Tiempo bordado en hilos de espolín Capítulo 32
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Capítulo 32

Cuando Nita entra en acción

Nita sabía que tenía que hacer algo para encontrar a su tío Alberto y ayudarnos.

No podía —ni debía— quedarse con los brazos cruzados. Así que urdió un plan.

Se había quedado en Valencia cuidando de su abuelo Enrique y, en sus ratos libres, investigaba para encontrar el espolín Valencia.

Le obsesionaba dar con él, porque cuando lo encontraran podría conocer a su tío Alberto.

Dado su carácter vivaz, su ilusión crecía cada vez que descubría un espolín Valencia blanco y rastreaba su historia junto a su propietaria.

Pero el espolín de Carmela se hacía de rogar.

Nita llevaba una investigación paralela a la de su hermano y Marina.

¿Y si lo encontraba ella?

¿Y si estaba más cerca de lo que creían?

¿Y si podía hallar a su tío por su cuenta?

Recordó que una Pérez Navas —concretamente, Olivia Pérez Navas— había estudiado en el mismo colegio que Marina y ella, aunque algunos cursos por detrás.

Preguntó aquí y allá, tirando de hilos sueltos, y logró una pista.

Olivia era hija de Jesús Pérez Navas, nieta de don Jesús y sobrina —también— de Alberto Pérez Navas.

Por una amiga de una amiga del cole, Nita averiguó que estudiaba un máster en Marketing Digital en la Universidad Católica de Valencia.

Decidió entonces programar un encuentro casual.

—¿Olivia? Eres Olivia Pérez Navas, ¿verdad? ¡Cuánto tiempo sin verte! ¿Qué tal estás?

Olivia se sintió confundida.

Era una chica de pelo claro, ojos verdes, menuda. Vestía como tantas otras jóvenes de entre quince y treinta años de clase media alta: buen bolso, zapatillas de moda.

Miró a un lado y a otro, metió la carpeta en su shopping bag mientras pensaba —seguramente— quién era aquella chica que la había reconocido.

—¿No me recuerdas? Estudiamos en Los Olivos. Yo iba unos cursos por delante, pero te recuerdo bien. Jugamos alguna vez juntas —mintió— y hasta coincidimos en algún cumpleaños —volvió a mentir.

—¡Oh, sí, claro! —contestó Olivia, no muy convencida, aunque le sonaba la carita redondeada de Nita.

—Eras… mmm…

—Nita. Nita Ruiz.

—Ah, sí, claro —no se acordaba, por supuesto—. ¿Estudias aquí, Nita?

—Sí, un posgrado en enfermería de urgencias —improvisó—. ¿Te apetece un café o una cola cero? ¡Qué bien encontrarte! Podríamos recordar viejos tiempos.

Y Olivia cayó en la trampa

Durante aquel café, Nita le preguntó por su familia.

Trató de sonsacarle algo sobre la empresa de su padre.

Le habló del colegio, de las antiguas profesoras, del patio…

Volvió sobre sus pasos y preguntó por sus hermanos, por sus trabajos, por dónde vivían ahora.

Olivia tenía dos hermanos, Jesús y Celia, que ya trabajaban para la empresa familiar de transportes. Sí, tenía un tío, su tío favorito, Alberto, pero desde hacía unos meses nada sabía de él… y estaba preocupada.

Nita insistió sobre su preocupación, Olivia tenía ganas de hablar, al fin y al cabo, Nita era prácticamente una desconocida.

Su tío Alberto había estado muy malito, pero tras una donación de médula parecía que mejoraba, ella era la niña de sus ojos y la consentía desde pequeña, compartían gusto por el cine y el teatro, sobre literatura e incluso deportes.

—Una mañana de julio mi tío me hizo una llamada que no pude atender, había llegado de fiesta de la discoteca y dormía profundamente.

A la mañana siguiente tenía un audio, me decía que estaba en peligro, que desaparecería por un tiempo y que cuidara mis espaldas y mis palabras: «Olivia, no son lo que parecen».

Me asusté, borré el mensaje como me dijo y desde entonces no sé nada de él, me preocupa, mucho, mi familia no es mmm digamos del todo limpia en sus negocios… , pero hablo demasiado Nita, perdona.

Nita le preguntó el porqué de su temor, ella reculó y cambió de tema.

Salió de la Universidad Católica de Valencia con cierta información privilegiada.

Suficiente para tirar del hilo y acercarse a ese tío del que nada sabía hasta hacía unas semanas, y al que ya anhelaba conocer.

Pero Nita nunca fue de quedarse quieta.

Aquella pista sobre Olivia le supo a poco, y no se conformó con un par de cafés y sonrisas forzadas.

Lo suyo era estirar el hilo hasta el final, aunque se le enredara en las manos.

Durante varios días se dedicó a seguirla discretamente.

Nada de películas de espías ni cámaras ocultas.

Lo de Nita era un bolso ligero, unas gafas de sol y esa actitud descarada de ver qué pasa.

Se recorrió medio Valencia detrás de ella: a la salida de la universidad, en las cafeterías de moda, incluso en la puerta del gimnasio donde entrenaba.

Observaba los detalles, los amigos que la saludaban, los lugares que evitaba, las conversaciones a medias que captaba al vuelo.

Y cada vez que volvía a casa con un dato nuevo, sus ojos brillaban como si hubiera encontrado un tesoro.

No se detuvo ahí.

Una mañana se plantó delante de la empresa de los Pérez Navas.

Fingió hablar por teléfono en la acera, anotó nombres de trabajadores, horarios de entrada y salida.

Al día siguiente entró en el hall como si fuera una visitante más, hojeando folletos y preguntando por supuestos cursos de formación.

La estancia era una amplia explanada de suelos de mármol, muy luminosa y con un importante dispositivo de seguridad.

A derecha e izquierda, dos mostradores con sensores y guardias vigilaban el lugar.

En el centro, dos entradas con control de acceso mediante tarjetas que los empleados llevaban colgadas al cuello con lanyards.

Una jardinera con banco de mármol y varias palmeras daban un aire sereno, casi tropical, al espacio.

Al fondo, dos ascensores en donde los empleados esperaban en perfecto orden.

Nita se situó antes del punto de acceso, donde una larga mesa contenía información sobre la actividad de la empresa: solicitudes de empleo, noticias internas, folletos de reciclaje.

Nadie sospechó de aquella chica sonriente que parecía esperar a alguien; en realidad, estaba realizando una peculiar tarea de investigación.

Y entonces lo vio. Lo que descubrió la dejó con más dudas que certezas.

¿Era la madre de Marina la que estaba frente al macetero, junto a Jesús Pérez Navas y su hijo?

Se quitó las gafas de sol para ver mejor, aun a riesgo de que Isabel María la reconociera. Discutía acaloradamente con Jesús y con el joven.

Parecía enfadada.

Jesús la tomó del hombro; ella se zafó.

El vástago sonreía con ironía maliciosa.

Isabel blandía ante la cara de Jesús un dosier que sacó de su maletín de piel.

Don Jesús la cogió del brazo y la condujo hacia el ascensor, pese a su reticencia.

Al grupo se unió un hombre corpulento, vestido con traje, que —con toda seguridad— era un guardaespaldas.

Nita estaba confundida.

¿Qué tenía que ver Isabel María con los Pérez Navas?