Tiempo bordado en hilos de espolín Capítulo 27
55%

Capítulo 27

Cuando la duda llama a la puerta, la razón salta por la ventana.

Era principios de octubre y, en la tierra de las flores, de la luz y del amor, el aire olía a hierba mojada y a alguna flor dulzona que no supe identificar.

La humedad se pegaba a la piel, las nubes velaban de tanto en tanto la aún poderosa luz solar y las parejas, desencantadas tras un verano intenso, retomaban resignadas el ritmo de lo habitual y terminaban con los amores veraniegos.

Quique acomodó en el maletero la maleta que me había salvado la vida en Roma y en París, su propia bolsa de viaje y el equipaje con los regalos que habíamos comprado.

Nos subimos al coche. El dilema surgió de inmediato: ¿Quique debía sentarse delante o detrás?

El rostro de mi padre no era el más amigable del mundo; por más que escruté sus ojos, no logré adivinar si su malestar se debía a la presencia de Quique o si ya venía cargado de casa.

Finalmente, insistí en que Quique ocupara el asiento del copiloto, cediendo terreno a un primer encuentro que podía resultar decisivo.

El ambiente se enrareció al instante. Una nube densa, casi visible, se palpaba en el habitáculo: un pulso de testosterona pura mezclado con el perfume fresco de Quique y las notas ambarinas de mi padre.

Se habló poco. Fue mi padre quien, con voz contenida, relató lo sucedido dos días atrás.

Isabel había ido al ático de la calle Salamanca a abrir y ventilar. La puerta estaba entreabierta y pensó que yo había regresado. Entró sonriente, con la alegría del reencuentro, pero lo que encontró la dejó paralizada.

Las piernas se le volvieron blandas, las manos temblorosas y el rostro perdió el color.

El salón era un campo arrasado: los libros esparcidos por el suelo, los manteles bordados finamente por Carmela tirados junto a las servilletas, el sofá rajado de lado a lado.

Las sillas y el butacón de Carmela habían corrido igual destino.

Isabel se dejó caer sobre el brazo del sofá, tomó el teléfono y marcó el número de su esposo. Nadie respondió. Entre sollozos y con la voz quebrada, avisó entonces a la policía.

Mientras esperaba, recorrió la casa. La habitación de Carmela había sido registrada con saña. Hasta habían abierto el colchón. ¿Qué buscaban? Isabel no lo sabía, pero el estómago se le revolvió con violencia.

El siguiente golpe llegó en mi habitación. El piano profanado por manos ajenas le arrancó una arcada. La ropa, los zapatos, las fotografías, los libros: todo ultrajado, como si un extraño hubiera hurgado en cada rincón de mi intimidad. Y entonces, el tercer vuelco del estómago le provocó el vómito.

Corrió al baño, levantó la tapa y vomitó con fuerza. Permaneció allí, apoyada en la taza durante unos minutos, temblorosa, entre lágrimas de impotencia y un sabor agrio en la boca.

Cuando logró incorporarse lo vio.

Escrita con pintalabios rojo Chanel sobre el espejo del baño, destacaba una clara amenaza. El frío del miedo le atravesó el cuerpo y le dejó en el alma la certeza de que aquello no era un acto vandálico casual.

Pero lo que calló mi padre pesaba tanto cómo lo que contó… quizás más.

Isabel volvió a llamar a su marido, varias veces. Nada.

Marcó a la universidad, donde él impartía Biología. Le informaron que don Juan Manuel había terminado sus clases a las diez, y que hacía dos horas que había abandonado el campus. La duda cayó sobre su cabeza como un peso insoportable. ¿Dónde andas? ¿Qué estás haciendo?

Se sintió sola, desprotegida, abandonada en el momento más crucial. No era una mujer que necesitara de un hombre para sostenerse, pero quería a su marido, y en aquel instante lo necesitaba a su lado.

La policía llegó con sus preguntas y registros: «¿Sabe quién podría haber hecho esto?». Isabel dudó un instante, y negó con la cabeza. Pero, en lo más hondo, algo parecido a una sospecha nació y murió en la misma fracción de segundo. Su propia mente lo borró.

