Capítulo 25
Une petite promenade
Llegamos a los Campos Elíseos sin haber desayunado, y yo necesitaba —más que nada— una buena dosis de cafeína.
Nos sentamos en la terraza de un café, donde unas seis mesas alineadas lucían jarrones de cristal con flores frescas.
Un toldo azul nos resguardaba del sol, y la mesa del rincón, adornada con hortensias azules, nos protegía también de miradas indiscretas.
Aunque, con la pinta que llevábamos, era difícil no llamar la atención.
La camarera nos recorrió con la mirada de arriba abajo, dudó un instante, pero terminó atendiéndonos. Pedimos dos cafés con leche y dos croissants.
Probablemente los más deliciosos y los más caros que hubiéramos pagado alguna vez.
~~~
El obelisco de Luxor nos dio la bienvenida desde la Place de la Concorde con su grandiosidad imponente, en un París cosmopolita donde se daba cabida a todas las particularidades del ser humano: raza, religión, sexo o tendencia.
Caminábamos entre las hileras de olmos podados en forma de cubo, cafés e improvisados tenderetes donde los artistas urbanos ofrecían sus actuaciones a cambio de unas monedas.
La gran avenida estaba atestada de turistas a esa temprana hora de la mañana; el tráfico era denso y constante.
También habían empezado a trabajar los carteristas, descuidistas y demás profesionales de lo ajeno.
Los grandes escaparates comenzaban a izar sus persianas, captando mi atención de manera hipnótica.
Yo me ocupaba de volverme loca frente a Louis Vuitton, Dior o Tiffany, y Quique de vigilar sin descanso. Me vi reflejada en el escaparate de Polene y no pude dejar de reír al pensar en la cara de la dependienta si entraba con estas pintas.
Propuse una visita a las Galerías Lafayette; no podía irme de París sin comprar algo para mi madre y, claramente, para mí.
No era la primera vez que entraba, pero me volvió a impresionar su alta cúpula acristalada.
Me perdí durante una hora entre el lujo y la fastuosidad de Louis Vuitton, Celine, Loewe, Zadig y Voltaire… no pude evitarlo y tuve que comprar.
Subimos a la planta de souvenirs y compramos unos detalles para Nita y el tío Enrique, además de un pintalabios de Carolina Herrera diseñado para colgar del bolso, idóneo para mi madre.
Salimos de Lafayette y bajamos al metro para volver a los Campos Elíseos, a la estación Charles de Gaulle–Étoile. Cruzamos rodeando el arco hacia la calle Berri, donde nos esperaba Le Paradise y monsieur Raymond.
La campanilla de la puerta nos delató. Monsieur Raymond levantó la vista del reloj de cuco que tenía entre las manos:
—La vie passe vite, le temps file.
Nos dijo mientras ajustaba las agujas del pequeño reloj de madera tallada, con un pajarito de colores que salía por la puertecita con su inconfundible cucú.
El peculiar anticuario pasó por delante de nosotros, se dirigió a la entrada y echó el cerrojo raudo. Acto seguido, dio la vuelta al cartel de Ouvert para mostrar el lado de Fermé.
—Síganme, mes chers amis —pidió moviendo la mano en el aire, guiándonos hacia su pequeño despacho.
La mesa estaba llena de piezas de relojes destripados, ojos de cristal, trozos de figuras sin sentido, dos tazas desportilladas con sus platillos de filo de oro y florecitas rosas, una pulsera con diminutos dijes en forma de corazones, y un libro de cuentas sobre el que se posaba una pluma y una calculadora.
—Tomen asiento. —Nos señaló las dos butacas de madera desgastada y tapizadas en terciopelo labrado rojo y oro.
Él se sentó frente a su mesa de trabajo, nos miró, y durante unos segundos que parecieron muy largos se quedó quieto y sin hablar.
