Capítulo 37
Y todo explota
Marcela y Enrique volvieron por el camino por donde habían venido, más intrigados que cuando llegaron.
Ya sentados en el metro —después de discutir con dos jóvenes sentados en los asientos reservados para mayores, que no parecían tener intención de levantar sus posaderas—, Enrique sacó el móvil y escribió en el grupo de WhatsApp «El espolín de Carmela»:
Abuelo:
Esta tarde a las cuatro todos en casa. Marcela y yo tenemos noticias.🙂
Quique:
Abuelo, Marina y yo estamos en el Perelló. A las cuatro en punto estamos ahí.
Abuelo:
Mete a Marcela en el grupo.
Quique:
Pásame el contacto.
Abuelo:
Escribiendo…
Nita:
Yo igual tardo un poco, estoy liada.
Quique:
No tardes, Nita. ¿Pasa algo?
Nita:
Ya os cuento a la tarde.
Abuelo:
Escribiendo…
Nita:
Meted a Olivia Pérez Navas en el grupo.
Contacto: Oli PN — 645987345
Marina:
¿Quién es Olivia PN?
Abuelo:
Escribiendo…
Nita:
Es la hija de Jesús Pérez Navas, pero está de nuestra parte.
Quique:
Nita… ¿estás segura de eso?
Nita:
Totalmente.👍🏼
Marina:
Ten cuidado. No nos podemos fiar.
Es posible que te esté mintiendo.
Nita:
No, imposible. Tranquilos.
Abuelo:
Comprad café, que no queda. Marcela hará una coca de yogur para merendar.
Quique añadió a Marcela
Abuelo:
Marcela dice que gracias y que, si queréis también chocolate, lo compréis y ella lo hace.❤️😘👏🏼
Marcela:
Hola. Tenemos algo que no puedo contar, que estaba dentro de lo que ya sabéis.😘😘😘
Quique:
Ok, pero no lo digáis y a casa directamente. Os envío a Pablo a la entrada del metro.
Marcela:
Ok.
Abuelo:
Ok.
Marina:
Nita, me preocupas.🤔
Nita:
Tranquila.
Abuelo:
Y comprad leche, que tengo poca.
Quique:
Ok.
Marina:
Ok.
Nita:
Nos vemos a las cuatro.
Abuelo:
Ok.
Marina:
Ok
~~~
—Uy, uy, uy… esas caras lo dicen todo, ¿verdad, Marcela?
Enrique y Marcela los miraban riendo, con el delantal puesto y el horno encendido, cocinando algo que olía a gloria.
—Niña, esos colores de cara no pueden ocultar lo que habéis estado haciendo…
Quique y yo nos miramos a los ojos, recordando la tarde en el Perelló donde nos habíamos declarado lo que sentíamos; sellado con besos que calentaban el alma, caricias que confirmaban las palabras y una pasión que anclaba una promesa sin tapujos, sin frenos, sin temores.
Durante unas horas, la tensión acumulada quedó atrás, y nuestras aguas se unieron como la Albufera se encuentra con el mar en la escollera.
Recordé la última noche donde el miedo se transformó en seguridad entre sus brazos y me sentí relajada, me sentí en mi hogar.
Preguntamos enseguida por lo que Enrique y Marcela habían descubierto dentro del guardapelo, pero ambos se hicieron de rogar y nos pidieron esperar a que estuvieran todos.
Quique dejó la compra sobre la mesa de la cocina: leche, chocolate, café, rosquilletas del Horno del Sol y una coca de pasas y nueces del mismo sitio.
Enrique miró de reojo la compra, sonrió y asintió mientras le daba unas palmaditas cariñosas en la espalda a su nieto.
Cuando la coca de yogur salía del horno, Nita entró como un torbellino por la puerta, agarrada de la mano de una chica menuda, de melena larguísima color dorado, que se escondía tras ella.
—Chicos, os presento a Olivia Pérez Navas.
Todas las miradas se posaron sobre Olivia, y sus grandes ojos verdes se abrieron un poco más, como queriendo afirmar su inocencia.
—No os preocupéis —dijo Nita enseguida—, está de nuestro lado y quiere encontrar a Alberto… bueno, a nuestro tío. —Señaló a todos con la mano—. Es su preferido y tiene información… mmm… digamos, comprometida.
A las cinco y quince minutos, todos estábamos sentados a la mesa del salón, engalanada con mantel blanco del ajuar de María, bordado a mano con pequeñas margaritas formando ramilletes sobre las ondas del filo del mantel.
