Tiempo bordado en hilos de espolín Capítulo 22 #2
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Capítulo 22 #2

El Vaticano despertaba con un murmullo contenido, las campanas de antiguos campanarios marcaban no solo las horas, sino también el compás secreto de cada paso que dábamos.

El acceso al Archivo de Propiedad no era espectacular como el resto del Vaticano; más bien era discreto, casi oculto tras un corredor flanqueado por columnas austeras.

Un guardia suizo, impecable en su uniforme, nos pidió los pasaportes antes de permitirnos cruzar la puerta. Sentí un leve estremecimiento: no era solo un trámite, sino la primera frontera entre nosotros y la verdad del espolín.

Dentro, el aire olía a papel envejecido y a cera pulida. Los muros estaban cubiertos de estanterías sosteniendo siglos. Una funcionaria de mediana edad, con gafas doradas y un crucifijo colgando discretamente de su cuello, nos atendió en un mostrador de mármol claro.

—¿Solicitud de consulta? —preguntó, sin levantar apenas la voz.

Quique se inclinó hacia el mostrador y, con esa calma que siempre lo acompañaba en terrenos oficiales y con su sonrisa más sexy, respondió:

—Necesitamos una copia certificada de una subasta registrada en este archivo. Pertenece al área de patrimonio textil, siglo XX.

La mujer asintió, tomó un formulario y nos lo deslizó mirando a Quique con picardía.

Había casillas interminables: nombre, nacionalidad, motivo de la consulta, referencias aproximadas.

Yo sentía que cada letra pesaba más de lo que debería, los trámites eran complejos y nuestros conocimientos acerca de los datos escasos.

La funcionaria leyó el documento con calma y añadió:

—El procedimiento requiere verificación. Si el espolín en cuestión forma parte de objetos considerados de culto o arte sacro, deberán solicitar una autorización adicional en la sección de Arte y Objetos de Culto.

Era exactamente lo que el archivero nos había explicado, pero escucharlo de nuevo, en ese tono grave, hacía que el camino pareciera más empinado.

Nos indicó que la respuesta a nuestra petición podría tardar entre veinticuatro y cuarenta y ocho horas. Sin embargo —dijo con su mejor sonrisa y mirando a Quique directamente a los ojos—, si consiguen una recomendación que atestigüe que su voluntad es legítima, podría adelantar el trámite.

Al salir del despacho, con el resguardo en la mano, Quique se inclinó hacia mí.

—Primer paso, Marina. Ya hemos abierto la puerta. Ahora falta que nos dejen cruzarla del todo.

Yo apreté el papel como si fuera un amuleto, consciente de que allí dentro, podía estar la clave del destino del espolín… y del destino de nuestra búsqueda.

Salimos del Archivo con la carpeta de papeles bajo el brazo y la tensión pegada a la piel. Roma se derretía bajo un sol implacable; las cúpulas brillaban, las piedras ardían y el aire olía a gasolina y polvo. Alcanzamos la Vespa de alquiler, su motor rugió bajo nuestros pies.

—Súbete rápido —me dijo Quique, ajustándose el casco con manos firmes—, y ponte el casco bien, Marina.

Me aferré a su espalda, sintiendo su cuerpo pegado al mío, y aceleramos.

Las calles eran un caos de confusión y total desorganización: coches, motos que se colaban entre espacios imposibles, peatones cruzando sin mirar.

Y detrás, un Mini Cooper azul oscuro nos seguía, manteniéndose a cada giro, a cada cambio de carril.

—Nos siguen —murmuró Quique, la voz baja y firme, sin apartar los ojos del retrovisor.

Traté de mirar atrás, pero no pude ver nada más que un río revuelto de coches.

El viento golpeaba mi cara, acelerando mi pulso. La Vespa se inclinaba en cada curva, rozando bordillos, esquivando coches, jugando con el peligro con una precisión que me dejaba sin aliento. Quique calculaba cada cruce, cada maniobra, como si conociera la ciudad, como si fuera su hábitat natural.

El Mini persistía, pegado a nosotros, esperando un error, un mal movimiento.

Roma se desvanecía tras nosotros: las fachadas corrían a nuestro paso, las buganvillas en los balcones eran tan solo manchas de color, turistas boquiabiertos, vendedores ambulantes protegiendo sus tenderetes. El caos se convirtió en nuestra ventaja.

—¡Trastevere! —gritó Quique mientras enfilaba el Ponte Sisto. La Vespa vibró al pasar sobre los adoquines; el Tíber brillaba a nuestra derecha.

Una Vespa surgió de la nada en sentido contrario; Quique reaccionó al instante, inclinándose sobre mí, esquivándola por centímetros. Mi corazón golpeaba contra el pecho.

—¡Ahora! —Giro, acelerón, derrapada controlada y entramos en una calle lateral que desembocaba en Viale Trastevere. El tráfico denso nos envolvió: autobuses, furgonetas, taxis; el Mini no pudo seguirnos.

Respiré hondo, el viento me despeinaba, quemando mi piel. Por primera vez sentí un respiro.

—Lo hemos despistado —susurré, temblando aún.

Quique apretó los labios, sin bajar la guardia.

—Por ahora, Marina. Solo por ahora.

