Capítulo 22 #3
La familia, muy numerosa —tíos, primos y los retoños de estos—, vivía en Calcata, un precioso pueblo cercano a Roma que parecía sacado de un cuento medieval: casas de piedra cargadas de maceteros henchidos de color, escaleras cubiertas de verde para acceder a los pisos superiores, callejuelas serpenteantes, suspendidas entre el ayer y el hoy.
Los niños jugaban en el empedrado de las calles y de la plaza; los adultos descansaban en las sillas de las puertas de las casas; en las terrazas de los bares se bebía Grappa mientras las cartas rodaban. Entre el bullicio, nos sentíamos a salvo.
Pasamos el fin de semana en Calcata, sin rastro de persecución.
Olvidamos lo que nos acuciaba, disfrutando del sol, del buen vino, de los aromas de hierbas frescas que se mezclaban con la piedra caliente, y de la sensación íntima y compartida que nos envolvía, entre miradas y caricias discretas, que lo decían todo sin necesidad de palabras.
Creamos un vínculo invisible con aquella tierra, haciéndola tan mía como lo era de Quique, por raíces, por herencia y por decisión propia.
Acabábamos de comer con toda la familia, y Quique notó que necesitaba algo de tranquilidad.
Los niños no habían dejado de subirse a mis faldas, el parloteo continuo de los tíos y primos en italiano me tenía algo aturdida, y el exceso de comida y bebida reclamaba movimiento.
Me hizo un gesto con la cabeza indicándome que saliera a la puerta y me abrazó con suavidad.
—Nos vamos de excursión… Ponte cómoda —susurró, apartándome un mechón de pelo y colocándolo detrás de mi oreja—. En media hora, estate lista. Te esperaré en la puerta… y no tardes.
—¿Dónde vamos? —pregunté, con un hilo de curiosidad.
—No seas curiosa, te gustará —respondió, con esa sonrisa que lo hacía irresistible—. Pero no importa lo que te pongas, Marina… —me abrazó de nuevo y su voz bajó a un susurro casi travieso—… te lo pienso quitar.
Me besó y se fue, dejándome con una mezcla de excitación y anticipación que me recorrió el cuerpo cálido, como sol de verano.
A las cuatro en punto bajé de la habitación. Quique me esperaba en la puerta con picardía en su rostro y una cesta de picnic colgada de su fuerte antebrazo. Yo llevaba unos vaqueros todoterreno y una chaqueta ligera de punto, perfecta para cualquier improvisación.
El camino hasta el río estaba lleno de aromas: el verde húmedo de la hierba, el perfume de las flores silvestres, el murmullo del agua.
Extendimos la manta de cuadros azules y verdes que su tía Beatrice nos había dejado, y Quique comenzó a sacar la merienda: sándwiches de prosciutto, un tupper con quesos variados y unos pastelitos de calabaza cubiertos de azúcar, cuyo aroma dulzón se mezclaba con el inconfundible toque del anís, haciéndome salivar antes incluso de probarlos.
Me contó, con entusiasmo infantil, cómo de niño él y Nita jugaban con sus primos allí: se subían a los árboles, corrían entre la hierba, organizaban pequeñas batallas en equipos.
—¿Y quién ganaba? —pregunté, sonriendo ante la imagen de aquel niño travieso.
—Mi equipo, por supuesto —dijo con orgullo, mordiendo un sándwich.
—Por supuesto —asentí, aceptando su respuesta sin discusión.
—¿Siempre eras el líder? —insistí, intrigada.
—Mmm… —negó con la cabeza, un brillo travieso en sus ojos—. No, a veces me ganaba Nita.
—No recuerdas que era un… ¿cómo dijiste… desproporcionado? —me reprochó, divertido.
—Qué memoria. —Reí —. ¿Te dolió?
—Pues sí, señorita… Me molestó mucho.
Se levantó de un salto, y su mirada se volvió intensa, casi desafiante.
—Y ahora… vas a pagar por ello.
Se quitó lentamente la camisa, dejando ver su torso firme y bronceado, y continuó con el pantalón.
—Quítate la ropa —ordenó con suavidad, pero sin perder autoridad.
Le obedecí, sintiendo el aire fresco sobre mi piel y su mirada que ardía como fuego.
—Y ahora… —dijo mientras me cogía en brazos y me llevaba al río…
El agua estaba helada y di un grito al entrar en contacto con ella.
—No seas quejica —susurró—. Ven, te daré calor.
Me abrazó, ajustando mi cuerpo al suyo, y poco a poco el frío cedió ante la calidez envolvente de sus brazos…
y de su deseo. Su cuerpo resbalaba contra el mío, piel con piel, y el contraste entre el helor del agua y el fuego que despertábamos juntos hacía del momento un juego exquisitamente placentero.
Sus manos se aferraban a mis caderas con una fuerza que me hacía estremecer, guiándome hacia él una y otra vez mientras mis brazos rodeaban su cuello, buscando aún más cercanía, más contacto, más de él.
Éramos como una criatura marina de dos cabezas, levantando pequeñas olas con el vaivén de nuestro oleaje pasional.
Cada embestida nos unía con una necesidad primitiva y urgente, hasta llegar a ese instante en el que el universo entero se reduce a un suspiro… justo donde todo empieza y todo acaba.
