Tiempo bordado en hilos de espolín Capítulo 33 #2
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Capítulo 33 #2

Le hablé de su hijo Alberto, le di las gracias por salvarlo con su médula y me acerqué a la cómoda para coger los zapatos de espolín que parecían gritarme su urgencia por encontrar el vestido que les pertenecía. Me los probé y, en honor a ella, bailé sin música aquello que el alma me dictó.

Le prometí, subida en sus tacones, que encontraría su espolín y, con él, a su hijo, y que lo salvaría… y que, con seguridad, lo querría.

Pensando en tíos, decidí llamar a Vicente y a Miguel para que me ayudaran de nuevo con el espolín.

—Tío… ay, tío. ¿Tú no sabes lo que estoy pasando?

Esto es muy duro… Mi casa, la de la yaya…

Todo está alterado, nada está en su sitio y encima nos siguen…

No quieren que encontremos el espolín, no quieren que destapemos…

Bueno, ya te contaré. —Lloraba con pequeños hipidos, descargando mi impotencia en la persona de mi tío Vicente.

—…

—Sí, tío… ven, por favor.

—…

—¿Mi padre? No sé… parece muy ocupado últimamente y no quiero contarles nada todavía, hasta que no se unan todas las piezas.

—…

—No te preocupes, Quique está pendiente de todo…

—…

—Sí, a mí también me gusta… Te espero mañana. Gracias, te quiero. Un beso.

La cerradura de la puerta chirrió al abrirse. El miedo se apoderó de mí como hacía mucho tiempo no lo hacía. Me quedé esperando que me atacaran, que me torturaran incluso.

—Marina… ¿qué te pasa? Marina, por favor, abre los ojos, soy yo… Marina…

No atendía a mi razón, no le oía. Le golpeé el pecho con mis puños y él me abrazó.

—Shhh… Shhh…

Y cuando mi cuerpo reconoció su olor, cuando sentí mi mejilla pegada a su pecho y sus manos rodeando mi cintura, supe que estaba a salvo. Que este era mi hogar. Que él era mi hogar.

Volví a ser yo poco a poco. Quique no dejó de besar mi frente y apretarme contra su pecho. Me separó unos segundos y, sonriendo, me dijo:

—Ya era hora, señorita Marina, de que sacaras los demonios a pasear.

Me hizo reír con la ocurrencia y consiguió acostarme en la cama y taparme con las mantas bien prietas, arropando mi cuerpo. Me preparó una tila —la yaya Carmela tenía un arsenal de hierbas— y se tumbó sobre las mantas a mi lado.

Nos dormimos los dos. Eran las ocho de la tarde cuando desperté y, con un beso, hice que mi príncipe —que no se llamaba Edward ni tenía una Vespa, pero que era él— se despertara de su siesta.

Quique lo había previsto todo. La nevera estaba llena, había renovado aquello que creyó demasiado ultrajado, había tramitado el seguro e intentado que mi vuelta a casa fuera acogedora.

Poco después me confesó que lo había logrado con la ayuda de mi madre y abrió el armario para mostrármelo, mientras la picardía se reflejaba en su cara, marcándole los hoyuelos.

—¿En serio? ¿Mi madre? No quiero ni pensar qué me habrá comprado…

—Pues eso no es todo —dijo divertido, mientras abría un zapatero largo y me mostraba mis nuevas zapatillas y algún zapato que seguro descartaría—. Pero he dejado lo mejor para el final.

Abrió la otra parte del armario donde, perfectamente ordenados, se encontraban mis bolsos limpios y recuperados… y alguno nuevo que no reconocía.

El despilfarro de mi madre dio lugar a un arsenal de chistes malos que, al menos lograron que me relajara y volviera a sentir que aquella era mi casa, y la de Carmela.

Porque podrían pasar mil años, llenar de cosas nuevas que sustituirían las antiguas, pero aquella casa siempre sería la suya, la de Carmela.

Nos levantamos de la cama solo por hambre, a tiempo de hacer la cena.

—Marina, te he comprado pijamas. No es preciso que vayas con mi camiseta preferida.

—Mmm… ¿es tu preferida? ¿Quieres que me la quite? ¿Prefieres el pijama?

Me miró de arriba abajo y noté cómo se tensó su cuerpo. Su voz se tornó dos tonos más grave.

—En realidad prefiero ese atuendo.

Un suave gruñido le salió del pecho.

—O mejor… sin ningún atuendo.

Se acercó a mí arrastrándome hacia su cuerpo ya encendido.

—Mmm… ¿Qué tal si cenamos primero?

Él me miró muy serio, con ese talante autoritario que asoma sin avisar.

—Mmm… me debes una, Marina.

Y se separó de mí para sacar las pizzas del horno.

Entre risas y alguna insinuación atrevida pasamos de la pizza al chocolate, del chocolate a los besos dulces y de ellos al sofá.