El motor de la Vespa ronroneaba bajo nosotros, el eco del Mini desaparecía entre las calles, pero su sombra aún flotaba en mi mente. Roma vibraba a nuestro alrededor, caótica, inmortal, mientras avanzábamos hacia la siguiente pista, hacia lo desconocido.

Nos refugiamos en una callejuela empedrada en la que las viviendas vibraban en diferentes colores: azules, verdes, rojas.

Los balcones y rejas de ventanas se cubrían de flores y aromáticas: azahar, buganvilla, hierbabuena, verbena, claveles de todos los colores, y hasta una mata de pequeños tomates asomaba por alguna ventana.

La calle estaba desierta; un pequeño ultramarinos ofrecía un enorme ruedo de parmigiano y tomate seco en la puerta, pan recién horneado y aceite de oliva virgen.

Me vi tentada a comprar.

Un poco más adelante vimos una trattoria, pequeña, con dos mesas de madera verde y sillas a juego; un farolillo de aceite en cada una de las mesas.

La fachada recién encalada lucía limpia bajo el sol del mediodía.

Trattoria Pomodoro, rezaba la faldilla del toldo, proporcionando sombra y refugio a sus clientes.

Entramos, y el aroma a salsa de tomate con albahaca inundó mis fosas nasales, despertando el hambre y un cosquilleo de placer.

Mis ojos fueron directos a un gran plato de spaghetti que humeaba en la única mesa ocupada del local.

Seis mesas más de madera, cubiertas con manteles de cuadros de Vichy verde, completaban el espacio.

En las paredes, ristras de ajos secos y una pala de horno de madera enorme; una fotografía familiar a la puerta nos transportaba al siglo pasado, mostrando la antigüedad del lugar.

Un chico pecoso, que hablaba un español fluido gracias a un año de Erasmus, nos acomodó y nos cantó la carta.

—Yo quiero un plato de esos spaghetti y una cazuelita de quesos —dije, con la boca haciéndoseme agua antes del primer bocado.

Quique me miró risueño, y al pedir lo mismo para él, sentí un roce apenas perceptible de su rodilla bajo la mesa.

—¿No ha desayunado bien la señorita? —preguntó, con esa sonrisa que siempre me hacía temblar.

—La carrera ha despertado mi apetito —respondí, mordiéndome el labio mientras mastiqué el pan recién horneado de masa de pizza.

—Por cierto, te tengo que comentar algo.

—Soy todo oídos.

—El Mini… —dije con la boca llena, tragando con cuidado, mientras un hilo de salsa caía cerca del mantel—, el Mini ya me perseguía en España. Lo vi varias veces en Madrid y en Valencia; me llamó la atención, pero no le di importancia. Creí que era casualidad.

—Pero no lo es —contestó Quique, sus ojos brillando mientras sus dedos rozaban ligeramente los míos bajo la mesa.

—No, estoy segura de que es el mismo.

—¿Viste al conductor?

Sacó un pequeño cuaderno del bolsillo y comenzó a anotar algo.

—No, no vi al conductor.

—Esta es la matrícula —me tendió un papel.

NST 3121.

La leí en voz alta:

—Es de España.

—Sí… nos viene siguiendo los pasos desde hace tiempo.

Comimos, degustando los exquisitos sabores de Italia.

El queso cremoso, el tomate y el aroma de la albahaca nos envolvían.

Yo disfrutaba cada bocado mientras intentábamos imaginar qué buscaba nuestro acosador del Mini azul.

Él me sonreía y me observaba con esa mezcla de ternura y deseo que me hacía sonreír por dentro, aunque notaba que, en el fondo, no dejaba de estar en guardia.

En un momento dado, se levantó con la excusa de buscar un poco de aire.

Lo vi salir a la puerta, inspeccionar la calle con la mirada fija en cada vehículo que pasaba, vigilando siempre la puerta de la trattoria donde yo permanecía sentada.

Me sentí protegida, pero también intrigada por el peso que cargaba sobre sus hombros.

Quique

—Todo en orden —me dije a mí mismo.

Saqué el teléfono del bolsillo y marqué.

—Pablo, necesito que averigües a quién pertenece un Mini Cooper con matrícula NST 3121.

—…

—Sí, es urgente.

—…

—Por supuesto, con discreción. Es un asunto personal.

—…

—Sigo en Roma. Llámame en cuanto sepas algo. Gracias.

Colgué y volví a marcar.

—Nita, necesitamos que llames al padre Alejo de nuevo. Necesitamos que emita un certificado en el que declare que nuestro interés es legítimo y que somos personas de confianza.

—…

—Sí, Nita. Es urgente; corremos peligro… No te preocupes, todo está controlado. Cuidaré de ella… con mi vida, si es preciso. Te mando un e-mail con todos nuestros datos. Nita, ten cuidado, ninguno estamos a salvo.

Nita cogió el testigo e inmediatamente llamó a su tío abuelo Alejo.

Marina

El tiempo corría rápido entre los brazos de Roma. Paseamos, visitamos a su familia, que nos acogió con entusiasmo, celebrando la vuelta de Quique, su querido sobrino y primo, con ñoqui al pesto, ensalada de burrata, Prosecco y Grappa, suficiente para anular los sentidos de media Italia.

Quique irradiaba felicidad y yo no podía apartar la mirada de él, nuestras miradas se cruzaban y una corriente silenciosa recorría mi espalda, provocando un calor dulce que solo él podía despertar.