Tiempo bordado en hilos de espolín Capítulo 33
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Capítulo 33

Y sí, tú eres mi hogar

La falsa sensación de tranquilidad se esfumó tras la noche.

Los cuerpos unidos, la seguridad de los abrazos… todo se transformó en la certeza de que el camino seguía avanzando.

Y ese siguiente tramo nos llevaba a Gandía, donde por fin descubriríamos si lograríamos encontrar aquello por lo que habíamos dejado la vida en suspenso: el espolín.

Habíamos sido perseguidos y amenazados, sí, pero también habíamos ganado algo que no esperábamos: una nueva familia, una esperanza, y ese alguien al que amar incondicionalmente.

Tras la salida —sin consecuencias— de Enrique y Marcela, nos preparamos para nuestra próxima parada.

Habían pasado varios años desde que la familia de Gandía comprara el Valencia en el anticuario de monsieur Raymond, y quizás ya no vivieran en la misma dirección. Íbamos sin avisar, sin saber qué nos encontraríamos. Pero estábamos ilusionados.

Excepto por los dos hombres vestidos de negro que nos esperaban en la puerta, frente a un enorme coche a juego.

Bajamos en silencio por el ascensor. Quique apretaba mi mano con delicadeza.

—No te preocupes, Marina. No te van a hacer daño. Quieren la información completa, y aún no la tenemos.

Me sonreía, intentando quitarle importancia a la situación. Me acurruqué en sus brazos, y me besó la frente, justo donde nace mi pelo.

—Ay, Marina… no puedes ni imaginar lo que produces en mí.

Solo podía sentir su protección, su pecho, que se había convertido en mi espacio seguro.

Salimos hacia el Mercedes blanco de Quique.

Los dos hombres subieron a su Land Rover Defender negro, tan discreto como imposible de ignorar.

Nos dirigimos hacia Gandía, pero pronto quedó claro que no íbamos solos.

—Solo quieren intimidarnos, Marina, recuerda la amenaza del espejo del baño.

Recordé aquellas letras rojas pintadas con mi lápiz de labios: «Time out, dejarlo o alguien morirá».

Un cosquilleo de inquietud recorrió mi cuerpo, Quique lo notó y cogió mi mano con seguridad.

—Tranquila, no te tocarán ni un pelo de la cabeza, no se atreverán, te protejo, estoy aquí.

Quique trató de despistarlos: la autopista estaba bastante concurrida aquel sábado por la mañana. Aprovechó el tráfico para adelantar a un camión y perderlos de vista.

Entró sin pensarlo hacia Sollana y aceleró, con la mirada fija en el retrovisor.

Durante unos minutos respiramos.

Me limité a observar la línea de su mandíbula, la concentración en sus ojos. No hacía falta hablar: sus dedos entrelazados con los míos bastaban.

Él me miraba, yo le devolvía la mirada; se giraba, me giraba. Sincronizados a la perfección, como un reloj suizo.

Pero casi al llegar a Sueca, los vimos aparecer de nuevo.

El Defender negro, constante, como una amenaza.

—Es inútil —dijo Quique, bajando la velocidad y dando dos vueltas a la rotonda mientras pensaba—. Si vamos a Gandía, sería como ponerles el pastel en bandeja.

De repente, una sonrisa se dibujó en su cara.

Una de esas sonrisas que me volvían completamente loca, siempre escondiendo un secreto, una travesura, una sorpresa solo para mí.

—Nos vamos al Perelló —dijo al fin, con esa chispa pícara que siempre precedía a algo inesperado.

Giró el volante hacia la costa.

Recordé haber estado allí solo una vez, con Nita: un pueblo pequeño, el rumor del mar y un helado de stracciatella que aún podía saborear.

Quique, en cambio, me hablaba con brillo en los ojos de sus veranos adolescentes: de Cala, de Pomelo, de los partidos interminables de tenis y las noches riendo bajo las farolas de Gola Blanca, su urbanización.

Mientras lo escuchaba, no pude evitar pensar que aquella huida improvisada era también, para él, una forma de volver a casa.

—¿Y qué hacemos con ellos? —pregunté, mirando el coche que seguía a distancia.

—Ya se cansarán —respondió, con una calma que me desarmó aún más.

El camino hacia el Perelló transcurrió entre recuerdos y silencios.

Yo lo miraba. No hacía falta decir nada.

Estaba emocionado, feliz de enseñarme sus lugares favoritos, aquellos a los que —me confesó— no había vuelto en muchos años.

Aparcó frente a un edificio antiguo con un cartel que rezaba Local Cultural.

—Antes era el cine — aún hacía las sesiones cinematográficas, me explicó, mientras yo observaba un póster que anunciaba la penúltima Misión imposible de Tom Cruise.

Me tomó de la mano y echó a andar calle abajo.

Era noviembre, pero el sol brillaba con fuerza. El aire del mar traía el olor empalagoso de las algas, y las calles aún estaban llenas de vida.

—¿Un café? —preguntó.

—Sí, por favor.

Nos sentamos en una terraza soleada. En una pizzería donde se leía Pascual en un cartel rojo.

Delante de nosotros, el ayuntamiento. Un edificio sencillo con las banderas blandiendo en sus astas y un reloj en el centro.

A nuestra derecha el bazar El tío Pepe, donde me contaba Quique que de niño el abuelo le llevaba a comprar coches de juguete para su colección.

