Tiempo bordado en hilos de espolín Capítulo 38
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Capítulo 38

Si no te conociera pensaría que no eres aquel al que amé

La habitación todavía conservaba el olor a sexo y cuerpos sudorosos; los cojines retenían la mezcla de perfumes de sus ocupantes.

El alba rompía la oscuridad con su luz sangrante, dejando paso a la mañana, cayendo sobre la cama deshecha, donde las sábanas revueltas, aún tibias tras la batalla nocturna, hablaban por sí solas.

Juan Manuel se colocó la camisa con movimientos bruscos, casi torpes, como si de pronto le quemara la piel.

El resentimiento y la propia mortificación por la culpa incidieron de repente sobre él cuando recibió la tercera llamada de su mujer y no la atendió.

Un mudo dolor se instaló en su pecho cuando, tras la pasión, se sintió vacío; solo su ego había ganado, el resto de su ser había menguado hasta quedar pisoteado bajo los altos tacones de Celia, que, apoyada en el cabecero, cubierta tan solo por la sábana, lo observaba con una mezcla de diversión y desprecio, con la arrogancia de los vencedores.

—¿Así que ya está? —preguntó ella, con una sonrisa ladeada—. ¿Se acabó?

Juan Manuel tragó saliva. No podía mirarla. No después de todo.

—Celia… no podemos seguir con esto. Fue un error. No debió pasar nunca.

Ella soltó una risa suave, emponzoñada.

—Un error que has repetido cuatro veces, posiblemente más —susurró—. No me vengas con moral ahora.

Él se giró y le sostuvo la mirada.

—Ha sido un error, y no voy a continuar. Tengo una familia.

Celia se incorporó lentamente. La sábana cayó un poco, lo justo para que él apartara los ojos y sintiera aún más el peso de la vergüenza.

—Pues ya que tienes tanto que perder… quizá deberías escucharme bien —respondió con una calma helada.

Él se quedó inmóvil.

—Tengo fotos, Juan Manuel. —Ella alargó la mano hacia la mesita y levantó el móvil, haciéndolo girar entre los dedos—. Y vídeos. Y mensajes. Muy bonitos, por cierto.

Un latigazo de frío le recorrió la espalda, presagiando que la cola del maligno golpearía con furia.

—Celia… por favor…

—No pongas esa cara, que te sienta fatal.

—Ella levantó una ceja—. Me vas a ayudar con algo muy sencillo: convences a tu mujer y a tu hija para que dejen de investigar sobre la empresa, o les enseñaré estas preciosidades a todos los que haga falta.

Incluida la prensa y la universidad. Que hablen de tu matrimonio ejemplar.

Juan Manuel sintió que la habitación encogía, que el aire se volvía espeso; le costaba respirar y aún más pensar con claridad.

—Estás loca.

—Estoy cansada —replicó ella—. Y no pienso perder por culpa de la intromisión de tu familia. Yo siempre gano.

Se puso de pie y caminó hacia él despacio, insinuándose, como un depredador que sabe que tiene a la presa acorralada.

—Tienes dos días, Juan Manuel. Díselo a quien quieras, invéntate lo que sea, pero tu mujer y tu hija dejan de investigar… o tu vida se va a la mierda.

Él no contestó. Cogió el móvil, las llaves y salió sin mirar atrás.

La última imagen que se llevó fue la cama deshecha, testigo de su error… y de la trampa que acababa de cernirse sobre él.

La casa estaba en silencio cuando Juan Manuel llegó. Isabel María estaba en la cocina, con las manos apoyadas en la encimera, como si llevara demasiado rato sosteniéndose en el mismo pensamiento. Como compañeras tenía una gran copa de vino blanco, la duda, la inseguridad y el miedo.

—Tenemos que hablar —dijo él.

Ella levantó la vista. Sus ojos estaban rojos. Sabía que esas palabras siempre eran el preludio de la hecatombe. Amaba a su marido, temía perderlo, temía su abandono infinitamente más que la última amenaza de los Pérez Navas.

—Yo también tengo algo que contarte.

Se miraron un segundo; un segundo suficiente para entender que los dos venían rotos. Una simple mirada tan conocida, tan recordada, tan sabida… no había mucho más que decir: sus ojos lo decían todo, y lo que contaban era catastrófico.