El timbre sonó y mi cuerpo reaccionó, me paralicé, Quique fue hacia la puerta con naturalidad.

—No abras, no sabemos quién es.

—Tranquila, Marina, no te preocupes.

Examiné la situación, yo, aquí, medio desnuda, ¿qué puedo coger para defenderme? ¿El cortapizzas? ¿Y Quique? ¿Cómo lo protejo?

—Marina, es un paquete de Amazon, no te… Marina, deja el cortapizzas en la mesa.

No quería reírse, intentaba controlarse viendo lo nerviosa que estaba.

—¿Cuál era tu intención, Marina, cortarlo en triángulos?

—No te rías de mí

—No lo hago …pero me sorprendes, como siempre…

Cuando el peligro es real, cuando está ahí pisándole los talones no pareces reaccionar, ¿recuerdas la persecución en Roma?

Ni te inmutaste después, ni siquiera sacaste el tema a relucir…

Cuando te fuiste en el hotel con el tal Julián, nada y así te podría decir unas cuantas situaciones.

Incluso cuando registraron esta casa y llegaste estabas tranquila, y ahora… ¿Qué ha cambiado?

—No lo sé, a lo mejor has conseguido que reaccione normal, ¿no es eso lo que querías?

—Creo que acumulas demasiado y al final todo sale, ven.

Se inclinó hacia mí y me besó el pelo primero, luego los párpados, despejando las sombras una por una. Su boca bajó hasta la mía y, cuando me atrapó, sentí cómo todo el peso acumulado se deshacía en sus labios. Me sostuvo por la nuca sin darme opción a huir, ni ganas tampoco.

Su mano descendió por mi costado con una lentitud que me erizó la piel. Pasó por mi pecho, apenas rozándolo, como si lo reclamara sin prisa, y luego siguió su camino hacia mi ropa interior. El contacto de sus dedos, cálido, seguro, me arrancó un suspiro que no pude contener.

—Marina —murmuró contra mi boca—. No sabes cuánto deseo quitarte esa camiseta.

—Pues hazlo —le dije, sintiendo cómo mi propia voz se volvía más baja, más rota.

—Todavía no. —Su sonrisa se dibujó en mis labios, apenas un roce—. Primero voy a quitarte esa tensión.

Sus dedos entraron bajo el elástico y comenzaron un movimiento lento, rítmico, que me cortó la respiración. Cerré los ojos, dispuesta a rendirme, pero su voz me atrapó:

—Mírame.

Los abrí. Sus ojos pardos estaban fijos en los míos, tan cerca que podía sentir su aliento cuando exhalaba. El siguiente gemido escapó de mí directamente en su boca.

—Así —susurró—. Aquí. Conmigo.

El ritmo de su mano cambió, profundo, circular, decidido. Sentí cómo mi cuerpo temblaba, cómo la tensión se despejaba y solo él y su caricia tenía cabida. Me aferré a sus hombros, a su peso, a su calor, y estallé contra él. Él lo sostuvo todo: mi temblor, mi respiración rota, mi entrega absoluta.

Pero no había terminado.

Lo quería todo, lo quise entero.

Tomé su mano, aún cálida de mí, y tiré de él hacia la habitación. Me quité la camiseta mientras caminaba, sin mirarle siquiera, consciente de su respiración acelerada detrás de mí.

—Me vuelves loco —murmuró, con esa voz más grave que me recorría entera.

—Ahora me toca a mí —respondí, volviéndome para mirarlo por encima del hombro.

—Me lo debes, Marina.

—Y te lo voy a pagar.

Lo empujé suavemente hasta tumbarlo en la cama. Él dejó escapar un gruñido bajo, primitivo. Me deshice de lo que quedaba de ropa y me subí sobre él, ajustando mis piernas a sus caderas. Su cuerpo reaccionó al instante, arqueándose hacia mí.

Comencé a moverme despacio, sin permitirle tocarme, solo rozándole lo justo para enloquecerlo. Él trató de tomar el control; no se lo permití. Le sujeté las muñecas contra el colchón, inclinándome lo suficiente como para sentir su respiración golpeándome el pecho.

—Quieto —le ordené suavemente.

Su mirada se oscureció. Obedeció.

Me moví a mi ritmo, el que mi cuerpo escogió, marcando la cadencia exacta que necesitaba. Lo dejé sentirme, pero no más de la cuenta; lo dejé arder, pero sin quemarse. Su respiración se volvió irregular, su pecho subía y bajaba bajo el mío como si intentara contenerse.

Cuando por fin lo tomé entero, su gruñido no fue solo de deseo: fue de rendición.

Y entonces ya no había intrusión, ni miedo, ni sombras.

Solo él.

Solo nosotros.

Solo ese momento necesario, físico, salvaje y tierno a la vez.