Capítulo 30
Los secretos
Revisé cada detalle, cada pieza fuera de lugar, y traté de poner a salvo cualquier prenda ultrajada por manos ajenas.
Me preocupaba, sentía un dolor seco y profundo en el pecho; su miedo y su dolor, ese que nunca manifestaba pero que yo sabía que estaba ahí, porque lo notaba en el leve temblor de su mano, en cómo apretaba sutilmente los labios, en el cambio casi imperceptible de su mirada, en esos dos tonos por debajo de su voz habitual con los que me contestaba, casi siempre con monosílabos.
Lo sentía y me atormentaba no poder aliviar su confusión, ese bloqueo al que sometía sus propios sentimientos.
Me puse los guantes y participé en la búsqueda de pruebas.
Busqué… y encontré. Y lo que encontré no fue agradable: una fotografía bastante íntima del padre de Marina —al que acababa de conocer— con una chica joven, con poca ropa, en una cama.
No era algo que quisiera compartir ni con Marina ni con nadie.
La guardé disimuladamente en el bolsillo de mis vaqueros y continué con la búsqueda, más nervioso que antes, temiendo que aquel «descuido» pudiera repetirse.
En la mesa de posibles pistas había poco que pareciera incriminatorio. Revisé todo lo que el equipo de investigación había recogido y no encontré nada más comprometedor.
Al día siguiente mandé limpiar y recoger todo el ático; no quería que Marina cargara con ese peso adicional.
Ella era ahora mi motor para vivir. Después de decidir acompañarla a Roma y dejar mi trabajo en otras manos, mis compromisos, a riesgo de perder todo lo que duramente había conseguido…
todo había cambiado. Ella era lo único que ambicionaba, lo único que quería conservar.
Fue duro darme cuenta, pero estaba hecho.
—¿Pablo?
—A tus órdenes, capitán.
—¿Hay algo sospechoso cerca de la casa del abuelo?
—Sí, jefe. Un coche oscuro ha aparcado en la acera de enfrente con dos tipos de traje negro. Parece más una maniobra de intimidación que un intento de asalto inminente.
—¿Marina ha llegado?
—Sí, capitán. Está en su casa, a salvo.
—No se preocupe. Estamos al tanto de todo. Haremos noche hasta que llegue.
—Gracias, Pablo. Esto… no es tu obligación y te lo agradezco. Y, por favor…
—Sí, sí, ya lo sé. Discreción máxima.
~~~
Antes de regresar con ella, quedaba un asunto pendiente que debía resolver. Nada agradable, por cierto, pero las circunstancias me obligaban a actuar de inmediato. Sin pensarlo dos veces, marqué el número de Juan Manuel.
—¿Sí?
—Buenas noches, Juan Manuel. Soy Quique Ruiz. Nos conocimos a la llegada de Marina…
—…
—Sí, el mismo. Necesito hablar con usted ahora mismo.
—…
—Sí, ya sé que es tarde, pero creo que le interesa saberlo.
Juan Manuel Pérez de Ayala acudió a mi llamada.
Le convenía. Solo le había insinuado una habitación con cabecero blanco y un enorme cuadro de rayas horizontales en azules y blancos, evocando un paisaje marino, y no dudó.
Lo cité en un local discreto cerca de Abastos, en la calle Juan Llorens, un sitio bastante tranquilo regentado por una familia china. No se hizo esperar.
Me tendió la mano con fuerza, pero noté el temblor del miedo en su apretón.
Estaba asustado. Sus ojos, enmarcados por sombras profundas, parecían más pequeños.
Los surcos de sus arrugas se habían acentuado, dándole un aspecto más envejecido del que le correspondía.
Me contó, de hombre a hombre, cómo se vio atrapado como abeja en la miel, cómo claudicó ante su vanidad, cómo quedó enredado en una tela de araña bien tejida, cómo aquello se convirtió en una prisión y acabó en traición y amenaza.