A las 13:30, media hora después de que el ático quedara precintado, Juan Manuel se dignó a llamar. Tarde, demasiado tarde.

La recogió en la calle Salamanca, desolada, acompañada por Rosa, la conserje, que lloraba y pedía perdón por no haber visto nada. Solo lo habitual —un repartidor de paquetería, la compra del Mercadona, un par de testigos de Jehová que había sacado a empujones del patio—. Nada más.

Juan Manuel la abrazó mientras le preguntaba qué había ocurrido, excusándose de inmediato: había salido a almorzar con unos alumnos de la facultad y olvidó activar el sonido del móvil.

Sin embargo, su cuello olía distinto. Desprendía un perfume desconocido con ráfagas de rosas y musgo blanco; y, como notas de fondo, la inconfundible fragancia de la traición, el engaño y la mentira.

~~~

Llegamos al ático en plena inspección policial. Una cinta de plástico amarilla impedía las miradas curiosas y la entrada de extraños.

Quique alertó al teniente a cargo, que lo reconoció de inmediato.

—¡Capitán Ruiz! —exclamó sorprendido—. Está lejos de su demarcación, señor. ¿Qué hace usted aquí?

El teniente era un hombre de mediana edad, de complexión media, cuya forma física se había perdido hacía años.

Un tupido bigote oscuro bajo la nariz le confería autoridad, y la arrogancia de su postura dejaba claro que Quique era la última persona que esperaba encontrar por estas lindes.

Quique se acercó decidido, encarándolo con firmeza:

—A partir de este momento, asumo el caso.

Lo dijo con seriedad, mirándolo desde arriba, aprovechando la ventaja que le daba la altura.

El teniente Llorca no se amedrentó. Con los brazos en jarras, sacó pecho ante su oponente:

—No puede hacer eso, capitán. Este caso no le corresponde.

—Este caso será el que yo decida, Llorca —replicó Quique—. Ahora, infórmeme de lo recopilado hasta el momento.

—No hasta que reciba órdenes de mi superior.

Quique sacó el móvil del bolsillo y realizó un par de llamadas con expresión dura, explicando la situación a las instancias superiores, solicitando autorización inmediata y dejando claro que no aceptaría dilaciones.

Cortó la llamada y volvió la mirada al teniente, controlando la situación con autoridad.

Luego se acercó a mí. Estaba en la puerta, esperando autorización para entrar, equipada con guantes de látex azules, bata y patucos. Con cuidado, me ayudó a ajustar la bata de protección y una sonrisa pícara asomó a su rostro en el instante en que el teléfono de Llorca comenzó a repicar.

—Sí, señor… por supuesto, señor… así se hará —dijo Llorca por teléfono.

Quique me guiñó un ojo y rozó mi mejilla con un beso rápido:

—Tranquila, Marina. Yo me encargo, está autorizado y voy a asumirlo.

—Está bien —dijo Llorca con un gesto renuente—, pero esto queda bajo su responsabilidad.

Los policías se movían con disciplina: guantes azules, linternas, cámaras.

Fotografiaban cada rincón: libros dispersos, un jarrón roto, las cajas de la yaya con su contenido esparcido por el suelo, los zapatos blanco nácar del espolín resplandeciendo junto a la terraza, las fotografías de Carmela y Enrique desperdigadas como confeti sobre el mármol, y mi ropa, mis bolsos y zapatos ultrajados por el suelo.

Quique inspeccionaba los espacios con precisión, pero no me perdía de vista en ningún momento.

Cada vez que me movía bajo las órdenes policiales, él se giraba, ofreciendo seguridad con una mirada, un gesto sutil que decía: «Estoy aquí».

Como si estuviéramos conectados por un imán: yo lo miro, él me siente; yo me muevo, él lo percibe.

—Quiero que sigan mis indicaciones —dijo al teniente Llorca, con voz firme y cortante—. Cada detalle importa. Nada se toca sin mi autorización.

Los agentes asintieron, asumiendo la nueva autoridad mientras revisaban cajones y estanterías, fotografiando objetos y anotando cada hallazgo, yo me sentía perdida en medio de la vorágine que se había apoderado de mi casa, violada mi intimidad… y la de la yaya Carmela.