Tiempo bordado en hilos de espolín Capítulo 31
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Capítulo 31

Una sorpresa con dulces

—Tranquila, Marina… yo me encargo de todo.

Su voz, apenas un murmullo, me envolvió como una manta. La respiración se me hizo más lenta, las pesadillas se disolvieron, y el sueño me arrastró hasta un lugar sereno, donde por fin descansaba el alma.

Cuando desperté, la luz se filtraba entre las cortinas. Quique, como de costumbre, ya no estaba. Oí voces en la casa, un murmullo de conversaciones bajas, y decidí levantarme. Necesitaba verle, aunque fuera un instante.

Enrique había preparado el desayuno. Quique, sentado a la mesa, se servía un segundo café en una taza de loza azul, junto a unas tostadas a medio comer.

—Buenos días, Marina. ¿Te encuentras bien? —preguntó, sin apartar los ojos de mí.

—Estoy agotada… pero lista para continuar —respondí, intentando sonar más firme de lo que me sentía.

Enrique se sentó con nosotros, justo cuando Nita apareció en la puerta, aún despeinada, estirándose con pereza.

—Tenemos que hablar —dijo Quique, mirándola con seriedad y señalándole la silla frente a él—. Desde que llegamos ayer, hay un coche vigilando en la puerta. No se esconden. Quieren que sepamos que están ahí.

Nita se tensó; Enrique frunció el ceño mientras se dirigía a comprobarlo tras los visillos de las cortinas.

—Pablo y Javier vigilan de paisano, pero no podemos seguir así —continuó Quique—.

Hay que despistarlos. Tenemos dos asuntos urgentes: El abuelo —dijo, mirando a Enrique— llevará el medallón a Aurelio, su amigo relojero.

Y tú y yo —añadió, tomando mi mano con fuerza— iremos a Gandía. Tenemos que encontrar el espolín.

Llamaron a la puerta. Enrique se levantó de inmediato, con esa energía suya que parecía no agotarse nunca. Nos miramos. Era demasiado temprano para recibir visitas.

—Abuelo, espera —advirtió Quique, poniéndose en pie—. No abras. No sabemos quién puede ser.

—Oh, hijo… yo sí sé quién es —respondió Enrique, sonriendo con calma.

Aun así, Quique fue con él. Nita y yo nos quedamos en silencio, pendientes de cualquier ruido. Una voz femenina rompió la tensión desde la entrada: reía, dulce, familiar.

—¿Marcela? —susurré, incrédula.

—Hola, xiqueta… ¿cómo estás, cariño? —me dijo mientras venía hacia mí con los brazos abiertos. Me abrazó fuerte—. Tienes que estar preocupadísima, y agotada.

Me besó cariñosamente en la frente, a mi memoria acudió el recuerdo del último día en que nos vimos en su casa y la revelación de aquellos secretos que cambiaron mi vida.

—¿Marcela? —repetí, todavía sin creerlo.

—Sí, Marina, soy yo. Estoy aquí para ayudar.

Enrique nos explicó que se habían reencontrado frente a la lápida de Carmela, y que desde entonces compartían paseos, risas… y hasta bailes. Verlo hablar así, con ese brillo en los ojos, me hizo pensar que la vida, incluso en medio del peligro, seguía encontrando formas de renacer.

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Desayunamos juntos, o al menos lo intentamos. Quique no dejaba de mirar por la ventana ni de hacer llamadas, inquieto.

Enrique, en cambio, ya tenía un plan:

—Marcela y yo iremos a ver a Aurelio —dijo, levantando el carrito de la compra rojo—. Si nos ven salir con esto, pensarán que vamos al mercado. ¿Quién sospecharía de dos viejos haciendo la compra?

Nita sonrió, aunque sus ojos seguían serios.

—Yo seguiré tirando del hilo de los Pérez Navas —nos dijo—. Estoy cerca de algo, pero todavía no puedo contaros nada.

Nos organizamos como un pequeño ejército doméstico.

Cada uno con su papel, cada uno con su misión.

Y mientras salíamos de casa, sentí que, pese a todo, quizá el plan resultaría…

quizá, por fin, encontraríamos respuestas.

Tal vez nuestras vidas podrían retomarse, aunque jamás volverían a ser las mismas.

Tal vez podría tener en mis manos el ansiado espolín de Carmela.

Todo había cambiado. Todo había mutado. Donde antes hubo un yo, ahora había un nosotros; donde reinaba la seguridad, ahora habitaban las dudas y el miedo. Nuestras vidas nunca volverían a ser las mismas… y nosotros tampoco.