Tiempo bordado en hilos de espolín Capítulo 26 #2
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Capítulo 26 #2

Las memorias acudieron de golpe, cálidas y punzantes.

—¿Recuerdas aquellos dos años que estuvimos juntos?

—murmuró—. Las escapadas a Viveros, los paseos por la Malvarrosa…

aquella tarde en el mirador del Puchol, o los días en que nos escondíamos de las miradas indiscretas en el Perelló, sentados en las compuertas, comiendo rosquilletas y cacahuetes del Horno del Sol.

Una sonrisa franca se le dibujó en el rostro.

—Fuimos felices, Carmela. Sí, lo fuimos…

El brillo de sus ojos se quebró poco a poco.

—Y luego todo se torció —la voz se le hizo un susurro—. Todo se rompió en mil cristales negros… y después, todo fue a peor.

Se quedó en silencio, respirando hondo, hasta que la ternura venció a la pena.

—Cuidaré de Alberto mientras pueda… y de tu nieta Marina. —Sonrió con un deje de esperanza—. Parece que tu nieta y el mío se han encaprichado. ¡Ay, xiqueta! Qué casualidad, ¿verdad? ¿Quién nos lo iba a decir? Quizás se quieran como nosotros nos quisimos. Porque sí, Carmela… nos quisimos, y mucho.

Por el rabillo del ojo notó a una mujer con flores en la mano, esperándolo. Giró la cabeza.

—¿La conozco?

Entrecerró los ojos y, entre la bruma del tiempo, reconoció aquella sonrisa franca, el modo de torcer la cabeza hacia un lado al sonreír.

—Hola, Enrique. No me reconoces, es normal… —dijo con una dulzura melancólica—. Soy Marcela, la amiga de Carmela. ¡Cuánto tiempo ha pasado!

El corazón de Enrique dio un vuelco. La memoria le devolvió la imagen de dos muchachas inseparables: Carmela, luminosa y atrevida; Marcela, siempre a su lado, guardándole las espaldas, testigo de confidencias y de sueños.

—Marcela… —susurró, apenas un aliento—. Sí, ahora te recuerdo.

Ella inclinó la cabeza con ternura, observando las flores que él sostenía aún en la mano.

—Has venido a verla —dijo—. Sabía que algún día lo harías.

Enrique tragó saliva, conmovido.

—He tardado demasiado.

Marcela lo miró en silencio, sin reproches. Enrique depositó las flores sobre la lápida de Carmela y apoyó suavemente los dedos sobre la fría piedra.

—Nunca dejó de quererte —murmuró Marcela—. Lo decía más veces de las que imaginas.

Enrique cerró los ojos y creyó escuchar el eco de aquella voz lejana:

—Te querré siempre.

Cuando volvió a abrirlos, Marcela lo observaba con una mezcla de compasión y complicidad, hecha de memoria y ausencia compartida.

Se sentaron en el banco frente a la lápida. Desde allí, la fotografía de una Carmela joven, vestida con su blanco espolín, les sonreía a los dos, al tiempo detenido en que la felicidad parecía no tener fin.

—¿Por qué esa foto? ¡Tan joven! —preguntó Enrique, impresionado. Recordaba el instante exacto en que apretó el disparador, el guiño cómplice que le lanzó antes de disparar, y los ojos brillantes de Carmela, ilusionados y felices.

La sonrisa acudió a sus labios, pero también la intriga.

—Por ti —respondió Marcela, bajando la voz, consciente de que la respuesta dolería como un puñal—. Quiso que, si alguna vez la buscabas, pudieras encontrarla sin problema. Decía que esos habían sido los dos mejores años de su vida.

El estómago de Enrique se encogió, una punzada le atravesó el pecho. Suspiró hondo y la miró con tristeza.

—Qué lástima que la vida no siempre siga el camino que debiera. Todo tiene un porqué, aunque no sea perfecto. Siento que me recordara así, con dolor… Le agradezco su amor, aunque no supe corresponderle como merecía. Lo intenté, pero… el tren partió, y ella se quedó en la estación. Para siempre.

Hablaron, recordaron y hasta rieron frente a la lápida de Carmela. A ratos miraban la fotografía que les sonreía, como tres amigos reunidos, ajenos al mundo, atrapados en su propio tiempo.

Cuando el sol anunció que el mediodía quedaba atrás, Enrique se levantó. Se despidió de su amor de juventud y caminó hacia la salida. Sin embargo, a mitad de camino se detuvo y volvió la vista hacia Marcela.

—¿Te espera alguien en casa, Marcela? ¿Tienes prisa?

