Capítulo 36
Cuentas saldadas
Julián se levantó de la cama, en donde pasaba la mayor parte de su tiempo desde que encontrara irregularidades en los documentos de la empresa Transmar S.
L. y don Alberto le sugiriera mantenerse alejado de la empresa.
Ese mismo día recogió un par de trajes en color gris, idénticos, dos o tres camisas blancas y sus dos corbatas, dos pares de zapatos y su neceser de aseo personal, cerró la puerta y marchó hacia sus orígenes sin mirar atrás.
En el pequeño balcón de la planta superior, las macetas abandonadas clamaban clemencia mientras alguna floración espontánea se abría paso entre los matojos secos y muertos.
La casa olía a cerrado, a humedad acumulada por los años y a polvo antiguo; las telarañas eran las dueñas absolutas del lugar.
Encendió la luz de la entrada y la bombilla parpadeó sin descanso, dándole la merecida reprimenda por su abandono.
Julián cubrió su nariz con el pañuelo que llevaba en el bolsillo de su americana y entró hasta el salón.
Los fantasmas del pasado vinieron a darle la bienvenida: recordó a su madre sirviendo la mesa y a su padre riendo y bebiendo vino tinto con gaseosa mientras degustaba la paella del domingo.
Vio correr a sus hermanos entre las sillas y los sillones y sintió el calor de la chimenea en sus manos como antaño.
Espantó los espíritus y se puso manos a la obra: limpió un poco y continuó limpiando durante una semana, compró sábanas y toallas, vituallas enlatadas y arregló algún enchufe para poder cargar el móvil y ver la televisión que le traerían por mensajería al día siguiente.
Se resignó a leer los viejos y empolvados libros de la estantería de su madre. Logró leer Guerra y paz, continuó con Lo que el viento se llevó y, cuando lo terminó, decidió que posiblemente un e-book para pasar las solitarias horas sería su próxima compra.
Veía las noticias a diario, tanto al mediodía como en la noche; no se perdía La voz ni La isla de las tentaciones, y entre la lectura y la televisión fueron pasando los días, las semanas y algún mes.
Poco salió de su desvencijada casa, poco habló con sus vecinos y trataba de evitar que lo reconocieran allá donde fuere por miedo a que lo encontraran.
Sabía por don Alberto que le estaban buscando, suponiendo que tenía una información que antaño estuvo en sus manos, pero ahora ya no lo estaba.
Muchas noches el miedo se convertía en una compañera incómoda; sabía que, si lo encontraban los matones de don Jesús, no tendrían miramientos.
Dormía acompañado de un leño encontrado en el terreno lindante a su casa y con la bombilla de su mesilla de noche encendida. Se despertaba temblando a medianoche y, en ocasiones, oía extraños ruidos que lograban que llorara de miedo como un niño.
Uno de los días —cualquiera, porque había perdido la noción del tiempo—, mientras se dirigía a la tienda de ultramarinos, vio un coche negro con cristales tintados.
Entró en pánico, salió corriendo tanto como sus piernas pudieron y se encerró en su casa; blindó la puerta con varios muebles y, leño en mano, se encerró en su habitación.
Los días siguientes no vio la luz del sol, no conseguía leer más que unas líneas y perdía el hilo de cualquier serie o película que dieran en la tele.
Los vecinos pensaron que se había vuelto a Valencia: no había luz tras las persianas bajadas, no oían ni veían habitante alguno en la casa de los Romero.
Julián dejó de distinguir el día de la noche; el pasar de las horas se hizo largo y denso.
Ya no encendía la televisión por temor a que le oyeran…
Pasaron días, pasaron tardes y noches, y una madrugada, a las seis y veinte, el teléfono de prepago que don Alberto le había dado para comunicarse sonó.
Se levantó de un salto de la cama y abrió el cajón de la mesilla.
El teléfono le resbaló de las manos y cayó bajo la cama. Temió que se hubiera roto, pero al recogerlo el mensaje le gritó en silencio: «Sal de donde estés, te han encontrado».
Julián se quedó paralizado por el miedo. Volvió a recoger su par de trajes, camisas y corbatas, lo metió rápido en su bolsa de viaje y fue hacia la puerta para huir.
Le estaban esperando. Lo intimidaron y acorralaron como a un animal, lo interrogaron y trataron de sacarle información sobre el paradero de los documentos. La valentía emergió de sus adentros: cayó, nada contó y supo que era el final.
Le golpearon duramente; el dolor desapareció después del último golpe en la cabeza. Comenzó a rezar sin voz y, con la última patada en sus costillas, dejó de respirar.