Capítulo 24
La consolidación
Salí del baño, la llamé, la busqué… No estaba.
Me vestí rápidamente, me calcé las zapatillas y salí corriendo de la habitación, desesperado por encontrarla. El corazón se me salía del pecho, se me dormían las manos de puro estrés y la cabeza se me embotaba con cientos de posibilidades: ¿La habrían secuestrado? ¿Le harían daño físico?
Te encontraré, Marina.
La llamé por teléfono: sonó en el cuarto. Volví; el teléfono estaba sobre la cama.
—Mierda, Marina… sin teléfono.
Todos mis sentidos se paralizaron un instante; al siguiente me puse en alerta. Miré por todos los rincones buscando alguna pista. Bajé a recepción por las escaleras —no tuve paciencia para esperar el lento y viejo ascensor—.
Me acerqué al mostrador y el recepcionista me miró con una sonrisa que parecía querer decirme algo.
—Buenas tardes… La mujer que viaja conmigo, Marina, ¿la ha visto? —pregunté.
Siguió mirándome como si ocultara algo.
—Por favor, es importante… ¿me entiendes?
Intenté hacer que me contestara, hacer desaparecer esa estúpida sonrisa, pero era inútil; no nos entendíamos. Respiré hondo y decidí no perder más tiempo: algo me decía que debía volver a la habitación.
Subí rápidamente por las escaleras hasta nuestra puerta.
La habitación estaba intacta, todo en su sitio, pero mi corazón se aceleró.
Cólera y preocupación se mezclaron; di un puñetazo a la pared, de la que saltaron pequeños trozos de yeso blanco.
Mi mente corría a mil por hora: ¿qué estaba haciendo Marina? , ¿estaba en peligro?
En la terraza de nuestra habitación, daba vueltas como un león enjaulado hasta que me fijé en un hombre alto, vestido con traje, me devolvía la mirada desde la acera. Bajé de inmediato, decidido a enfrentarlo. Lo tomé por las solapas y le increpé:
—¿Dónde está?
El hombre me miró asustado y extrañado; trató de zafarse, pero no lo consiguió.
—Te he preguntado… ¿Dónde está Marina?
En ese momento, una mujer salió del edificio contiguo y, en francés, me explicó a gritos que aquel hombre era su marido y que solo esperaba a que ella saliera de la peluquería.
Señaló el local para que entendiera y, finalmente, solté al buen hombre, que se alejó confuso y asustado con su mujer cogida del brazo.
Volví a subir a la habitación. El recepcionista ya no estaba —gracias a Dios—, y mi mente no dejaba de imaginar escenarios de peligro. ¿Y si algo le sucedía?, ¿y si realmente alguien trataba de dañarla? Hiperventilaba; mi pulso se aceleraba con cada segundo que Marina no aparecía.
Y entonces lo supe.
No había nada que pudiera dañarme más que ella; nada más importaba, solo ella. Lo que de niño fue un encaprichamiento hoy era algo mucho más fuerte, algo que me poseía por completo. Estaba completamente perdido. Quique ya no era importante; solo ella lo era.
Se oyó el chasquido de la cerradura. Me giré de inmediato y Marina entró: descalza, en pijama, apretando una carpeta contra su pecho y con la cabeza gacha, mirándome…
¿Con miedo? No lograba descifrar esa cabecita tan extraña: me tenía miedo a mí, a mi reacción.
Pero no lo había tenido cuando trataron de robarle, ni al irse a donde fuera que hubiera ido, ni siquiera con aquel cabrón…
Caminaba hacia mí. Yo me apoyaba en la mesa de la terraza, los nudillos blancos por la fuerza de la tensión pasada.
Levantó la vista y apenas me sonrió. Mis manos fueron aflojando, mi corazón, hacía un momento desbocado, comenzó a latir más lento: pum, pum, pum.
Acompasándose mientras soltaba un profundo suspiro.
Miré sus ojos. Nada importaba: estaba aquí conmigo, de nuevo.
Abrí los brazos y la recibí en mi pecho, con un beso en su pelo, que olía al champú del hotel, avena y miel.
—Bienvenida… ¿Te has ido sola, Marina?
—Bueno, sola no. Me fui con un hombre…
—Mmm. —Separé mi cabeza de la suya y torcí la boca fingiendo celos, quería quitar hierro al asunto.
—Bueno… un hombrecillo que es empleado de la empresa de Alberto.
«Alberto», solo escuchar aquel nombre me puso en tensión y ese intento que había tenido de relajarnos, se desvaneció de un plumazo.
—Vaya. Y no pensaste, en ningún momento, que te estabas poniendo en peligro. Claro… ni que el hombrecillo podría ser el tipo que nos persigue, ni siquiera que te podría hacer daño, ¿verdad, Marina?
—Bueno…
—No, no lo pensaste, claro. Tú nunca piensas en el peligro.
Comencé a besarla detrás de las orejas, en el lunar que tiene justo bajo el lóbulo. Bajé al de la base del cuello, al de la clavícula, y continué por el pequeño y claro lunar del escote, mientras mis dedos recorrían, muy despacio, en una suave caricia, su espalda.
—Los pa… papeles, ten.