Isabel María fue la primera en ceder. Se sentó, abrió las manos sobre la mesa y dejó escapar un suspiro tembloroso.

—Juan Manuel… estoy metida en algo muy feo. La empresa de los Pérez Navas… —trató de tragar aire—. Están transportando mercancías ilegales. Yo he firmado documentos, he visto rutas que no cuadran… y ahora me han avisado de que no hable. Que no pregunte.

Su voz se quebró.

—Me han amenazado. Si hablo, me incriminan. Y tengo miedo. Mucho.

Se enjugó las lágrimas con la fina servilleta de cóctel en color buganvilla que había comprado para el último aniversario, el trigésimo segundo.

Él sintió que algo se rompía por dentro. Un cisma entre el amor y el ego, una rotura del nosotros enalteciendo el yo.

—Isabel… cariño…

—Lo peor —continuó ella— es que no sé cómo decirle esto a Marina. Estoy aterrorizada.

Él se sentó frente a ella. Durante unos segundos no dijo nada. Y luego, como si la vergüenza fuera un peso imposible de seguir cargando, bajó la cabeza, negando a su propio recuerdo, sintiendo la presión de la culpa oprimiendo su pecho.

—Yo también he hecho algo terrible.

Ella cerró los ojos, como si lo supiera desde hacía tiempo. Esperando el golpe intuido desde aquel día en que el olor ajeno entró en su casa.

—Celia y yo… —La voz se le quebró—. Pasó.

Varias veces. No tengo excusa. Y ahora me está chantajeando.

Dice que Marina está investigándoles, no sé por qué.

Que he de detenerla a ella y a ti. Si no lo hago, va a mostrar fotos, vídeos…

amenaza con publicarlos. Y te juro que no me importa por mí, me duele por ti, por Marina.

Silencio. Un silencio largo, profundo, donde solo el latido de los corazones que antaño estaban acompasados ahora latían a ritmos diferentes; dos personas que habían vivido juntas toda una vida y, sin embargo, no se habían sentido tan lejos como en ese instante.

Isabel María respiró hondo.

—¿Y por qué me lo dices ahora?

—Porque ya no puedo hacerlo solo. Porque siento que todo se cae. Y porque… —la voz se le ahogó— no quiero perderte.

Ella tembló un momento, pero no lloró. Al contrario: algo en su expresión se volvió más firme.

—Mira, Juan Manuel. Yo podría gritarte, podría echarte, podría dejar que esto nos rompa. Pero no quiero. No ahora. Estamos metidos en algo enorme. Las amenazas, la empresa… tú, Celia, mi estupidez… todo es parte de lo mismo. Y nuestra hija parece que está en medio.

Le tomó la mano con suavidad.

—Solo te pido que no vuelvas a mentirme. Nunca más.

Él asintió con los ojos llenos de lágrimas.

—Vamos a decirles la verdad a Marina y a Quique —continuó ella—. Que sepan lo que hay. Que entiendan el peligro. No podemos protegerlos con silencios.

—Sí —afirmó, con un hilo de voz—. Juntos.

Isabel María apretó su mano con más fuerza.

—Juntos. Pase lo que pase.

En ese gesto —dos manos entrelazadas, que conocían cada célula del cuerpo que tenían delante— nació la alianza silenciosa que los uniría de nuevo. No por lo que habían sido, sino por lo que aún podían salvar.

Nada se olvida; solo se transforma. En el mejor de los casos, en sabiduría o experiencia; en el peor, en resentimiento, dudas o resquemor.

Hay quienes renacen de sus propias cenizas y quienes quedan atrapados en el lodazal.

De nada sirve gritar, de nada sirve llorar.

Solo avanzar —pasar la página, aunque duela— puede empujarte a elegir: crear…

o destruir. Isabel y Juan Manuel eligieron crear.

Tal vez el tiempo curaría sus heridas. Tal vez no.

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La ira dio lugar al agotamiento; el agotamiento, a una respiración más pausada, y esta, al fin, a la asimilación de los hechos. Hablamos largo y tendido, interrogamos a Olivia hasta que estuvimos casi seguros de su inocencia, y entre todos decidimos urdir el plan final.

Y solo cuando la certeza de la alianza con Olivia quedó sellada, el tesoro salió a la luz.