidez.

Yo seguía atónita. No podía creer que aquello estuviera pasando. Aquello de lo que el propio Julián me había advertido. La partida había llegado a jaque mate y no había vuelta atrás.

Quique colgó el teléfono.

Todos lo miramos entonces, pendientes de él, aceptándolo sin decirlo como líder, esperando su decisión.

Nos observó. Sus hombros estaban tensos; bajo la camisa se marcaban los músculos rígidos. Sus ojos miraban a ninguna parte, concentrados, pensando… hasta que volvió a mirarnos y vio delante de él lo único que amaba.

Lo único que quería proteger.

Y ahora estaba en peligro.

En el salón, la tensión era palpable, densa como el chocolate que acabábamos de tomar. Los rostros de asombro y de dolor se mezclaban con los de quienes aún no entendían qué tenía que ver aquel tal Julián con ellos y, pese a todo, una señal roja de alerta se instaló en cada uno.

—Quique… ¿qué está pasando? —preguntó Marcela, con un entusiasmo impropio de quien esperaba tranquilidad en esta última etapa de su vida.

Les contamos mi escapada del hotel de París y mi encuentro con aquel contable peculiar, escondido, aterrorizado, exudando miedo por cada poro de su cuerpo.

Olivia habló entonces de su fidelidad y de su honradez; de cómo, aun sabiendo el riesgo, no dudó ni un segundo en ayudar a su padre.

—La última vez que lo vi —contó entre sollozos—, seguramente ya había encontrado algo extraño.

Se reunió con mi padre… tu hijo —dijo, levantando la cabeza hacia Enrique, que la miraba con una mezcla de atención y temor.

Él asintió, aceptando sin palabras su nuevo rol—.

Lo vi nervioso, gritando: «no puede ser», «no es posible», «son unos sinvergüenzas».

Suspiró hondo, se sonó la nariz con torpeza y continuó:

—Movían papeles de un lado a otro, hacían fotografías… y yo miraba de reojo desde el sofá, fingiendo ver un capítulo de Dark en Netflix. No fue la única vez que se reunieron. Hubo más. Y en alguna de ellas se unió tu madre —añadió, alzando apenas los ojos hacia mí—. Creo que está de nuestro lado…

El cosquilleo se intensificó y mi estómago se contrajo en un espasmo.

Quique me tendió un vaso de agua, intuyendo lo que sentía. Me miró en silencio; yo asentí. Y decidió.

—Bien. Sentaos.

Obedecimos al instante, ocupando la mesa aún llena de restos de chocolate y conversaciones extinguidas.

—Tenemos que organizarnos. Esto ha pasado a otro nivel. No podemos desplegar una operación policial sin poner en riesgo a Alberto.

Diez ojos se posaron en Olivia, que aún se enjugaba las lágrimas mientras Nita le apretaba la mano.

—Tenemos a Pablo y a Javier como refuerzo, pero no es suficiente. Hay que avanzar. Y rápido.

Hizo una breve pausa.

—Hay varios frentes que atender.

—Encontrar el espolín. Creo que es clave. Si Alberto ha insistido tanto en ello, debe de ser por alguna razón. Probablemente contenga una pista para destapar la trama o descubrir su paradero.

—Id a la tienda de animales. Tenemos el código y, aunque no sabemos qué vamos a encontrar, si viene directamente de Alberto, será información delicada.

Vigilar a los Pérez Navas. Seguir sus movimientos sin que se den cuenta, averiguar lo que podáis sin ser notorios.

Para eso… —miró a Olivia— tú eres la clave.

Y hablar con Isabel —añadió, mirándome—.

Tu madre, Marina. Creo que tiene mucho que contar… aunque quizá no pueda hacerlo.

Asentimos en silencio, esperando nuevas órdenes del capitán Ruiz.

Sabía que tenía que hablar con mi madre. Lo había pensado desde que Olivia la colocó en el tablero, pero de pronto lo que era una idea se había convertido en una realidad ineludible.

Lo temía.

Un cosquilleo incómodo me recorría el cuerpo, avisándome de que algo no iba bien. Y mi padre… ¿qué sabría él de todo esto?

Mi madre solía comentar con él sus dudas y pedirle consejo. Pero si había sido amenazada por los Pérez Navas como lo habíamos sido nosotros, no lo habría querido involucrar.

El timbre sonó de pronto, haciéndonos dar un salto en nuestros asientos.

Quique se levantó sin pensarlo y, con cautela, preguntó a través del telefonillo blanco quién llegaba tan inoportunamente. La voz alegre y chillona de Miguel anunció una visita deseada.

Me levanté rápida para recibir a mi tropa de apoyo. Quique me regaló una sonrisa abierta. El resto de la mesa se relajó.

Marcela aprovechó entonces para despejar la mesa, que de pronto se había quedado pequeña.