Capítulo 22 #4
Lentamente, con un gemido suave que apenas escapó de mis labios, me levanté entre sus brazos. Quique me rodeó con los suyos, guiando mis movimientos, y un último beso, largo, cálido y profundo, selló nuestra complicidad, nuestro deseo y la certeza de que nada podría separarnos.
Nos levantamos finalmente, dejando atrás el aroma de la mañana, la calidez de la cama y el murmullo de nuestros cuerpos entrelazados. Quique tomó las maletas mientras yo lo observaba, aún deseando prolongar aquel instante, necesitando sentir su cercanía un segundo más.
Pero todo lo bueno tiene un final y juntos nos despedimos del sol que iluminaba las calles empedradas, de los balcones cargados de flores, de la numerosa familia que nos había acogido con tanto cariño. Y partimos hacia la ciudad del Vaticano.
Nita, Miguel y Vicente se dirigían a la segunda inspección de un espolín Valencia, con la esperanza de que fuera el de Carmela.
Nita conducía, Miguel hablaba con entusiasmo sobre refajos y mantones, mientras Vicente miraba el móvil, seguramente sumido en algún proceso judicial.
No sabían qué encontrarían, pero, aunque dudaban de que fuera el espolín correcto, habían decidido comprobarlo.
Miguel nunca dejaría pasar la oportunidad de examinar un posible tesoro, y Nita tampoco.
Llegaron a la calle San Jacinto justo a las once. Les abrió la puerta un hombre joven que, conduciéndolos al comedor, sacó el traje de fallera de la habitación.
—Este vestido perteneció a mi madre —dijo con cierto orgullo y nostalgia—.
Le tengo mucho cariño. Está guardado en el armario desde hace años, y ahí se quedará.
Es un recuerdo, ¿saben? Vi a mi madre llevarlo durante mucho tiempo.
Ahora ya no está conmigo, pero será para mis hijas, si alguna vez las tengo, o para mi mujer, si me caso, claro.
Miguel tomó el tejido con cuidado, lo examinó de cerca, dio la vuelta a la falda, comprobando la retorta y el ruedo de algodón con flores. No necesitó más.
—Es precioso. Gracias por compartirlo con nosotros. ¿Sabe su procedencia? —preguntó, con el respeto que merecía la pieza.
—No tengo ni idea —respondió—. Es un Valencia, eso me han dicho, y que tiene mucho valor. Pero a mí no me importa; solo es el traje de fallera de mi madre.
—Y así debe ser —contestó Miguel, chocando suavemente la mano del hombre a modo de despedida.
Ya en la calle explicó el motivo de la rápida salida:
—El tejido no es un espolín. No quise decirle nada al chico. Al fin y al cabo, él lo ha dicho: no es más que el traje de fallera de su madre. Nada más necesita saber.
—A ver, que me aclare —dijo Nita, confusa—. ¿No era un espolín? Yo vi el dibujo igual que el anterior.
—Ay, Nita… ¿no viste el reverso de la tela?
—explicó Miguel con paciencia—. Te he contado cómo es un espolín.
Este tenía hilos que cruzaban toda la pieza, no solo los motivos del dibujo.
Era una seda… una seda maravillosa. La procedencia podría ser también Garín, no estoy seguro, pero, aunque el dibujo sea Valencia, no tiene el mismo valor.
Miguel se inclinó un poco para mostrarle los detalles.
—El dibujo de un espolín no es lo que da valor a la pieza, sino la creación del tejido, cómo está realizado. Esta pieza es mecanizada; no está hecha a mano.
Nita asentía mientras escuchaba, aunque no entendía ni la mitad de lo que Miguel contaba. El resultado, en cualquier caso, era el mismo: el verdadero espolín de Carmela seguía oculto.
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Una llamada telefónica de Pablo, minutos antes de que llegáramos al Vaticano, nos confirmó lo que ya sabíamos: que aquel coche nos venía siguiendo desde España.
—¿Tienes un nombre, Pablo?
—No, el coche es de alquiler y está a nombre de una empresa fantasma: LAPMA KIT.
Lo he estado averiguando y no registra ninguna actividad económica ni financiera; huele a blanqueo de capitales en toda regla.
La firma depende de una sociedad llamada PMA, S.
L. El coche se alquiló en Madrid, poco más te puedo decir.
—Investígalo y dime qué encuentras. Y, por favor…
—Sí, sí, ya lo sé. Descuida, soy discreto.
—Gracias, Pablo. Te debo una.
Entramos en el Vaticano con la carta del padre Alejo en la mano.
Su sello oficial nos abría las puertas de los archivos, cada paso sobre el suelo de mármol resonaba con solemnidad palaciega.
Los guardias nos indicaron con gesto cortés la sala donde se conservaban los registros de las subastas y los documentos históricos, y nos condujeron en silencio.
Ante nosotros se desplegaron cajas y estantes repletos de legajos cuidadosamente numerados.
Localizamos los documentos pertinentes: las actas de la subasta en la que había entrado el espolín.
Leímos con atención cada detalle: fecha, lugar y participantes.
Allí constaba claramente que, tras la puja del Vaticano, la pieza había sido adquirida por un anticuario francés llamado Raymond Beauchamp, con residencia en París.
La ficha incluía la fecha de la transacción y sus datos de contacto, lo que nos permitiría continuar con nuestra investigación.
Mientras revisábamos los papeles, Quique anotaba cuidadosamente los nombres y referencias en su cuaderno, verificando la coherencia de los datos con lo que ya habíamos recopilado.
Todo estaba documentado con precisión: números de lote, certificados de autenticidad, firmas y sellos que aseguraban la legalidad de la operación. No había margen de error.
Al concluir la revisión, tomé nota mental de todo: el espolín había pasado por manos oficiales, había sido adquirido legalmente por Raymond Beauchamp, y ahora nuestro próximo paso sería contactarlo en ¿París?
El archivo nos había proporcionado la confirmación que necesitábamos, cerrando una etapa de nuestra búsqueda y abriendo la siguiente, con pruebas verificables y registros oficiales en la mano.
Por un lado, estábamos encantados de haber encontrado otro hilo del que tirar; por el otro, la decepción de no haber hallado el espolín —y, por ende, a Alberto— nos dejaba un regusto amargo, la incómoda sensación de que el viaje se prolongaba sin que alcanzáramos a vislumbrar el final.
Quique me tomó la mano con fuerza mientras salíamos de las inmediaciones de la Santa Sede.
Un miembro de la Guardia Suiza nos franqueó el paso en la salida y nos giramos una última vez para contemplar la majestuosidad de la plaza y despedirnos de Roma: de sus calles empedradas, su deliciosa comida, sus fuentes, sus monumentos y los besos clandestinos dejados en cualquier rincón.
—¿Qué hacemos ahora, Quique?
—¡A París, mon amour!