De repente, como volviendo a la vida, comenzó a contarnos:
—Mes chers amis, ayer cuando ustedes vinieron a visitarme no podía imaginar que tras su visita tendría otra… mmm… no tan agradable.
Nos miramos con intriga y comprendimos. Monsieur Raymond continuó su narración:
—Tras su marcha, volví a oír cómo la vieja campanilla avisaba de un nuevo cliente.
Pensé que se habrían olvidado de algo, mais non: una mujer que ocultaba su cabello con un velo y vestía una gabardina larga completamente abrochada cruzó el umbral.
Por el hiyab, creí que sería musulmana, pero me equivoqué de medio a medio.
Vino hacia mí, toqueteando esto y aquello, parándose en una vitrina y otra, hasta que estuvo muy cerca de mí.
Yo sonreía, pensando que sería una clienta interesada en algún artículo.
Se acercó demasiado a mi cara y me habló: «¿Qué buscaba la pareja que ha entrado antes?
». Me preguntó a bocajarro: «¿Qué querían? ¿Le han dado el guardapelo?».
»Me asusté. Han entrado a robar infinidad de veces a mi local, pero no han logrado intimidarme.
Le dije que no sabía de lo que me hablaba.
Entonces sacó de su bolsillo una pistola y apuntó a mi estómago.
Le dije que venían buscando un vestido antiguo de seda valiosa, un espolín, y que nada sabía de un guardapelo.
Nos guiñó un ojo.
—La mujer exigió saber dónde se alojaban.
Yo, que no lo sabía, poco pude aclarar. Aunque no lo hubiera dicho, monsieur, ustedes me caen bien.
La mademoiselle no se quitó las gafas oscuras en ningún momento.
No pude ver su cara, pero era joven, como usted, madame, y de complexión muy delgada.
Buscó entre mis vitrinas y revolvió aquí en el despacho buscando algo, quizás su colgante, mademoiselle.
»Me amenazó con volver si averiguaba que pudiera saber más, fue hasta la puerta, guardó su pistola y salió hacia la izquierda. Nada más sé; solo puedo decirles que están en peligro. No creo que se detenga antes de encontrarlos.
Lo que hasta el momento había sido una persecución frustrada, ahora se había convertido en un peligro evidente.
Ya no se trataba solamente de que querían algo que presuponían que teníamos, algo de lo que nosotros ni siquiera éramos conscientes.
El peligro se elevaba de potencia: eran capaces de matar por aquello que fuera que deseaban.
Quique me miraba como si fuera a desaparecer en cualquier momento.
Seguía mis movimientos con la mirada, en un estado de alerta continuo; controlaba la puerta, observaba por la pequeña ventana que hacía las veces de escaparate y en la que se exhibían varios relojes antiguos, junto al busto de una mujer sentada sobre un tronco partido.
Le hablamos a monsieur Raymond sobre el guardapelo y nuestra sospecha de que ocultaba algo en su interior, aunque no lográbamos verlo. Él lo cogió delicadamente entre sus finas manos enguantadas y lo examinó con su monocular.
—Es una pieza única, mademoiselle. Antigua…
mmm, yo diría que del siglo XVIII. Está trabajada finamente en plata rodiada; los motivos florales son exquisitos: dos rosas y dos lirios enmarcan la gema…
una esmeralda de un tamaño inusual, color perfecto, intenso y uniforme, de gran claridad, un corte impecable y un calibre considerable.
Como le digo, mademoiselle, una pieza única y muy valiosa.
»La parte trasera está trabajada con un esmero poco habitual.
Los dos querubines portan en sus manos un grial del que mana, supuestamente, vino…
espectacular. La simbología es perfecta: la esmeralda nos habla de comienzos; los lirios y las rosas, si son blancas, representan la pureza, y los querubines portando el Santo Grial evocan el conocimiento divino. La pureza, el amor y Dios.
Abrió el guardapelo y examinó la foto del bebé a la izquierda y los rizos a la derecha. Apenas acarició el cristal con la yema de sus dedos.
