Capítulo 39
Manos a la obra
Marcela sacó del bolsillo un paquetito casi imperceptible, envuelto en un pañuelo de papel. Abrió lentamente el misterio y colocó frente a nuestros ojos una diminuta tarjeta.
—Aquí está el microchip —dijo muy orgullosa, con los brazos en jarras.
—Esto no es un microchip, es una tarjeta gráfica. La pondré en el ordenador.
Quique se levantó con impaciencia mientras todas las cabezas se inclinaban para ver aquel pequeño tesoro que tantos dolores de cabeza nos había dado. Volvió en segundos con su portátil e introdujo la tarjeta. Nos dispusimos de manera que todos pudiéramos ver: cabeza con cabeza, hombro con hombro.
La pantalla se encendió. Diferentes letras rojas bailaban al compás de una música electrónica casi espectral.
Luego se reunieron en el centro y la frase In out apareció parpadeante durante varios segundos, antes de desaparecer y dar paso a la imagen de un avatar: una mujer joven, traje de oficina, el pelo recogido, sonrisa suave.
Su voz, dulce y tranquila, era obra de la inteligencia artificial.
—Hola, Marina. Mi nombre es Telena. Si estás viendo este mensaje es porque alguien quiere comunicarse contigo… y has logrado resolver el enigma.
Un silencio expectante nos envolvió.
—Para poder continuar, necesito que confirmes tu identidad mediante unas pocas preguntas. ¿Estás lista? Empezamos…
—¿Cuál es el nombre del hada y el príncipe de tus cuentos?
Todas las cabezas se giraron hacia mí, pendientes de mi respuesta. Miré a Quique y sonreí.
—Esa es fácil: Margarita y Edward.
Los dedos de Quique volaron sobre el teclado. Dos segundos después, el avatar sonrió, mostrando unos dientes imposiblemente blancos.
—Correcto.
—¿Con qué diminutivo te llamaba tu madre cuando eras pequeña?
Sentí un vuelco en el estómago. Con el recuerdo de lo contado por Olivia, la piel se me erizó; las lágrimas humedecieron mis ojos, aunque no llegaron a caer.
—Nina —susurré.
—Correcto. Tercera y última pregunta:
—¿Dónde y en qué manos dejó en custodia Carmela su espolín Valencia?
—En Fraisoro, a la hermana Fe —respondimos al unísono Quique y yo, mientras los demás asentían.
—Correcto.
Mi mente voló al espolín, a su búsqueda retrasada, a la obligación de retomar el hilo… pero Alberto… quizá él nos estuviera llevando hacia él a través de su búsqueda.
La pantalla se volvió negra. Tras unos segundos, Telena reapareció.
—Este es tu código: APM 6595#32/64. Acude a la dirección de la tienda de animales que se te proporcionó y utilízalo.
El logo llenó la pantalla y luego se fundió a negro.
—La tarjeta de la tienda de animales… Marina, dime que la tienes.
—No la puedo tener. ¿No recuerdas que nos la robaron?
Olivia intervino con timidez, casi tragándose las palabras.
—Fue Celia. Bueno… ella y su eterno aliado Jesús.
Os siguieron a París y a Roma. Buscaban la información que acabáis de recibir.
Sabían que Alberto había contratado a la empresa In Out para guardar a buen recaudo la información confidencial.
Pero volvieron sin lograr arrebatarla, y mi familia se enfureció con Celia.
Su voz tembló, apenas audible.
—Sé que Celia y Jesús no van a parar hasta encontrar las pruebas que los incriminan. Y si se pone a tiro… acabarán con Alberto. Para ellos es una molestia; sabe demasiado y tiene la mitad de la empresa.
Quique la miró con recelo. Aunque su mano seguía agarrada a la mía, noté cómo aflojaba la presión. Apartó a Nita unos centímetros para poder fijar los ojos en los de Olivia.
—Si, como dices, no te cuentan nada y no formas parte de la empresa… ¿cómo tienes esa información?
Olivia se ruborizó y bajó la mirada.
—Es sencillo. No me toman en cuenta. Para ellos no cuento… soy invisible. Y mi capa de invisibilidad me da ventaja: puedo oír sin apenas ser percibida.
—Ea, pues —tomó la palabra Enrique—. Está todo aclarado. Ahora habrá que urdir un plan para encontrar el espolín y a mi hijo.
—Sí —dije—, tenemos que organizarnos, y lo primero sería saber qué hacer con «los hombres de negro» que nos vigilan.
Olivia cambió el semblante y, con una amplia sonrisa, nos dijo:
—Tranquilos, ya me he ocupado de eso. He hablado con Celia y le he contado que me he hecho muy amiga de Nita, que es la hermana de Quique, y que me ocuparía yo de vigilarlos.
Quique bufó sonoramente y su rictus se tensó; pude ver cómo sus ojos se entrecerraban y un surco aparecía en su entrecejo. Comprendí al instante su duda e inmediatamente miré en dirección a Olivia, que, satisfecha por su aportación, sonreía marcando unos profundos hoyuelos en sus mejillas.
—Dime, Olivia —le habló Quique, apretando el gesto y marcando unos hoyuelos similares, pero con otro sentimiento—. ¿A quién le has sido sincera? ¿A Celia o a nosotros? Porque, de la misma manera, podrías estar mintiendo y realmente estar aquí para seguir nuestros movimientos.
Negó varias veces con la cabeza y sonrió algo forzada.
—Y la verdad, ahora tienes una información que no te pertenece. ¿Qué hacemos ahora, Olivia? ¿Qué puedes alegar para que te creamos?
