Tiempo bordado en hilos de espolín Capítulo 29
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Capítulo 29

Pacto entre caballeros

Los policías terminaron la inspección ocular y la noche comenzaba a cernirse poco a poco sobre nuestras cabezas. Estaba agotada… más psicológicamente que físicamente.

Quique iba y venía dando órdenes y revisando los indicios; solo alcancé a ver cómo guardaban un largo cabello en una bolsa de evidencias, y varias Polaroid que mostraban la amenaza pintada en rojo sangre.

Desde la mesa del comedor, donde habían montado su particular escaparate de pruebas —bandejas con bolsas etiquetadas, fotografías extendidas y algunos objetos tanto míos como de la yaya—, Quique me miró.

Suspiró, se acercó con decisión, y su sola presencia bastó para recomponerme.

—Marina, voy a llamar a Nita para que venga a recogerte. Esta noche dormirás en casa del abuelo. Yo acudiré más tarde; aquí aún queda trabajo por hacer.

Asentí. Podría haberle dicho que prefería quedarme con mi madre, pero no lo hice. Lo necesitaba cerca; requería su protección y la certeza de su presencia junto a mí.

Se alejó unos metros y le oí hablar con su hermana. Desde donde estaba, pude escuchar la voz familiar y cantarina de Nita, y también cómo se alteraba al saber de la intrusión en mi casa.

No tardó mucho. En menos de media hora ya estábamos saliendo de la calle Salamanca.

Quique nos acompañó hasta el coche. Me cubrió los hombros con una chaqueta —previendo que el estado de shock decidiera manifestarse en cualquier momento—, me levantó la barbilla con suavidad y me besó con dulzura, con recogimiento, transmitiéndome en aquel gesto toda la empatía que le provocaba la situación.

—Descansa, Marina. Yo iré en cuanto termine toda esta vorágine. Estás a salvo. Pablo y Javier ya van de camino a la casa para vigilar los alrededores. El abuelo te espera; dormirás en mi antigua habitación.

Asentí con la cabeza. Estaba tan cansada que apenas podía hablar. Le cogí la mano, me giré y dejé que su contacto se deshiciera poco a poco.

—Marina… no te preocupes, yo me encargo de todo.

—Vendrás, ¿verdad? —pregunté más afirmando que preguntando.

—Siempre.

Y una cálida sensación de seguridad y protección se instaló en mi cuerpo.

~~~

Enrique nos esperaba con un caldo caliente —¿se lo habría indicado Quique?— y una tortilla de patatas recién hecha.

—¡Pasad, niñas! La cena está en la mesa. Marina, debes de estar destrozada… Siento lo que ha ocurrido, hija. ¿Tienes alguna idea de quién ha podido ser?

Enrique, pese a su edad, era un hombre muy activo. No paraba de moverse arriba y abajo: a la cocina, al salón, y vuelta a la cocina. Su energía me parecía un don sobrenatural, más aún cuando yo apenas podía moverme.

—Me hago una ligera idea —le dije—. Nos siguen los pasos desde hace tiempo… desde que salimos de Valencia hacia Roma.

—¿Y sabes qué es lo que quieren?

—Quique y yo pensamos que tengo algo que ellos buscan, y debe de ser algo que me dejó Carmela.

Llevé la mano al guardapelo y acaricié la gema fría.

—Creemos que puede ser el guardapelo… pero por más que le damos vueltas, no encontramos qué podrían querer de él.

—A ver, hija… déjame verlo.

—Mmm… sí, claro. Pero es… en fin, ten, míralo.

Enrique palideció al abrir el guardapelo: la foto de su hijo recién nacido, ese rostro que no pudo admirar, esa carita que nunca llegó a besar.

Una lágrima rodó por la comisura de sus ojos. Se la limpió con el dorso de la mano y negó lentamente con la cabeza mientras suspiraba con nostalgia. Sus dedos, grandes y temblorosos, manipularon el pequeño cursor que abría el cristal que cubría el rizo rubio de Alberto.

—¿Qué piensan que contiene este colgante?

—No lo sé, la verdad, Enrique.

—¿Crees que pudiera estar aquí dentro?

—Podría ser… pero ¿dónde?

—Déjame que se lo lleve a Aurelio. Es relojero por afición; si ese colgante oculta algún secreto mecánico, él lo descubrirá.

—No quiero ponerte en peligro, Enrique. No deberías ir solo.

Él me tomó la mano con ternura, me clavó esos ojos pardos que tanto había amado mi yaya y sonrió con serenidad.

—Por eso no te preocupes, hija. Una amiga me acompañará para que parezca un paseo casual. Además, ¿cómo van a sospechar ellos que la joya está en mis manos?

~~~

La habitación de Quique conservaba intacto el espíritu de una juventud ya lejana.

Una estantería de madera de teka guardaba pacientemente los libros y apuntes de sus estudios.

Un pupitre olvidado sujetaba un viejo flexo y varios archivadores.

La cama de cuerpo y medio estaba cubierta con un edredón a rayas azules, y dos cojines con sendas anclas se apoyaban sobre la almohada.

Sobre la mesilla de noche, varias fotos: sus padres en el centro y alguna de los hermanos en diferentes momentos de su crecimiento.

Pero hubo una que me llamó poderosamente la atención. ¿Era yo?

Sí, sí, era yo. La fotografía era de algún instante de mi más temprana adolescencia, junto a Nita, en el comedor de Enrique, frente a una taza de chocolate caliente.

No recordaba el momento, pero el que Quique la tuviera en la mesilla me contaba un secreto que apenas podía imaginar…

y recordé a aquel chico adolescente que siempre me miraba con dulzura desde la barrera. Recordé también que nunca le miré.

Quique llegó cuando ya dormía. Noté la tibieza de su cuerpo amoldándose al mío, su respiración cálida en mi cuello y sus brazos rodeándome con ese instinto protector que tanto me calmaba.