Para protegerlo, Marcela lo había cubierto con un tapete de hule, no fuera que se derramara el chocolate y se echara a perder.
Una humeante jarra de chocolate caliente y seis tazas de loza blanca sobre platillo ribeteado en oro, una gran coca de yogur y la torta de pasas y nueces completaban el menú de la merienda, más una cafetera nueva, de esas de cápsulas que había comprado días antes para Enrique, a fin de evitar el trabajo que daba preparar cafeteras y más cafeteras para los adictos a la cafeína que éramos Quique, Nita y yo misma.
Me sentía bastante incómoda ante la presencia de Olivia Pérez Navas, sentada a la mesa como una más de nuestro particular comité de investigación.
Miré a Quique y él asintió; no hicieron falta palabras.
Era algo que nos ocurría a menudo: solo una mirada, un apretón de manos o un gesto eran suficientes para entendernos.
Entre nosotros había una conexión íntima desde el primer día, algo que confirmaba lo que sentíamos: un nexo ininterrumpido desde su ser al mío y viceversa.
—Y dime, Olivia, ¿qué es eso tan importante que tienes que contarnos y que te conecta con nuestra búsqueda?
Olivia apretaba la mano de Nita con fuerza; su pequeña boca se contrajo en un gesto de inseguridad y su rostro adquirió un leve color rosado.
Ella, la pequeña de los Pérez Navas, relegada a ocupar un segundo lugar en la saga familiar, la niña dulce y diferente, había sido objeto de burlas y desprecios por parte de sus mayores.
Aunque su familia la quería, la mantenía y le procuraba una buena educación, nunca se sintió integrante plena del núcleo familiar; estaba muy unida a Alberto, parte desarraigada de la familia como ella misma.
Su unión con Alberto fue tal que, para ella, era imprescindible: le contaba sus dificultades, alegrías y entuertos; y él siempre le tendía la mano con consejos, ayuda y alegría compartida.
—Bueno, como ya sabéis, soy Olivia Pérez Navas, la menor de los Pérez Navas. Celia y Jesús trabajan en la empresa familiar desde hace unos cinco años, que fue cuando empezó todo.
»El mayor, Jesús, acostumbrado a trapichear por los oscuros mundos de las redes, conoció a un… mmm… supuesto empresario que le ofrecía una gran suma de dinero a cambio de transportar mercancía de dudosa procedencia a Europa del Este.
»Celia, su melliza, con la que es uña y carne, ansiosa de dinero y poder, convenció a mi familia para sellar el trato; y ellos, tan hambrientos como ella, aceptaron.
»Alberto, enfermó por aquel entonces de gravedad, no fue sabedor de nada de esto; le presentaban los rendimientos y cuentas de la empresa y poco más. Él no tenía fuerzas para ocuparse de nada, y menos de la empresa de transportes de la que poseía el cincuenta por ciento.
»Por aquella época yo era aún muy joven para saber qué estaba ocurriendo, pero me di cuenta de que el dinero entraba con gran facilidad y que los apuros económicos en los que me decían que estábamos habían terminado.
Carraspeó y bebió un sorbo de chocolate caliente mientras pensaba cómo continuar y qué podía contar.
—Hace dos años, Alberto comenzó a sospechar que no era maquinaria industrial únicamente lo que se transportaba en los camiones.
Las cifras no cuadraban, y el secretismo y las altas horas de la madrugada en que se cargaba la mercancía le hicieron sospechar que había algo turbio en el negocio y que él, sin comerlo ni beberlo, se encontraba implicado.
»Comenzó a investigar y se encontró con una cuenta paralela con ingresos sospechosos, notas sobre cargas inexistentes y cuentas en el extranjero de las que no era conocedor.
»Sabía que hablar con mi familia no le llevaría a ningún buen final y contrató a un detective que se infiltró en la empresa como contable; de este modo consiguió información delicada que ponía en jaque mate a mi familia.
»Poco después, mi familia se percató de que faltaban papeles y contratos, y que el responsable era Alberto. Recuerdo ese día: volvieron a casa antes de lo habitual, gritando amenazas hacia Alberto, y Celia y Jesús prometían cumplirlas.
»Yo, por mi parte, poco más podía saber acerca de los detalles, pero la amenaza a Alberto me asustó mucho y decidí comunicarle lo ocurrido.