Nita se mordía el labio inferior mientras se planteaba si realmente Oli había sido capaz de engatusarla de ese modo.
Lo cierto es que entre ellas se había consolidado una relación algo más allá de una mera amistad: eran íntimas amigas, habían compartido secretos y experiencias con una facilidad a la que Nita no estaba acostumbrada.
¿Y si le había mentido? ¿Y si todo había sido una cortina de humo para tapar sus verdaderas intenciones?
¿Hacerse con la información de las empresas Pérez Navas? ¿Y si…?
—No —dijo Olivia mientras enrojecía y apretaba los pequeños puños con rabia—. No, no, no podéis dudar de mí. Tengo el mismo derecho o más que vosotros en esta búsqueda.
—¿Y eso por qué, Olivia? Tú eres una Pérez Navas y tu interés quizá se decante más por salvaguardar tu nivel de vida y, dicho sea de paso, el de tu corrupta familia.
Quique controlaba su voz al hablarle, pero se notaba tenso y algo agresivo.
Había mucho en juego, mucho tiempo invertido, mucho riesgo hacia nuestras vidas y en nuestros trabajos, sobre todo en el caso de Quique, que estaba llevando una investigación encubierta sin poder comunicar todo aquello a lo que se estaba enfrentando.
Las caras de toda la mesa eran el ejemplo perfecto de la duda, menos una… Enrique sonreía y miraba a Olivia con cara de bondad y algo que no podía comprender: ¿cariño? No entendí su gesto ni por qué se levantó de su silla y se puso tras Olivia, protegiéndola.
Las caras volvieron a cambiar y la confusión se instaló en cada uno de nosotros, incluso en la de Quique, que no sabía si mirar a su abuelo o a Olivia, y realmente Enrique le había cortado el rollo de poli que estaba llevando en su peculiar interrogatorio.
Olivia se giró hacia Quique y, muy seria y con gesto enfadado, le habló firme:
—No os estoy mintiendo. Os digo la verdad —habló enfurruñada y levantando la voz tímidamente—. Estoy de vuestra parte. Tenemos que encontrar a Alberto… bueno, mmm… al espolín de su madre primero. Y tengo tanto o más derecho que vosotros porque Alberto es mi padre.
Todos callamos impresionados. Solo Enrique sonreía.
Hablamos largo y tendido.
Así conocimos mejor la historia de Olivia.
Hija única de Alberto, no conoció madre alguna. Se crio entre sus primos, que nunca la apreciaron demasiado, pero fue feliz mientras estuvo con su padre.
Su tía, en cambio, fue siempre como una madre para ella.
Pasaban mucho tiempo juntas, compartían juegos y conversaciones.
Sus primos, Celia y Jesús, estuvieron siempre más ligados a su padre.
El tío Jesús los compró desde pequeños con dinero y comodidades, y poco a poco los fue apartando de su madre.
Era un mal matrimonio. Se notaba que no se llevaban bien, que solo la conveniencia mantenía unidos los lazos. El resquemor de Jesús hacia su mujer afloraba a menudo en las comidas familiares:
Que si nunca estás de acuerdo con mis decisiones, pero bien que vives holgadamente a mi costa; que si la empresa a ti no te importa; que si tienes poco carácter para ser mujer de un empresario…
Ella callaba. Tragaba las vejaciones y hasta las creyó ciertas; nada contestaba, protegiendo a sus hijos de la ira del padre.
Cuando Olivia era muy pequeña, insistía en que su padre, Alberto, le dijera quién era su madre biológica. Él siempre contestaba lo mismo: que su madre fue un vientre de alquiler, que solo tenía un padre.
—Pero yo lo conozco bien —dijo Olivia—. Sé que me oculta algo, y ese algo es mi madre.
Os preguntaréis por qué me crie en casa de mis tíos. Bueno, no era mi hogar principal. Mi casa era la de mi padre. Vivíamos en Blasco Ibáñez, en la antigua casa de mis abuelos.
—La recuerdo —dijo Enrique, emocionado, mientras cogía la pequeña mano de su recién encontrada nieta—. Fui a menudo con mi María. Éramos buenos amigos de tus abuelos.
Olivia frunció el ceño, tratando de entender qué conexión podía tener aquella familia tan agradable con la suya.
—Mi padre viajaba a menudo por negocios y no quería que estuviera sola tanto tiempo.
No recuerdo cuándo empecé a pasar la mayor parte de mi tiempo en casa de mis tíos…
Supongo que desde siempre. Las empresas de mi padre requerían continuos desplazamientos, y mi maleta y yo cambiábamos de domicilio hasta su regreso.
—¿Lo sabe? —preguntó Enrique a Nita, apoyando las manos sobre los hombros de Olivia.
—No lo creo —respondió Nita—. Ni yo podía imaginarlo. ¿Cómo lo va a saber?
La mirada de Olivia fue de uno a otro. Todos disimulamos, fingiendo no ver.
Entonces Enrique, con una enorme sonrisa —la primera que dedicaba a su desconocida nieta—, le contó pacientemente que él era su abuelo. El porqué y el cómo. Y que, a consecuencia de ello, todos los demás —excepto Marcela, claro— eran sus primos.
Olivia palideció. Comprendía la explicación, pero no entendía por qué su padre no le había contado nada.
—¿Mi padre lo sabe?
—Sí, hija. Lo sabe.
—Entonces… ¿por qué no me lo ha contado?
—Es complicado y largo de explicar; sin embargo, aquí estamos. Nosotros proponemos. El destino decide.