—Alguien amó mucho a este bebé. ¿Es usted, mademoiselle? ¿O quizás el caballero? —Señaló con la cabeza al inquieto Quique, que no dejaba de vigilar el frente.
—No, monsieur. Es nuestro tío, al que estamos buscando —aclaré—. En realidad, lo que queremos saber es si pudiera haber algo oculto en el interior. Lo hemos abierto en varias ocasiones y solo vemos lo obvio: la fotografía y el mechón, y…
El teléfono comenzó a sonar en mi bolso. Corté la llamada.
—… lo que queríamos saber es si usted podría desmontarlo sin dañarlo…
El aparato volvió a repicar. Eché un vistazo a la pantalla: era mi padre. Aquello me extrañó; por lo general era mi madre quien marcaba y él se unía a la conversación después.
—Disculpe, monsieur, debo responder, parece urgente. ¿Papá? ¿Qué pasa? ¿Estáis bien?
—Marina, cariño, no te asustes, pero han entrado a robar en el ático.
Tu madre está muy asustada, lo han revuelto todo; aún no sabemos si se han llevado algo.
Tienes que venir cuanto antes, es urgente.
Mmm… hay algo más. Una amenaza. Mejor vuelve ya.
La policía necesita información. No tardes.
Tu madre está muy nerviosa, y yo también.
Me senté y apreté el guardapelo con fuerza contra mi pecho.
Estaba asustada, no por mí, sino por mis padres…
por todos aquellos que, sin saberlo, estaban siendo arrastrados a una búsqueda que ni yo misma lograba comprender.
El pulso se me aceleró. Debí de palidecer, porque Quique apareció a mi lado de un salto y me sujetó.
Me hablaban, pero no los oía; dejé de verlos.
La tensión y la impotencia se apoderaron de mí… y me desmayé.
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Me desperté en el frío suelo de mosaico de Le Paradise.
Monsieur Raymond me abanicaba con un peculiar abanico de plumas blancas y varillas de nácar.
Quique sujetaba mi cabeza, me llamaba, mojaba mi nuca.
Sus grandes manos me sostenían con tanta firmeza que podía sentir la tensión en la presión de sus dedos.
—Estoy bien, tranquilo… estoy bien. Solo me he impresionado.
Monsieur Raymond salió de la habitación para dejarnos hablar.
En apenas cinco minutos, Quique consiguió un vuelo a Valencia para dos horas más tarde.
Teníamos que volver de inmediato al hotel, recoger y salir hacia el aeropuerto.
La amenaza era contundente: «Dadnos lo que nos pertenece o alguien a quien amáis morirá».
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Volamos hacia Valencia en un silencio cargado de dudas, de ansiedad y temor.
Quique estaba pendiente de mis reacciones, sé que estaba asustado por mí, pero yo no lo estaba, yo temía por los míos, por mi madre, mi padre y también por los suyos que sentía como míos Nita, Enrique.
A fin de cuentas, todos estábamos inmersos en un mismo ciclo creado por Carmela y Enrique, todos éramos parte y forma de la misma urdimbre.
Quique apretaba mi mano, yo apoyaba mi cabeza sobre su hombro mientras él hacía llamadas y mandaba WhatsApp a la patrulla que se encargaba del robo en mi ático a la vez que trataba de organizar una redada para atrapar a los Pérez Navas, pero necesitaba un día, una hora concreta un hecho demostrable, pillarlos con las manos en la masa…
y no teníamos manera de conseguirlo, de momento.
Mi padre nos esperaba en la salida del aeropuerto de Manises acalorado y nervioso, me abrazó con fuerza, miró a Quique y le tendió la mano a modo de saludo.
—Papá, te presento a Quique Ruiz, un amigo, es policía, nos ayudará con todo esto.
Se tendieron la mano con la misma sensación ancestral de recelo que desde que el mundo es mundo sienten los padres hacia las parejas de sus hijas.