Tiempo bordado en hilos de espolín Capítulo 41
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Capítulo 41

Planes, decisiones y extraños lugares

Vicente y Miguel caminaban por la Quinta Avenida, felices como dos gatos ronroneantes.

Habían salido del New York Literary Hall, donde Vicente había recibido un premio por su libro El revés del derecho.

Aún se sentía extraño sosteniendo aquel galardón: su historia sobre la justicia y la injusticia del derecho parecía ahora reconocida.

Sin embargo, la emoción de ambos se mezclaba con la calmada curiosidad de Vicente y la explosión de satisfacción de Miguel, mientras Manhattan los absorbía en su locura.

El aire frío de noviembre golpeaba sus mejillas, y los gruesos abrigos eran un refugio necesario si querían aprovechar el tiempo comprando en las emblemáticas tiendas de Times Square. El Empire State Building reflejaba los últimos rayos del sol; el tiempo apremiaba y pronto caería la noche.

—Nunca me canso de este lugar —dijo Miguel, admirando los carteles de Broadway y las luces de neón—. Aunque hoy deberíamos celebrarlo, ¿no?

Vicente le dedicó su sonrisa más atenta y le cogió de la mano, acelerando el paso.

—Tendremos que darnos prisa si queremos visitar las tiendas que habíamos previsto.

Caminaban hacia la zona comercial. Querían aprovechar la tarde para ver algunas prendas de marca, comprarse algún detalle tras el premio.

Primero entraron en Brooks Brothers, admirando los trajes bien cortados, las camisas impecables y los zapatos clásicos.

Vicente escogió un abrigo de lana gris oscuro, mientras Miguel se inclinaba por una corbata de seda azul petróleo.

Siguieron hacia Ralph Lauren, donde compraron polos y camisas y un cinturón para Marina. Vicente se probó un par de mocasines de los que se enamoró y decidió regalárselos.

—¡Oye, bien lo merecía! —dijo, sonriendo.

Más adelante, se detuvieron en Hugo Boss, donde Miguel se encaprichó de una americana que, según su criterio, parecía creada solo para él.

Mientras caminaban hacia la esquina de la 7ª Avenida, el móvil de Vicente vibró.

—Vicente… Miguel… necesito que vengáis —dijo con voz casi irreconocible y mezclada con un sorber continuo de mocos—. Hay problemas… muchos problemas… y necesito que me ayudéis.

Se miraron, conscientes de que la noche de celebración había terminado de repente.

En el taxi que los llevaba de vuelta al hotel, comenzaron a buscar vuelos a España. Entre opciones y tarifas, encontraron uno que salía de Nueva York con escala en París, justo lo que necesitaban: tardarían algo más, pero estarían más cerca.

Miguel suspiró mientras revisaba los horarios:

—Bueno… parece que nuestra celebración se convierte en misión. París antes de España. Un trayecto largo, pero necesario.

Vicente asintió, con la mente ya ocupada en lo que les esperaba.

No entendía qué pasaba con su hermano Juan Manuel; parecía demasiado ausente de la vida de Marina. No era habitual en él. Siempre fue un padre ejemplar.

Decidió llamarlo, pero al tercer intento sin respuesta desistió.

¿Qué estaba ocurriendo en Valencia?

Su instinto le gritaba que las cosas no iban bien. La prisa se instaló en su ánimo mientras Times Square se alejaba tras ellos, y la ciudad que nunca dormía los veía marchar.

El vuelo Nueva York–París fue tranquilo, gracias a Dios, porque Miguel, que tenía cierta fobia a volar, apretaba tanto el brazo de Vicente que, cuando aterrizaron, los moretones eran claramente visibles.

Tenían dos horas por delante entre un vuelo y otro y decidieron comer algo rápido en el restaurante Le Café Parisien, ubicado en la Terminal 2 de Charles de Gaulle.

El local era acogedor, con mesas grandes de madera clara y ventanales que daban a las pistas iluminadas. Pidieron dos sándwiches calientes, dos colas cero y un buen trozo de tarta de manzana para compartir.

Un curioso caballero se sentó junto a ellos. Parecía sacado de otro tiempo: pantalones entallados, camisa blanca y un pañuelo al cuello; unas finas gafas con cadena dorada colgando y, lo más llamativo, un bombín que cubría elegantemente su cabeza.

—Bonjour, messieurs —dijo mientras levantaba levemente su bombín.

—Bonjour —contestaron al unísono Vicente y Miguel.

—¿Se dirigen a Valencia?

—Sí… eso es —respondió Miguel, observando al hombrecillo con curiosidad.

—¿Les importaría que me sentara con ustedes? No me gusta estar solo en los aeropuertos. Me hace sentir la víctima perfecta para un atraco, y la verdad es que ya he tenido bastante en mi petite boutique en París.

Hizo un exagerado gesto con sus manos enguantadas y se inclinó levemente.

—Por cierto, no me he presentado. Mon nom est Raymond. Regento un anticuario en París: Le Paradis.

Sonreía orgulloso mientras sacaba del bolsillo de su americana a cuadros una tarjeta de su establecimiento.

Miguel alargó la mano y recogió la tarjeta, mientras Vicente le tendía la suya con cordialidad.

—Y dígame, monsieur Raymond… ¿Qué tesoro ha encontrado en Valencia? —preguntó Miguel, anticipando que se refería a alguna maravillosa seda o joya local.

—Oh, no, monsieur —respondió Raymond con una sonrisa que parecía de otro siglo—, no en esta ocasión.

Se rio por lo bajo, tapándose la boca.

—Voy a Valencia a ayudar a una joven pareja que visitó Le Paradis hace poco tiempo. Creo que tengo algo que les puede interesar.

—¿Y ustedes dos? ¿Cuál es su motivación? —preguntó Raymond, curioso.

—Vamos a Valencia a ayudar a Marina, la sobrina de Vicente —respondió Miguel.

—¡Oh, mon dieu! —exclamó Raymond—. Marina se llama también la dame que voy a visitar… y Quique, el jeune homme.

—¡¡¡Ahhhhggg!!! —exclamó Miguel—. No me lo puedo creer… ¿En serio?

—¡Es la misma Marina! —añadió con asombro.

Vicente, siempre más contenido, aunque igualmente sorprendido, preguntó con calma:

—Mi sobrina, monsieur… se llama Marina Pérez de Ayala. Es así de alta —señaló con la mano— y tiene el pelo dorado rojizo.

—Mais oui, c’est bien la même rousse —respondió Raymond con una sonrisa cómplice.

Se produjo un silencio extraño. No acababan de asimilar esa tremenda casualidad. Tras unos incómodos segundos, Vicente preguntó:

—Y dígame, monsieur… ¿Qué le lleva hasta mi sobrina?

Raymond comenzó a relatar su historia. Vicente y Miguel escucharon con atención, y al poco tiempo creyeron correcto que monsieur Raymond los acompañara en su viaje.