Poco después, moví torpemente las piernas y los brazos para mantener el equilibrio en la corriente, mientras él nadaba a mi alrededor entre risas y salpicaduras.
Entonces, un grupo de chicos apareció en la orilla. Tendrían unos trece o catorce años; sus risas y gestos delataban que esperaban un espectáculo morboso.
—¡Quique! —exclamé, alarmada—. ¿Ahora qué hacemos?
La ropa permanecía a los pies del pino de la orilla, desperdigada alrededor del improvisado pícnic.
Él emergió del agua, imponente y erguido, su cuerpo fuerte y musculado a la vista, y caminó directo hacia ellos. Ellos, al percibir su presencia, retrocedieron y finalmente salieron corriendo, dejando tras de sí risas nerviosas y la estela de la tensión rota.
Quique recogió mis ropas y me las entregó, sonriendo mientras mis mejillas ardían.
Nos sentamos en la manta y reímos juntos, recordando el incidente, disfrutando del sol y de la complicidad que crecía entre nosotros.
Cada mirada, cada gesto, cada toque sutil de sus dedos me hacía sentir que, allí, en ese río y bajo ese cielo, estábamos completamente solos, pero completamente unidos.
📧 Correo electrónico
De: Nita R. [email protected]
Para: Enrique R. [email protected]
Asunto: Carta del Padre Alejo – Certificación para gestiones en el Vaticano
Fecha: 3 de septiembre de 2025
Querido Quique:
Tal y como me pediste, he hablado personalmente con el Padre Alejo. Ha redactado y firmado la certificación que acredita vuestra legitimidad e interés en la consulta de documentos y bienes relacionados con la Iglesia.
El Padre Alejo pertenece a la Parroquia de Santa María de los Desamparados, en la Archidiócesis de Valencia, una diócesis con estrechos vínculos con el Vaticano, no creo que os pongan problemas. Ha hecho constar expresamente su respaldo hacia vosotros y la seriedad de vuestras intenciones.
Adjunto encontrarás la carta oficial con sello y firma. Estoy convencida de que este documento abrirá las puertas necesarias y os permitirá continuar sin trabas en Roma.
Cuidaos mucho. Me preocupa la situación y confío en que el final del hilo del espolín esté cerca.
Con todo mi cariño,
Nita
Adjunto: Carta_Padre_Alejo.pdf
Parroquia de Santa María de los Desamparados
Archidiócesis de Valencia
Calle de la Paz, 45 – 46003 Valencia
Tel. +34 96 325 ** ** – Email: [email protected]
Valencia, a 3 de septiembre de 2025
CERTIFICADO
Yo, Rvd. Padre Alejo Martínez Gómez, párroco de la Parroquia de Santa María de los Desamparados, en la Archidiócesis de Valencia, hago constar que:
Los señores Enrique Ruiz. y Marina Pérez de Ayala, fieles de la Iglesia Católica, gozan de mi absoluta confianza y cuentan con mi recomendación expresa.
Su propósito de acceder a documentación y registros de carácter histórico y eclesiástico responde a fines legítimos de investigación familiar y cultural, enmarcados en el respeto a la fe y a las tradiciones de la Iglesia.
Certifico, asimismo, que su conducta es intachable y que pueden ser considerados personas de honor y responsabilidad.
Por lo tanto, solicito a las instituciones eclesiásticas, en especial a las dependencias del Vaticano, que les otorguen la debida colaboración y faciliten el acceso necesario para llevar a cabo su cometido.
Y para que conste y surta los efectos oportunos, firmo y sello la presente en el lugar y fecha arriba indicados.
En Cristo,
Rvd. Padre Alejo Martínez Gómez
Párroco de Santa María de los Desamparados
Archidiócesis de Valencia
El e-mail de Nita llegó temprano. Quique se inclinó sobre mí, sus labios rozando apenas los míos, y me despertó con una dulzura que me hizo estremecer:
—Dormilona… —beso—… tengo, noticias —beso—… de —beso—… Nita.
—Mmm… —susurré, todavía entre sueños, sintiendo cómo su aliento tibio acariciaba mi cuello.
—¿Podemos… —beso—… ir —beso—… al Vaticano hoy mismo?
Me removí bajo su abrazo, aferrándome a su pecho, al calor de su cuerpo que parecía fundirse con el mío.
—Nooo… no quiero irme nunca de Calcata… —dije, prolongando el instante, temiendo que el tiempo nos arrastrara lejos.
—Volveremos… te lo prometo… —Beso.
Mis dedos se entrelazaron con los suyos bajo las sábanas.
Cada roce, cada caricia era un murmullo de deseo que hablaba más que cualquier palabra.
Sus labios buscaron los míos de nuevo, esta vez con firmeza, con necesidad contenida, y un hilo eléctrico nos recorrió a ambos, desde la nuca hasta la punta de los dedos.
El sol de la mañana se filtraba por la ventana, dibujando sombras danzantes sobre su rostro; yo me perdía en su boca, en la certeza de que no había otro lugar donde quisiera estar, reconociendo su cuerpo como mi lugar en el mundo, mi lugar de confort.
Él me miraba a los ojos y sin hablar me decía que era yo lo que quería.
Solo un par de días habían bastado para que mi mente y mi cuerpo olvidaran la carga de los meses anteriores. Solo un par de días y todo lo que deseaba era permanecer así, fundida en Quique, compartiendo cada respiración, cada roce, cada susurro.