Los dejé sobre la mesa sin mirarlos; solo podía mirarla a ella. Estaba a salvo, de momento nada le había pasado, y eso me hizo sentirme más tranquilo.
—Los papeles pueden esperar…
Bajé por su cuello suavemente y mi mano libre desabrochó el lazo de su pantalón, buscando entre los pliegues de su tierna carne. Ella gimió, entregada; mi deseo era fuerte, pero hoy, ahora, era solo para ella. La llevé al límite.
—Júrame que nunca más volverás a ponerte en peligro.
Ella gimió, echando la cabeza hacia atrás y cerrando los ojos.
—Marina… júramelo.
—Te lo juro, Quique…
Y me bebí su placer en un beso.
Marina
Desperté del maravilloso sueño en el que me encontraba en la playa.
El sol calentaba mi rostro, la arena cálida se amoldaba a mi cuerpo y lo envolvía en un calor reconfortante; las olas del mar rozaban mis pies, proporcionándome frescor en contraste.
Me sentía plena. Sabía que, si giraba apenas un poco la cara, vería a Quique tumbado junto a mí, pero no podía moverme; estaba paralizada, unas enormes cadenas colgaban de mis brazos y piernas cual Gulliver anclado en Liliput y aun así me sentía feliz.
Abrí los ojos apenas un poco y un enorme sol amarillo, como un girasol gigante, me habló:
—Sigue el hilo del espolín, busca dentro de mi corazón; solo así podrás encontrarme.
Alargué mi brazo hacia el lado contrario de la cama: la almohada seguía caliente. Bajé la mano hacia el colchón… y él no estaba. Me acurruqué en su lado, cerré los ojos unos segundos y dejé que mi mente volviera a la playa, mientras mi conciencia tiraba de mi hacia un nuevo día.
Abrí los ojos y lo vi en la terraza, leyendo con atención los papeles de la carpeta de Julián.
Me levanté con pereza… digamos que Quique me había dejado dormir más bien poco. Bajé una pierna, luego la otra, me desperecé, me calcé las zapatillas y me puse en pie.
Quique estaba absorto en la lectura sobre la corrupción de los Pérez Navas. No levantó los ojos de los papeles.
—Buenos días, dormilona. ¿Ha pasado buena noche? —Sonrió con picardía.
—Buenos días, Quique. —Le acaricié la espalda—. ¿Has encontrado algo interesante?
Movía la cabeza afirmando, emocionado.
—Esto, Marina, esto es oro puro. Llevamos años detrás de la empresa pantalla que blanquea dinero y mueve mercancía ilegal desde España hacia media Europa.
Siempre teníamos una pista, pero nunca pruebas sólidas…
hasta ahora. Aquí está el vínculo directo con los Pérez Navas: contratos, rutas de transporte, exportaciones encubiertas.
Esto es material probatorio, pero faltan piezas; lugares, nombres ocultos, cifras…
Parece como si alguien hubiese ocultado parte de la información intencionadamente.
—Lo sé, Julián dijo que Alberto dividió la información en tres partes para que no pudieran hacerme daño mientras yo fuera pieza clave en la investigación.
Hizo una pausa, bajó la voz.
—Hay un problema: si esto sale a la luz y encuentran a Alberto…
—Movió la cabeza, con duda y preocupación—.
Hay demasiados hilos de poder, mucho dinero y una mafia detrás.
Tenemos que detenerlos antes de rescatar a nuestro tío.
Sospecho que no se detendrán ante nada, pero Alberto ha hecho bien, si la información está dividida no sé atreverán a hacerte daño hasta que no esté completa.
Me sentó sobre sus rodillas, me besó en la mejilla y me palmeó el trasero.
—Nos vamos a Le Paradise, a ver si monsieur Raymond nos puede ayudar con tu colgante.
Improvisó mi atuendo del día: unos vaqueros a los que hizo una raja en el muslo con las tijeras, una camiseta suya que me venía enorme, una gorra calada hasta los ojos para ocultar mi pelo —algo llamativo, digamos— y unas gafas de sol.
Para él eligió otros vaqueros rotos, una camiseta que también cortó por el bajo, gorra, gafas y el pelo peinado hacia arriba con fijador, en forma de cresta, a la que yo añadí un toque de color con mi pintalabios rosa.
Nos miramos al espejo y no podíamos dejar de reír. Ridículos… pero quizá capaces de pasar inadvertidos en París.
Pusimos a salvo los papeles en la caja fuerte —no en la de la habitación, sino en la de recepción del hotel— y pedimos el favor de salir por las cocinas.
La chica de recepción hablaba castellano, lo que facilitó el plan, dudó un momento, pero Quique le puso su mirada más sexi y ella aceptó.
Un botones nos condujo hasta la enorme cocina: allí, entre cacerolas y fogones, varios cocineros trabajaban sin descanso.
El aire estaba impregnado de trufa y parmesano, un olor que me hizo salivar.
Quique me llevaba de la mano, guiándome por aquel laberinto de metal, cuchillos y ollas hirviendo.
Cuando por fin salimos, un par de cocineros fumaban en la puerta. Al vernos, se quedaron boquiabiertos; uno murmuró un «Qué merde…». No nos giramos. Seguimos caminando, perdiéndonos en las calles de París.