Capítulo 23 #2
No había imaginado que el valor del guardapelo fuera más allá de lo sentimental.
Pero ahora no solo llevaba al cuello el pasado más preciado de Carmela: también cargaba con la llave del corazón de Alberto y con la enorme esmeralda que, seguramente, era lo que más preocupaba al atribulado Quique.
El colgante se había convertido en un objeto de valor incalculable y en un peligro acuciante.
Continuamos nuestro paseo, disfrutando de la brisa y de las calles llenas de vida, entre cafés, librerías y escaparates.
Cada gesto de Quique —cada roce de su mano, cada sonrisa— me hacía sentir que París se había transformado en nuestro mundo secreto.
Pero su cara contaba otra cosa. Disimulaba.
Sus ojos me hablaban en voz alta, aunque su voz y su cuerpo trataran de ocultarlo.
Tenía miedo… y no era por él.
Yo anhelaba perderme en los escaparates de los Campos Elíseos —Louis Vuitton, Dior, Versace—, pero Quique pospuso la idea para el día siguiente. Necesitaba saber qué escondía mi colgante y ponerlo a salvo.
—Quique, relájate. Nadie sabe que la esmeralda es auténtica. Ni nosotros lo imaginamos durante todo este tiempo. Eres un exagerado.
—¿Exagerado? ¿En serio, Marina? ¿Recuerdas el suceso del aeropuerto de Manises? ¿Qué crees que querían?
Me quedé pensando. Lo había olvidado: el ratero, la espera, Quique llevándome en volandas hacia el avión…
—Entonces… ¿crees que tiene relación?
—Marina, nos vigilan.
Miré hacia todos lados. No vi nada. Quique, en cambio, aceleraba el paso y me arrastraba con él.
—¿Dónde?
—Desde que salimos del anticuario. Un hombre con bigote y sombrero.
Hice intención de girarme.
—No. Te. Gires.
Me agarré más fuerte a su mano. Volaba más que caminaba.
—No es un hombre. Es el mismo chico… o lo que sea. Pero le gustan los disfraces.
Regresamos al hotel, de volada, casi sin resuello, con la prisa de a quien le pisan los talones.
Quique estaba acalorado, yo miraba atrás con insistencia.
—¿Nos han seguido al hotel?
—No, Marina, lo despistamos hace rato.
—Bueno, eso está bien, ¿no?
—Hay que ser precavidos, Marina.
—Ah, bien
—No te das cuenta del problema, ¿verdad? ¿No tienes miedo nunca? Me desesperas, Marina, me da escalofríos tu falta de reacción ante los peligros... En serio, ¿no eres consciente?
No contesté, tampoco sabía qué decirle.
Subimos a la habitación, Quique quiso darse una ducha y yo me tumbé en la cama a descansar y pensar.
Raymond nos había dado una nueva ruta a seguir, volver a Valencia, a Gandía concretamente y nos había descubierto que el corazón de Alberto colgaba de mi cuello, y no solo físicamente, sino que también la carga de encontrarlo pesaba y parecía que cada vez se alargaba más.
El olor a gel de lavanda comenzó a inundar la habitación y una bruma cálida surgía del baño, me adormecí durante unos segundos y unos golpecitos suaves en la puerta me espabilaron de golpe, fui a la puerta y entreabrí:
—¿Sí?
Un hombrecillo de corta estatura, poco pelo y traje marrón con varios lamparones de dudosa procedencia me instó a salir al pasillo.
—Venga, señorita Pérez de Ayala. Soy Julián Romero, contable de las empresas del señor Pérez Navas. —Me enseñó una tarjeta de visita—. Necesito hablar con usted, es urgente.
Miré hacia la habitación con la intención de llamar a Quique.
—No lo haga, señorita, solo hablaré con usted, es la orden que tengo de don Alberto.
El oír el nombre de Alberto me desmontó, dudé, miré de nuevo hacia la habitación, Quique estaba afeitándose.
El hombrecillo tiró de la manga de mi jersey, y le seguí.
Iba descalza, con un pantalón suelto de pijama y un jersey de punto, sabía que Quique se iba a enfadar, mucho, pero tenía que saber qué tenía que decirme sobre Alberto.
Le seguí por el pasillo con los pies descalzos sobre la muy pisada moqueta, llegamos al ascensor y pulsó el tres, salimos a la derecha —me iba fijando muy bien por si tenía que salir corriendo—. Habitación 313…
Mierda, el móvil me lo había dejado en la habitación, no podía contactar con Quique, ni pedir ayuda si era preciso.
En pocos segundos mi mente evaluó la situación.
No llevo zapatos, no llevo móvil… Bueno, es pequeño creo que puedo con él.
Calculé mi fuerza, sí, creo que podría con él.
Entramos en la habitación, olía a comida de varios días, una caja con una pizza a medio comer, varios recipientes de hamburguesas ya comidas y muchos botellines de cerveza consumidas.
La bolsa de viaje desparramada sobre la cama y un contundente olor a pies que inundaba la habitación, comencé a respirar por la boca para mitigar el olor, Julián revolvía papeles.
