Capítulo 26
Un viaje en el tiempo
Cuando sus nietos y Marina se marcharon de casa, después de la agridulce noticia sobre su hijo Alberto, Enrique buscó en el baúl donde guardaba aquello casi olvidado.
Encontró el traje de novia de María, envuelto en una funda de algodón tan blanco como el vestido que contenía; también algo de ropa de sus hijos cuando eran muy pequeños.
Llevó las prendas a la nariz y aún pudo oler un leve resto de colonia Nenuco.
Acarició con los dedos un pequeño trajecito de su hijo Enrique y, de inmediato, un dolor sordo —ese que jamás había desaparecido— se intensificó en su pecho al recordar al vástago que la vida le arrebató tan pronto.
Se sentó sobre la cama, tratando de acompasar los latidos. Se palpó el pulso en la muñeca, respiró hondo tres veces y dejó que el marcapasos hiciera su labor. Pensó en abandonar aquella tarea absurda que se le había metido en la cabeza, pero no podía.
Esperó unos minutos y volvió a rebuscar en el baúl, hasta encontrar lo que realmente lo había llevado a abrir la polvorienta nube de recuerdos.
La caja de metal con candado guardaba lo anterior a su vida con María. La había cerrado con llave, igual que sus sentimientos. La llave había estado siempre en la mesilla de noche, junto a sus relojes y algún carrete que nunca llegó a revelar.
Abrió la caja con reverencia. Sabía exactamente qué contenía; recordaba con precisión incluso cómo había guardado cada recuerdo.
Sacó una cajita roja de joyería: dentro estaba la alianza que compró con devoción y esperanza pero que la mano de Carmela nunca llegó a lucir, junto a los gemelos con las iniciales E.
R. que Carmela le regaló el día en que cumplían un año de conocerse.
Suspiró con resignación mientras se le escurrían entre los dedos.
Un reflejo rojizo se escapó de la pequeña bolsa donde aún reposaba un mechón de su cabello, atado con un lazo azul: el mismo que llevaba aquel primer día en que la vio.
Un tapón de corcho, guardado de la botella de vino que compartieron en la única noche juntos, le recordó a ese hijo que también creyó haber perdido y que, sin saberlo, había estado más cerca de lo que jamás imaginó.
Las lágrimas le resbalaron al recordar a Alberto. Su mente viajó desde el bautismo hasta la última vez que lo vio, apenas un año atrás.
Alberto se había presentado en su casa de improviso, dijo que pasaba por allí y quiso saludarlo, recordando aquellos años de juventud en que jugaba con Enrique y Sara. Tenía mala cara; confesó que había estado enfermo, pero que ya se recuperaba.
Pasaron la tarde entre recuerdos: los domingos en El Palmar o en la Malvarrosa tras los paseos en el barco de don Manuel; los viajes de invierno a Andorra para ver la nieve; la parada en Mora de Rubielos; el chocolate caliente de los viernes que María preparaba para los niños.
Fue una tarde entrañable, suspendida entre nostalgia y pérdida.
Al despedirse, Alberto lo abrazó. Fue un abrazo largo, sentido, un abrazo que Enrique no supo comprender… hasta ahora. Ahora lo entendía: él había sido el último en atar los cabos. Y María… ella lo sabía. Estaba seguro.
María siempre le había mandado mensajes que no supo descifrar.
Sentía por Alberto un cariño especial. A menudo insistía en que aquel muchacho se parecía a él, en que sus ojos eran distintos, especiales.
Pero Enrique no quiso ver. No reconoció en Alberto ni la parte que tenía de él ni la que heredaba de Carmela…
aunque, en el fondo, aquellos ojos siempre le recordaron a los de ella.
Al fondo de la caja encontró por fin lo que buscaba: el grueso sobre con las fotos de Carmela.
Las repasó con cuidado, sonrió ante alguna, recordando lo que había detrás del instante inmortalizado. La volvió a ver con su traje blanco de fallera, radiante, feliz.
Y lloró frente a la última foto: en la playa, el último día, con la pena en los ojos y las manos unidas. Ese día habían llevado un pícnic. Desesperados, juraron amarse siempre, pasara lo que pasara, pesara a quien pesara.
El dolor de aquella despedida lo atravesó como si hubiese sido ayer.
Sintió la traición, pero ya no dolía tanto.
Movió la cabeza negando y, como si la tuviera delante, como si aún estuviera viva, pidió perdón a Carmela.
Se disculpó por no haberla apoyado, por no comprender su desesperación, por no aceptar que ella no tenía otra salida.
Lloró mientras se disculpaba. Comprendió, aceptó… y su alma descansó.
Cuando cerró el baúl se sintió agotado. Se tumbó en la cama y dejó que el sueño reparara el peso del tiempo que su cuerpo cargaba. Pensando en su pasado, se quedó dormido.
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La luz del alba comenzaba a inundar la habitación de un tenue color blanquecino. Los fantasmas de la noche volvían a sus refugios y Enrique, con los ojos muy abiertos, se preguntaba qué era lo que acababa de ocurrir en su último sueño.
Rememoraba cada instante de aquel extraño sueño… No, no había sido un sueño, era demasiado vivido, demasiado intenso; era… un viaje a lo que pudo ser… un regalo en forma de viaje a un pasado perdido. Sí, eso era.
