Capítulo 23
Le Paradise
El vuelo de Roma a París transcurrió sin incidencias; apenas dos horas bastaron para pasar de la magnificencia de la Ciudad Eterna a la majestuosidad luminosa de la capital francesa.
En la salida del aeropuerto Charles de Gaulle tuvimos que abrirnos paso —literalmente— entre una multitud ansiosa por conseguir un taxi que los llevara al corazón palpitante de la ciudad.
A pesar de lo apresurado del viaje y de las dificultades para encontrar alojamiento, Quique había logrado reservar una habitación en un pequeño hotel cercano a la Gare d’Austerlitz. Era un hotel modesto, pero en cuanto crucé el umbral, supe que sería nuestro rincón en París.
La recepción olía a azahar proveniente de los ambientadores mikados colocados estratégicamente aquí y allá, con un mostrador gastado por el roce de incontables llaves y manos.
Una lámpara amarillenta iluminaba las paredes forradas de papel pintado con repetitivas flores de lis, ya marchitas por el tiempo.
El hall era pequeño, tan solo un sofá de dos plazas con una desvencijada mesa de madera sobre la que estaban dispuestos los diferentes folletos de excursiones por París. No era el Maurice, pero era acogedor.
Un ascensor estrecho de hierro, que subía con un traqueteo obstinado, nos llevó hasta el tercer piso, Quique cargaba mi enorme maleta —gracias a Dios que traje equipaje de sobra— y su bolsa de viaje, yo llevaba las compras que habíamos hecho en Roma y las vituallas que la familia de Calcata nos habían preparado, la bolsa apestaba a queso brie, pero a mí me abría el apetito.
Al abrir la puerta de la habitación, descubrí una cama amplia cubierta con un edredón limpio de algodón, dos mesillas pequeñas y unas cortinas claras que dejaban pasar la luz como un velo. No había ostentación, pero sí calidez y al menos se veía limpio
—Es modesto… —dije, acariciando con la mirada cada detalle.
—Sí. Pero es perfecto —respondió Quique, dejando caer la bolsa sobre la butaca—. Aquí será más difícil que nuestro particular perseguidor nos encuentre, la calle es estrecha, veríamos el Mini enseguida.
Descorrió las cortinas y descubrió el pequeño tesoro que aquella habitación ocultaba.
Me llevó con los ojos cerrados hasta el balcón cogiéndome desde atrás y pegándose a mi cuerpo.
—¿Estás lista?
—Aja.
Destapó mis ojos y ante mí una amplia terraza llena de macetas en flor, una mesa con dos butacas en madera de teka con mullidos cojines ocupaba el centro y a cada lado un olivo plantado en ambos maceteros de piedra blanca.
Una ristra de farolillos cruzaba de parte a parte enganchada en los hierros que partían de la barandilla hasta el techo como sujeción y al fondo París: tejados inclinados, chimeneas, luces dispersas; la Torre Eiffel brillaba a lo lejos con luz propia, los campanarios y bóvedas apenas se distinguían, pero si mirabas con atención eras capaz de adivinarlos.
Saqué el queso y algo de pan, unas empanadas de tomate y dos trozos de bizcocho, que es lo que nos quedaba de lo preparado por Beatrice, la tía de Quique.
Él abrió su bolsa y sacó una botella de vino blanco que guardaba para una ocasión especial, cogió los vasos precintados del baño y encendió dos velas aromáticas que encontró en un estante.
Una campana sonaba a lo lejos, y el rumor de los coches y de las voces subía desde el puente cercano y nosotros despreocupados cenamos y convertimos ese rincón de París en nuestro mundo, tan solo por un momento.
Sentí que el universo se detenía allí, en aquel refugio sencillo suspendido entre la historia y el presente, mientras el murmullo de París se mezclaba con el latido de su pecho bajo mi mejilla.
París nos pertenecía esa noche, y nosotros a ella.
Todo lo demás podía esperar.
~~~
Nuestro primer destino fue Le Paradis des Antiquités, un pequeño anticuario en la Rue Saint-Honoré, cerca de las Tullerías.
La fachada era discreta, con una puerta de madera gastada pintada de azul a juego con los ventanales empañados que apenas dejaban ver el interior.
La campanilla de la entrada sonó a nuestro paso y de inmediato el olor a madera lustrada, cuero antiguo y libros gastados nos inundó en un abrazo.
Las estanterías de madera oscura crujían bajo el peso de bustos de mármol, relojes de bolsillo, medallas y joyas cuidadosamente expuestas.
Cada rincón estaba iluminado por lámparas que proyectaban sombras cálidas y pequeños focos que iluminaban los objetos que el anticuario quería destacar para su pronta venta.
Varias vitrinas exponían capas eclesiásticas de casullas bordadas en oro, pequeños trajes para imágenes de Vírgenes en brocatel azul o blanco y una enorme capa pluvial en espolín totalmente extendida que cubría toda la pared lateral.
Monsieur Beauchamp apareció con una elegancia estudiada: guantes finos, pañuelo de seda al cuello y una sonrisa amable.
Era un hombre menudo, de bigote cuidado. El poco pelo que le quedaba lo llevaba perfectamente peinado y engominado. Vestía y caminaba con una elegancia parisina anclada en el siglo XX.