—Venga, señorita, esto es información delicada, pero le va a hacer falta.
Me acerqué al escritorio y aparté de la silla una camisa usada y con cierto olor desagradable.
—¿Lleva mucho tiempo aquí?
—Desde que llegaron ustedes, llevo intentando ponerme en contacto con usted desde Roma, pero nos siguen, a ustedes y a mí.
Estoy amenazado de muerte por la familia Pérez Navas y le aseguro, señorita Pérez de Ayala, que no es una broma, tratarán de cumplir sus amenazas, se lo aseguro, tienen medios para hacerlo.
—¿Le sigue la misma persona que a nosotros?
—No, señorita, son personas diferentes. Yo soy prescindible, usted no. Si me encuentran desapareceré y no podré ayudar al señor Alberto.
Chasqueó la lengua ante mi cara de incomprensión, se giró hacia la mesa, colocó sus gafas de montura dorada algo desvanecida sobre su ganchuda nariz y señaló con el dedo los papeles.
—Aquí, señorita Pérez de Ayala, están las pruebas de que la empresa de transporte internacional de la familia Pérez Navas no es lo que parece.
A simple vista mueven contenedores con maquinaria y productos industriales, pero en realidad transportan mercancía ilegal: medicamentos falsificados, componentes electrónicos prohibidos y, en ocasiones, objetos de contrabando de alto valor.
Todo perfectamente camuflado entre cargamentos legales.
Don Alberto posee la totalidad de la empresa NAVAS, S.
L., que fundara su abuelo allá por los años cincuenta.
Don Manuel compró a don Jesús su parte de la empresa porque por aquel entonces este ya tenía negocios turbios, muchas deudas y necesitaba el dinero urgentemente.
Don Manuel le pagó un precio justo, pero el dinero…
no duró mucho. Al cabo de los años don Jesús exigió a su hermano que le devolviera su parte de la empresa, no lo consiguió.
Cuando don Manuel falleció la empresa fue para su hijo Alberto que no sé si usted lo sabe, es adoptado.
La familia no admitió que la empresa principal fuera de alguien que no llevaba su sangre.
La segunda empresa TRANSMAR S.L, que es la de exportación, fue creada con capital familiar y don Alberto que, por motivos obvios, no tenía ningún control sobre sus operativas tiene el cincuenta por ciento, de ahí que quieran quitárselo del medio.
Corremos peligro con la información que barajamos…
—¿Y Alberto…? —pregunté, intentando no mostrar el temblor en mi voz—. ¿Está… a salvo?
—Sí —contestó Julián, apretando los labios—. Está escondido, lejos de ellos. Por eso me envió: para que usted tuviera esta información antes de que ellos lo encuentren. Si la familia Pérez Navas se enterase de que alguien sabe lo que hacen, no dudarían en eliminar cualquier obstáculo.
—¿Por qué yo? Quiero decir, ¿por qué me siguen a mí?
—Porque usted posee la llave para encontrarle y con ello la documentación necesaria para sacar a la luz los delitos cometidos. Y salvar a Alberto.
Me mostró un mapa con rutas de los camiones, fechas de salida, destinatarios y fotografías de contenedores con los códigos de la empresa.
—Con esto —continuó—, puede alertar a las autoridades o preparar una estrategia para que estos desfalcos y contrabandos salgan a la luz, usted es periodista, ¿no es cierto?
Publíquelo, sáquelo a la luz, y su novio, ¿no es policía?
Pero tiene que ser muy cuidadosa, señorita Pérez de Ayala.
No podemos arriesgarnos a que ellos sospechen dónde se encuentra esta información.
De todos modos, le faltan los documentos más delicados, don Alberto ha decidido fraccionar la información para que usted no corra…
digamos un riesgo sobre su vida, mientras le busca.
—Entonces, ¿cómo sabré dónde buscar?
—Todo a su debido tiempo, señorita Marina, todo a su debido tiempo.
Respiré hondo, observando la pila de documentos, fotos y correos impresos. Era real, demasiado real. Tenía en mis manos la oportunidad de destapar años de corrupción, pero también de ponerme en peligro. Otra carga sobre mis hombros: no solo la de la verdad, sino también la de proteger a Alberto.
—Lo entiendo —susurré finalmente, con voz firme—. Lo haré. Pero necesito tiempo para procesarlo todo… y pensar en un plan.
—El tiempo es un lujo que no tenemos —me advirtió Julián—.
Ellos siguen moviéndose. Cada minuto cuenta.
Y, señorita, no olvide que el dinero lo mueve todo y que viéndose amenazados como se ven, serán capaces de cualquier cosa.
Usted sin buscarlo, se ha convertido en la llave para ganar o perder, y créame, ellos están acostumbrados a ganar, siempre.
Regresé a la habitación dejando al extraño gnomo de oficina recogiendo sus sucios enseres para volver a Valencia y permanecer oculto —a saber dónde— hasta que se descubriera la trama oculta y pusiéramos a salvo a Alberto.