Él hablaba y reía, contando anécdotas de sus veranos, y yo lo miraba, embobada, con esa ternura que nace cuando uno ve al otro siendo feliz.

Acaricié su mano despacio, con las yemas de los dedos en su palma.

Sentí cómo se erizaba el vello de su brazo, y me estremecí al percibir su calor.

Cerró los ojos un instante ante aquella sensación, y yo le miré con picardía.

Caminamos hacia la no muy lejana playa.

Pasamos por la heladería que recordaba: él sonrió, pidió dos cucuruchos y, sin preguntar, me dio uno.

—Stracciatella —dijo.

El frío del helado me hizo tiritar, y él me abrazó, cubriendo mi espalda con sus brazos y me llevó al paseo cerca del mar.

La arena aún estaba cálida, pero el viento comenzaba a helar, me vio tiritar y nos alejamos de la orilla, hacia al abrigo de las casas bajas del pueblo.

Compramos rosquilletas en el Horno del Sol.

—Como las de Carmela —dijo él, guiñándome un ojo y recordando las historias del abuelo.

Me enseñó las antiguas compuertas de la Albufera, cerradas al público.

Quedé impresionada al ver cómo el agua dulce se mezclaba con la salada, cómo la Albufera se abría paso hasta el mar más allá de la escollera.

Él me miró y sonrió.

Juntó su cuerpo al mío, levantó mi cara con los dedos, y me miró con dulzura.

En sus ojos vi también ese punto de miedo que solo guardaba para mí.

—Marina… te quiero. Ya no sabría vivir sin ti. Te cuidaré y te protegeré siempre, aunque tenga que interponer mi cuerpo al tuyo ante una bala.

—No lo hagas, Quique —susurré, sintiendo el temblor en la voz—. Porque yo tampoco podría vivir sin ti, y eso me dolería más que la bala.

Él cerró los ojos, me besó la frente y murmuró:

—Ay, Marina… me vuelves loco.

~~~

Hay dos momentos que han marcado mi vida.

Dos instantes en los que sentí cómo el estómago se me volteaba y todo lo aprendido dejaba de tener sentido. Momentos en que el espacio y el tiempo confluyen en un punto exacto… y todo explota.

El primero fue el día en que se esfumó mi inocencia.

El día en que comprendí que hasta la persona que más quieres puede traicionarte, puede ser cruel o malintencionada: por envidia, por celos, por afán de protagonismo.

En mi caso fue quien, por entonces, era mi mejor amiga. Mi confidente. Mi unión a tierra: Natalia.

Estaba en ese momento de la adolescencia en que se vaga entre el ayer y el mañana, cuando los sentimientos se viven a flor de piel y el patito feo comienza su transformación en cisne blanco.

Natalia sabía dónde y cuándo había quedado con aquel chico que creí querer —una ilusión más que un amor—, y me hizo fotos mientras me besaba.

Las envió por WhatsApp a toda la clase.

Mi amistad, mi sempiterna confianza en el mundo y mi inocencia volaron, estallando en una nube de traición, dolor y lágrimas.

La segunda explosión, en cambio, se ha dividido en dos tiempos: el momento en que lo vi en la Gran Vía y sentí que todo cambiaba.

Y este instante, sobre las aguas donde confluyen y se disuelven la Albufera y el mar, lo dulce sobre lo salado.

Del mismo modo que se unían —y se disolvían— nuestras almas con nuestras declaraciones de amor y de protección eterna.

~~~

Había que hacerlo y lo hice, habían pasado tan solo tres días desde que llegáramos de París y todo aquello parecía quedar tan lejos…

La intrusión en mi casa había dejado una huella profunda en mí, no era miedo, era repulsión por ver invadida mi intimidad y la de la yaya Carmela, asco de las manos que alteraron mis pertenencias sin pudor y sin respeto.

Volví a casa, Quique se había encargado de la investigación y, claramente, no se encontraron huellas ni culpable alguno.

Aunque bien sabíamos quiénes eran los responsables, no podíamos destapar la trama hasta tener la información completa.

Quique, a riesgo de perder su trabajo, encubrió la información que teníamos y contrató un equipo de limpieza para que, cuando yo volviera a mi casa y a la de la yaya, no encontrara señal del ultraje.

Al entrar en el ático ya olía a limpio. Un rastro de lejía entró en mis fosas nasales, mezclado con algún limpiador con aroma a limón que no reconocía.

En el comedor, sobre la mesa de pulida madera, un gran ramo de rosas en forma de centro perfumaba la estancia. No necesitaba nota: sabía que solo él era el culpable de intentar hacerme feliz.

Enseguida me di cuenta de que nada estaba donde debía. Las pocas cosas que habían sobrevivido se habían dispuesto según una lógica ajena, y la sensación de intrusión y ultraje se instaló bajo mi piel.

Me abracé a mí misma protegiéndome, con lágrimas no deseadas corriendo por mis mejillas, y comencé, impulsivamente, a cambiar todo aquello que estaba fuera de lugar.

En la habitación, detalle extra de Quique, la foto de la yaya Carmela vestida con su resplandeciente espolín blanco, con el amor brillando en sus pupilas y reflejándose en una enorme sonrisa.

Abracé el retrato de esa joven tan igual a mí y le hablé del amor, del que ella sintió y del que ahora me embargaba a mí. Dos hombres tan distintos y tan iguales, sangre y carne de la misma raíz con los mismos ojos pardos que sonreían.