Tiempo bordado en hilos de espolín Capítulo 40
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Capítulo 40

El origen

La finca Los Cabritillos, propiedad de Cayetano Núñez Jiménez —heredero del heredero del heredero original—, era una vasta extensión de tierra en la que encinas y alcornoques crecían desde hacía siglos, dando sombra a los paseos y alimento a los negros cerdos ibéricos.

En el centro de la finca se alzaba una casa de campo funcional, cuidada, sin ostentación, donde la familia residía gran parte del año.

Cayetano era un hombre de campo en el sentido más estricto de la palabra.

Trabajaba desde el alba hasta bien entrado el atardecer para sostener a los suyos, pero el negocio porcino y los olivares ya no rendían como antes, y el mantenimiento de aquellas tierras devoraba casi todos los beneficios.

El verano extremeño se acercaba con su calor seco y persistente, y con él el décimo cumpleaños de su hija Lola. Cayetano había decidido cumplir un deseo largamente repetido: una piscina. Aunque tuviera que arrancarle los cuartos al demonio.

Inspeccionó el terreno con detenimiento y eligió el lugar exacto, justo detrás de la casa. Pala en mano, comenzó a delimitar el perímetro palmo a palmo.

Cavó durante horas hasta que el hierro chocó contra algo sólido que no debía estar allí. Despacio fue agrandando el foso, cada vez con más cuidado, hasta que apareció una pequeña puerta de metal, oculta bajo capas de tierra compactada. Un acceso olvidado, sellado por generaciones.

El aire del interior era denso, cargado de moho y tiempo.

Sus ojos tardaron en acostumbrarse a la oscuridad, y resbaló ligeramente al pisar el suelo embarrado.

Ante él aparecieron varias cajas de madera, cerradas y selladas con cera, numeradas con una caligrafía antigua y sorprendentemente bien conservadas.

Forzó la primera con una barra improvisada. Al levantar la tapa, cuatro cuadros firmados por Julio Romero de Torres le devolvieron la mirada. Cayetano se llevó las manos a la cabeza. Dio varias vueltas sobre sí mismo, desorientado e impresionado, como si el espacio se hubiera encogido de golpe.

Siguió abriendo cajas. Retablos de la Virgen, cálices y crucifijos, imágenes de santos, libros litúrgicos con cantos en pan de oro, documentos envueltos en telas ya quebradizas. No tardó en comprender que aquello no era un simple escondite: era un alijo.

Pasaron varios días antes de que entendiera del todo lo que había encontrado.

Aquel material procedía de incautaciones realizadas durante la Guerra Civil.

Arte sacro, patrimonio privado y piezas arrebatadas a familias, parroquias y pequeños museos.

Objetos ocultos al final de la contienda, enterrados para no devolverlos jamás.

Durante noches enteras, Cayetano no durmió. Dudó. Entre lo correcto y lo beneficioso, la balanza osciló peligrosamente. Al final, decidió no avisar a las autoridades.

Contactó con Jesús Pérez Navas, antiguo compañero de carrera. Sabía de su empresa de transportes, de sus rutas hacia el extranjero, de sus contactos en países del Este. Sabía también de su ambición. Todo encajaba.

El traslado se hizo de forma gradual. Las piezas viajaban ocultas entre mercancía legal, mezcladas con cargamentos agrícolas y material industrial. Nunca todas juntas. Nunca al mismo destino. El negocio creció rápido, silencioso, eficaz.

Hasta que empezaron las grietas.

Julián, empleado de confianza de Alberto Pérez Navas, fue el primero en darse cuenta de que algo no cuadraba. Demasiados ingresos fuera de balance. Demasiadas cuentas paralelas. Bancos en Suiza. Movimientos en Panamá. No dudó en informar a su jefe.

Alberto se encaró con su tío Jesús sin rodeos.

—No voy a permitir que arrastres a todos por tu codicia. Esto no es la empresa que heredamos. Te estás beneficiando de algo que es ilegal, y lo sabes.

Jesús no retrocedió.

El negocio era demasiado rentable. Él y sus hijos estaban implicados hasta las trancas, y no permitiría que nadie —ni siquiera su sobrino— lo echara todo a perder.

Se lo dejó claro. Aquello no saldría a la luz. Siempre había soluciones: un accidente, un empeoramiento repentino de una enfermedad, un ajuste de cuentas mal entendido.

La amenaza no necesitó más palabras.

Alberto fingió aceptar. La abogada de la empresa le ayudó a preparar documentación. Julián asumió parte de la información y desapareció siguiendo instrucciones precisas. Todo quedó aparentemente en calma.

Pero Alberto ya había empezado a crear una estrategia.

Con ayuda de su madre biológica, decidió cargar sobre sí una herencia que venía marcada desde hacía años.

Sacar a la luz la ilegalidad era la única forma de romper el tejido que lo atrapaba.

Solo así podría volver a ser libre. Solo así podría proteger a Olivia.

Mientras tanto, en Los Cabritillos, Lola jugaba en el jardín, ajena a los secretos enterrados bajo la tierra y a las decisiones tomadas. Para ella, aquel verano quedaría grabado como el más feliz de su infancia.