Capítulo 28
El hombre quebrado
Apenas habían pasado unos días desde la muerte de Carmela. Isabel se trasladó a casa de Marina para pasar los primeros días del duelo, mientras Juan Manuel se quedó de Rodríguez en su casa de la calle Jesús.
Retomaba su rutina —no sin pesar— impartiendo clases en la universidad de Biología, una de sus variadas cátedras.
El día, como otro cualquiera, comenzó con un café en Come, reza, ama, su cafetería habitual.
Preparó con esmero la clase de aquel lunes entre sorbo y sorbo de café, y cuando estuvo listo, cerró el ordenador, dejó una propina a la camarera y se dirigió al campus.
Se sentía bien, aunque algo solo.
Juan Manuel había cumplido los cincuenta hacía algunos años y empezaba a notar en su cuerpo el peso del tiempo. Él, que siempre había vivido con una hiperactividad patente, comenzaba a sentir la necesidad de frenar su incesante curiosidad.
Impartía lecciones en distintas asignaturas, daba charlas sobre múltiples materias, escribía ensayos e incluso se había atrevido con una novela histórica sobre el Imperio Romano.
Su hambre de saber era infinita; su mente, un hervidero de inquietudes que a veces resultaban trascendentales y otras, meramente insignificantes.
Aquel primer día de la semana, a primera hora, impartió su clase como cada lunes, pero ese momento lo cambió todo.
Al terminar, una jovencísima mujer se acercó a su mesa. Le preguntó varias dudas… y flirteó, descaradamente, con él.
Juan Manuel se sintió halagado al ver su caída de párpados, el modo en que se colocaba el pelo —que olía a rosas y musgo blanco— cerca de su rostro, el movimiento de su mano al apartarlo lentamente tras las orejas, las palabras arrastradas, las sonrisas complacientes.
Resucitó en su interior aquella sensación dormida: el cosquilleo, la atracción, el burbujeo en la sangre que despiertan las hormonas cuando la expectativa del deseo acecha.
La trampa estaba echada. La víctima, atrapada.
La joven le propuso un café en la cafetería del campus para corregir su trabajo. Él, embrujado por el olor a rosas y la súbita reafirmación de su virilidad, aceptó sin pensarlo.
Quiso pensar que no pasaría nada, que solo era un café… se creyó su propia mentira.
En la cafetería, ella eligió una mesa discreta, sacó su dosier y comenzó con preguntas anodinas. Él, galante, le resolvía las dudas mientras ella sonreía, lo miraba con coquetería y le hablaba de su admiración por su obra. Juan Manuel recibía los halagos, gustoso.
Un café llevó a un almuerzo, varios almuerzos a una cena… y la cena a lo inevitable.
En aquella última noche en que aún era un hombre fiel, ella usó todos sus encantos: le rozó los dedos con los suyos, lo miró con deseo, y bajo la mesa, descalza, acarició su entrepierna mientras bebía una copa de Ribera del Duero.
Cuando llegó el postre, él ya no razonaba. Su voluntad, vencida por el deseo, se rindió.
Salieron del restaurante con un solo propósito en la mente, guiados por la pasión más que por la razón.
Ella lo condujo hasta su apartamento, lejos de miradas indiscretas, tomando la autovía hacia Port Saplaya. No hablaron; solo se tocaron, se besaron, se buscaron con urgencia.
Cuando por fin cruzaron el umbral, ya no quedaba espacio para el remordimiento: la razón había perdido la partida y el instinto mandaba.
Ella se subió a horcajadas sobre él, tomándolo, poseyéndolo, dominando no solo su cuerpo, sino su voluntad.
Juan Manuel la siguió en aquel ritmo frenético hacia el placer, dejándose llevar, rendido, sumiso ante su poder.
Nada quedó de él. Todo lo tomó ella.
El hombre fuerte, fiel, familiar, decente y cauto quedó atrapado, sometido, quebrado.
Cuando Juan Manuel despertó, comenzó su agonía. Se sentía culpable, desgarrado, con un dolor punzante en el pecho y una voz insistente en su cabeza que le repetía que aquello estaba mal.
Pero su cuerpo… y su voluntad… ahora pertenecían a Celia.