—Pues no, la verdad.

—Te invito a comer por el centro. ¿Me acompañarías? Creo que hay mucho que no sé… y tú necesitas contarlo.

—Con gusto, Enrique.

Marcela aceptó. Sentía un fuego en el pecho: debía contarle el duro pasado de Carmela. Ahora o nunca.

Se cogió de su brazo, y antes de marchar, volvió la mirada hacia la fotografía de su amiga. En silencio, le prometió regresar y contarle cómo había ido la comida, qué palabras habían quedado por fin dichas.

—Pero primero —dijo Enrique—, tenemos que hacer una última parada.

Y juntos, con pasos lentos y acompasados, se dirigieron al lugar donde descansaban el hijo de Enrique y la mujer de este, arrebatados demasiado pronto por la vida.

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Comieron, rieron y recordaron.

Bebieron, lloraron y asumieron.

Marcela le contó la vida que le esperó a Carmela después de su matrimonio con Felipe: el dolor de los golpes y de los castigos en el cuerpo y en el alma, la pérdida de su ansiado hijo Mario, la huida y la resiliencia para construir otra vida desde las ruinas más arrasadas.

Enrique le contó la felicidad de su vida con María, de sus hijos Enrique y Sara, de la atrocidad de una pérdida temprana y de Alberto Pérez Navas, que bien pudo ser Alberto Ruiz.

—¿Le conoces? —preguntó Enrique a Marcela—. ¿Lo viste alguna vez?

Marcela le contestó con sinceridad, mirándole directamente a los ojos.

—No, nunca lo conocí.

Enrique siguió con sus dudas y Marcela las aceptaba con estoicismo, porque cuando salían de su boca las palabras guardadas, dejaban de doler y un alivio, mezclado con la tranquilidad de las tareas cumplidas, se fue instalando en su cuerpo; se fue relajando —también ayudaba el vino— y sintiéndose cada minuto más y más a gusto.

—¿Carmela tuvo contacto con el chico?

—Mmm… No, hasta que Alberto fue a buscarla hace unos años por un problema de salud. Carmela le donó médula ósea porque era compatible; sentía que se lo debía y no dudó un segundo.

—¿Y continuaron en contacto?

—Sí, desde aquel momento se veían con asiduidad. De hecho, el chico estuvo en el funeral, pero nadie lo reconoció. Yo tenía una fotografía de él con Carmela de los últimos meses de vida de ella y lo reconocí. Sus ojos son exactos a los de Carmela, lo mismo que los de la chiquilla, Marina.

—Sí, esos sí los vi; se parece mucho a su abuela: el pelo, los ojos, el porte…

Marcela afirmó con la cabeza.

—Pobre niña, su abuela la ha metido en un atolladero difícil de solucionar, pero es inteligente y, si, como dices, va con tu nieto, que es policía, seguro que logran encontrarlos: tanto al puñetero espolín como a tu hijo Alberto.

La sobremesa se alargó, se alargaron las conversaciones; la nube del pasado se fue disipando, el presente se afirmó y llegó la hora de la despedida.

Enrique sonreía con sinceridad: el día que había comenzado con la sombra de la muerte rondando su cabeza había dado paso a una vieja amistad recuperada que hablaba de recuerdos, pero también de posibilidades.

La posibilidad de una nueva charla, la posibilidad de un paseo, de un café, de un reencuentro.

Marcela torcía la cabeza y, en el escrutinio de la sonrisa de Enrique, encontró que quizás estaría bien poder pasar algún tiempo de conversación, de recuerdos, de compartir, de…

—Enrique, ¿tú bailas?

De Enrique salió una sonora carcajada que ni él mismo esperaba; sorprendido y boquiabierto por lo inesperado de la pregunta, se quedó un segundo pensando cuándo fue la última vez que bailó.

—Siempre se me dio bien, pero hace mucho tiempo que dejé de hacerlo.

—¿Qué te parecería venir conmigo a bailar los viernes en Giorgeta?

Nos reunimos unos cuantos vegestorios —dijo, riendo abiertamente y algo sonrojada por el atrevimiento, ladeando la cabeza y mirando solo de reojo a Enrique—.

Los hombres juegan a las cartas un rato, las mujeres al parchís y, a mitad de la tarde, ponemos música y bailamos pasodobles… o lo que nos ponga Paco.

Los dos rieron con la ocurrencia; Enrique, que pese a sus nietos ansiaba conversación y compañía, aceptó con gusto.

Y así quedaron para verse el próximo viernes… y así comenzó una inesperada amistad.