Me facilitó los primeros datos firmes sobre Celia.
Me habló de su frialdad, de su absoluta falta de empatía y de una fidelidad ciega hacia su clan.
Su descripción fue tan milimétrica que supe de inmediato que ella era la mente tras nuestros contratiempos en Roma y París y, con total certeza, la responsable de ordenar el asalto al ático tras aquellos fracasos.
Juan Manuel se sentía hondamente engañado; lo que ayer fue un ego inflado, hoy se había convertido en una autoestima menguada.
Le recomendé hablarlo con su mujer. Me prometió hacerlo y me pidió no contarle nada a Marina.
—En su momento todo saldrá a la luz —le dije—. Ya tiene bastante.
Nos despedimos después de tres cervezas y un juramento: yo cuidaría de Marina, aunque tuviera que perder mi vida por ello.
Caminé hacia la casa del abuelo pensando en cuán débil es la voluntad humana; ni la experiencia ni los años vividos evitan que caigamos en la tentación.
Yo había caído de nuevo en ese sentimiento inmenso que me poseía por completo, que dominaba mis instintos y que solo me permitía pensar en poseerla, cuidarla y protegerla, porque ya era solo suyo.
~~~
Regresé a la vivienda a eso de la una y media de la madrugada.
El vehículo sospechoso destacaba bajo la farola como una tormenta suspendida en un cielo de verano.
Divisé a lo lejos a Pablo, que me hizo una sutil señal de reconocimiento, y continué hacia el patio, tratando de ser silencioso para no despertar a nadie.
Pero el abuelo me esperaba con la televisión encendida y un vaso de leche que, al oír el ascensor, había puesto a calentar.
—No hacía falta que me esperaras, abuelo; ya soy mayorcito.
—Lo sé, pero siempre te esperaré, mientras pueda.
Su sincera sonrisa me reconfortó, la caricia de su mano me alivió y sus palabras reafirmaron mi decisión.
—Marina duerme. Le di una tila con manzanilla y una pastillita de melatonina para que descansara.
—Gracias, abuelo.
Hablábamos casi en susurros, temiendo despertarla.
—La quieres, ¿verdad, hijo?
—Sí, abuelo. No puedo evitarlo.
—Lo sé. El amor no se puede evitar, ni esconder, ni disimular… lo sé porque yo también amé con todo mi ser.
—¿La abuela o Carmela?
—Ambas. Las quise a las dos con todo mi ser. Se puede amar a más de una persona en la vida, pero cada amor es diferente, particular… y, desde luego, el primero siempre es el que deja más huella en el alma.
Su mirada se perdió en un pasado remoto, que había vuelto para alterar su presente y recordarle el dolor del desamor. Sus palabras brotaban de la misma manera que sus sentimientos: pausadas, seguras y relevantes.
—Carmela fue la primera mujer que amé de verdad.
Antes, ya sabes, alguna relación, algún roce, pero nada importante.
Ella fue la única con la que sentí una traca que explotaba en mi interior, moviéndolo todo, alterando todos mis sentidos.
Solo existía ella; solo la veía a ella, aunque estuviera en un acto fallero con cientos de personas alrededor: todo desaparecía y ella reinaba única en mi centro.
—Dime, hijo: ¿es eso lo que sientes? Cuando la miras, ¿se apaga el mundo?
¿Tu cuerpo solo reacciona al suyo? ¿Tiemblas de deseo cuando la ves?
Porque hijo, si no es eso lo que sientes, no es el todo…
como se dice ahora, ¿química? Yo tenía eso con Carmela, y Marina… es tan parecida a ella que asusta.
—Abuelo, yo… no puedo ver más allá de ella, te lo aseguro.
—Bien, hijo.
Me dio unas palmaditas en la rodilla mientras se disponía a levantarse.
—No espero menos de ti.
Y se retiró a su habitación sin mirar atrás.