Él estaba a los pies del altar, en su solapa una rosa blanca y dos pequeños capullos, nervioso, con las manos sudorosas y apretadas.
La música comenzó a sonar; unas voces angelicales cantaban el Ave María y, por el pasillo, sonriente y cogida del brazo de su padre, Carmela venía hacia él, sin dejar de mirarle, sin dejar de sonreír, acelerando el paso para llegar cuanto antes a él.
Le quitó el velo y estaba tan hermosa que las lágrimas acudieron a sus ojos, emocionado.
Se vio jurando amor en la alegría y en las penas, en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y la pobreza, para siempre jamás.
Se vio deslizando la pequeña alianza en el dedo de Carmela, aquella que ahora dormía en la caja roja custodiada entre sus secretos.
Vivió la posterior fiesta y el vals con su nueva mujer, partió la tarta con un sable y sintió la entrega total de su noche de bodas.
Vivió una primera pelea con su mujer y la reconciliación, vio a su primera hija y a la segunda en su cuna mientras la mayor se asomaba con los pies en puntillas.
Vio a Carmela sonreírle y decirle, con toda claridad:
—Te querré siempre.
Y se despertó de un salto, con las pulsaciones aceleradas, la piel de gallina y sudoroso, pero inmensamente feliz.
Dio gracias por el regalo de su viaje a un pasado paralelo y se despidió con un «vuelve a verme, te esperaré».
Le costó un poco volver a la realidad. Se quedó sentado en la cama con los pies apoyados en sus zapatillas hasta que consiguió levantarse, sonrió y pensó que este sería un buen día, cuando la pesada nube del pasado que ahora apretaba su pecho se disipara, porque, cuando va acortándose el camino final, han de aprovecharse las horas; los días se alargan, las horas se van reduciendo…
Enrique se vistió de domingo, se perfumó con su Old Spice de siempre y encaminó sus pasos al cementerio municipal de Valencia, donde descansaba eternamente su mujer, María.
Cogió un taxi en la puerta y, de camino, se dio cuenta de que no iba solamente a ver a María; hoy y por primera vez, buscaría la lápida de Carmela.
Bajó en la puerta del cementerio y fue a la floristería de costumbre. En cuanto llegó, el olor de las rosas frescas, gardenias, lavanda y lirios del valle inundó sus fosas nasales y refrescó sus sentidos. Rozó con sus dedos las peonías rosadas, aún húmedas de rocío, y se decidió al fin.
En su mente se instaló el temor de que a María pudiera molestarle, pero recapacitó: allí donde moraba su esposa todo se entendía y todo se sabía.
María conocía bien cuánto la había amado, cuánto la seguía queriendo y añorando; pero también sabía que existió un recoveco en el tiempo donde Carmela lo fue todo, y se lo debía.
Luisa le recibió con un:
—Buenos días, señor Enrique; le tengo ya preparado el ramillete de margaritas de todos los miércoles.
Pero, ese miércoles, Enrique tenía algo más en la cabeza:
—Luisa, hazme otro ramillete de jacintos azules, por favor.
La entrada en el cementerio por la puerta principal no era para él lo habitual, pero tenía que averiguar en qué calle y número se encontraba la lápida de Carmela. Amablemente, un empleado muy joven le ayudó en su búsqueda y se lo anotó en un papel.
Enrique fue primero a visitar a María, como cada miércoles. Le contó cómo se encontraba y qué hacían los chicos, le habló de cómo Marina había irrumpido en su vida y de cómo había descubierto que Albertito, que ahora era un hombre, era el hijo que creía no haber conocido nunca.
—Pero tú ya lo sabías, ¿verdad, María? Yo no supe verlo, tú me acercabas a él y nunca dejaste que se alejara de nuestra familia.
»Recuerdo cuando los chicos se fueron haciendo mayores y se alejaban las amistades. Tú le llamabas por teléfono y le invitabas a merendar, y me hacías sentarme con vosotros a tomar chocolate y coca de llanda.
»¡Ay, María! ¡Cuántos secretos! ¿Y para qué? ¿Por qué? Seguramente porque nunca te hablé de él, porque quise olvidar ese episodio tan doloroso de mi vida, porque dejé atrás todo mi pasado cuando tú me lo pediste.
»Pero tú lo sabías… no sé cómo ni por qué… pero lo supiste.
Enrique le hablaba en voz alta mientras sus manos retiraban los tallos marchitos, vaciaban el búcaro y lo limpiaban en la fuente, para luego encajar la esponja verde y disponer el ramillete fresco sobre el mármol.
Se despidió de ella besándose las yemas de los dedos y posándolas sobre la fotografía de su esposa, con la promesa de volver, si la vida le daba tiempo:
—Y si no me da tiempo, recíbeme en el cielo.
Sacó el papelito del bolsillo de su chaqueta de punto gris, miró al cielo que se oscurecía por momentos tapando el sol con nubes oscuras y aceleró sus torpes pasos.
Encontró la lápida de Carmela, unos pocos pasillos más allá de la de María.
—Tan cerca… y nunca la vi —susurró, moviendo la cabeza con pesar.
Se inclinó un poco, apoyando la mano en la fría piedra.
—Hola, xiqueta… ¿cuánto tiempo? Perdóname, Carmela. Ahora te comprendo.