Este puso en buen recaudo la información y se escondió, pensando que se resolvería en poco tiempo…
pero hace un año que nadie sabe nada de su paradero, y desde entonces no tengo noticias de él.
Olivia tragó saliva. Sus ojos verdes parpadearon, nerviosos, antes de continuar.
—Y… hay algo más —murmuró, mirando su taza como si allí dentro pudiera encontrar valor—. Algo que yo no sabía hasta hace nada. Y que tampoco sé cómo deciros sin que… sin que suene aún peor.
Nita le apretó la mano, animándola a seguir.
—Cuando Alberto empezó a investigar —prosiguió Olivia—, se dio cuenta de que no podía mover aquellos papeles solo.
Había contratos falsificados, informes dobles, mercancías declaradas como «material de obra» que no existían…
Necesitaba ayuda legal. No para encubrirlo, sino para entender qué demonios estaba pasando. Y entonces… apareció ella.
Se humedeció los labios, inquieta.
—La abogada de la empresa era brillante, demasiado brillante, quizá. El tipo de persona que sabe ver un agujero legal antes de que exista y que podría escribir un contrato dormida. Yo era pequeña cuando la conocí, pero incluso entonces…
Hizo un gesto vago con las manos, buscando palabras.
—Confiaban en ella. Pensaban que, si había alguien que podía ayudarles a poner orden y proteger su parte de la empresa, era ella.
Y lo intentó, de verdad que lo intentó… pero creo que todo se torció.
Mucho. Porque, cuando mi familia se dio cuenta de que Alberto había descubierto demasiado, no solo fueron a por él. Fueron también a por ella.
Olivia bajó la voz hasta casi un susurro.
—Amenazas. Chantajes. Mi familia puede ser cruel cuando está acorralada.
Son capaces de arruinar la vida de cualquiera si eso les da ventaja.
Sé… sé que llegaron a presionarla con cosas personales, con destruirle la carrera si hablaba, incluso con ir a por alguien muy cercano a ella.
Y fue entonces cuando… se apartó. Dejó de ayudar a Alberto.
Pero no por voluntad propia. Sino porque la tenían atrapada.
Se hizo un silencio palpable, espeso, tan espeso como el choque que ingería.
Olivia levantó la vista, mirándonos uno a uno. A mí me miró la última.
—Y hay algo que os tengo que decir —añadió, con un temblor en la voz tan leve como definitivo—. La abogada de la empresa, la que estuvo implicada sin quererlo, la que intentó ayudar y acabó siendo amenazada…
Respiró hondo.
—… es Isabel María Gastaldi; tu madre.
Diez ojos de diferentes colores, tamaños y edades me observaban fijamente, sin perder un detalle de mi reacción. Y mi reacción despertó como un animal enjaulado al que se le ofrece de repente la libertad.
Me levanté de la silla, respirando con fuerza mientras el corazón me golpeaba en el pecho. Comencé a andar de un lado a otro de la mesa, intentando poner algo de orden en la maraña de información que acababa de recibir, pero nada encajaba.
Quique giró su silla hacia mí, observándome, respetando mi espacio, consciente de que si intentaba hablarme en ese momento no lograría contener mi ira.
Marcela, con los ojos muy abiertos, bebía el chocolate a pequeños sorbos; cada gota parecía que quemaba en su garganta.
Enrique, con la coca de nueces en la mano, estaba paralizado, incapaz de decidir entre sostenerla o llevársela a la boca.
Y Nita, tensa, permanecía junto a Olivia, lista para interponer su cuerpo si hiciera falta.
Yo no veía ni escuchaba nada. Mi cabeza explotaba con la información que no quería asimilar, y sin poder evitarlo me abalancé hacia Olivia, apoyando mis manos con fuerza sobre la mesa. Me incliné hasta quedar a menos de un centímetro de sus enormes ojos verdes, respirando con violencia.
—Eso tendrás que probarlo —dije, con la voz quebrada y un temblor que no podía ocultar—. ¿En serio me estás diciendo que MI MADRE ESTÁ IMPLICADA EN LA TRAMA QUE TRATAMOS DE SACAR A LA LUZ?
El silencio que siguió fue absoluto. Todo el mundo contenía la respiración; yo sentía cómo la incredulidad, la rabia y el miedo me consumían mientras mi mente intentaba procesar una verdad que no creía y, al mismo tiempo, era más dolorosa de lo que jamás habría imaginado.