—Bienvenue à Le Paradis. ¿Qué buscan hoy? —dijo con una voz ligeramente chirriante.
—Buenos días, caballero.
Al escuchar a Quique hablar en castellano, respondió enseguida:
—Oh, españoles. Yo hablo un poco de español. Mi madre era de Cáceres y algo aprendí.
Nos miramos y asentimos. Habíamos llegado con la incertidumbre de no saber cómo comunicarnos con el anticuario; mi francés era escaso y el de Quique, prácticamente nulo.
—Verá, monsieur…
—Raymond.
—Bien, monsieur Raymond. Tenemos constancia de que hace unos veinte años adquirió un espolín de dibujo Valencia fabricado por Garín en una subasta del Vaticano. El espolín perteneció a mi familia, concretamente a mi abuela, y necesitamos recuperarlo por… motivos personales. ¿Aún lo conserva?
—Oh, mademoiselle… De eso hace mucho tiempo…
—Rio suavemente mientras nos observaba a ambos, dejando después una larga pausa en el aire—.
El espolín… estuvo aquí —dijo haciendo gestos con las manos—.
Pero ya no cuenta entre mis preciadas pertenencias.
Lo compré en una subasta, cómo ya saben, y estuvo expuesto en esa misma vitrina unos seis o siete años.
Cogió un pequeño plumero que tenía sobre la mesa y se entretuvo quitando el polvo a una imagen de un niño Jesús en la cuna que nos miraba con los ojos de cristal que parecía que tenían vida. Dejó de hablar, durante unos minutos, luego de repente emprendió su narración.
—Un día de otoño, si no recuerdo mal, llovía, una pareja de españoles con su hija, se refugiaron del fuerte aguacero que comenzó de repente sin previo aviso.
No venían con intención de comprar, se pasearon entre las estanterías y vitrinas.
El hombre se interesó por los relojes, la mujer por los anillos y colgantes, y la hija se quedó plantada delante de la vitrina que contenía el espolín.
La niña que ya era una mujercita, le hacía ojitos a su padre, encaprichada del espolín.
Yo pensé que había llegado el momento y que vendería ese tejido excepcional.
Me pidieron verlo de cerca, y yo se lo enseñé, la madre pidió si podía probárselo a su hija, aunque solo fuera por encima, las pasé a esa habitación contigua y cuando salieron la decisión estaba tomada.
El padre regateó dentro de lo lógico, yo accedí.
—Entonces, ¿se vendió?
—Me oui, mademoiselle, síganme.
Nos llevó a la habitación contigua y se puso unas lentes sobre su fina nariz, comenzó a leer cada lomo de los libros de cuentas que poblaban las estanterías hasta que dio con la que buscaba
—Aquí está, sí, esta es. Recuerdo el año porque fue el mismo en el que falleció mi padre. Mmm aquí lean…
22 de Septiembre 2002
Objeto: indumentaria regional valenciana en espolín blanco.
Estado de conservación correcto
Precio inicial: 8000€
Precio venta: 7500€
Adquirido por: Don Vicente Borja Tamarit
Enviar a:
Carrer la Salle 22
Gandía - Valencia
España
—Lo preparé con esmero para enviarlo, lo cubrí con tela de lienzo blanco y lo metí en una caja precintada. Nada más he sabido de él.
Mi mano jugueteaba, mientras le escuchaba, con el guardapelo que colgaba de mi cuello, el anticuario de repente se acercó a mí y cogiendo el guardapelo con la mano me preguntó
—¿Puedo? —Con su mano enguantada sostuvo el colgante entre sus huesudas manos.
—Es una pieza excepcional, mademoiselle, plata labrada y una esmeralda de un tamaño considerable. Está claro que es un regalo o una herencia familiar. ¿A quién pertenece este corazón?
Y entonces, sin pensarlo todas las piezas comenzaron a moverse en mi mente, reseteando y rastreando información, atando cabos.
«Sigue el hilo del espolín. Al final de su viaje estaré yo. Me encontrarás con ayuda de mi corazón».
—¡Alberto! —exclamé—. Este es el corazón de Alberto... ¿Cómo no lo he pensado antes?
Raymond nos sonrió, satisfecho de nuestra sorpresa. La clave de nuestra investigación se había revelado de manera inesperada.
Salimos del anticuario con la promesa de volver al día siguiente para intentar descubrir los secretos del exceptionnel guardapelos.
El aire era fresco en París nos refugiamos dentro de nuestras chaquetas, caminamos un rato sin hablar, yo absorta en mis pensamientos, él pendiente de todo lo que pasaba a nuestro alrededor.
—El guardapelo, claro… —dije, mientras lo sujetaba en mis manos—. Pero lo he abierto varias veces y no he visto nada más que la foto de Alberto y su pelito.
—Pues algo hay. —Quique me tomó de la mano mientras caminábamos por la Rive Droite—. Lo inspeccionamos cuando lleguemos al hotel. De momento…
Me miró con preocupación, con ese recelo que parecía anticipar que, en cualquier momento, alguien vendría a arrancarlo de mi cuello.
—De momento, Marina… escóndelo por dentro del jersey.
Le obedecí.