Capítulo 22
Piezas de un rompecabezas roto
Nita llegaba tarde a la estación de Joaquín Sorolla, donde había quedado con mis tíos: Vicente y Miguel.
Hacía un par de días que había indagado en varios chats de compraventa de trajes de fallera de segunda mano y, por casualidad, alguien le había hablado de una señora que tenía un espolín modelo Valencia exacto al que buscaba.
O eso creía ella. Nita no se había adentrado nunca en el mundo de la indumentaria valenciana y no entendía de rayones, sedas o espolines; necesitaba ayuda y asesoramiento.
—Hola, Vicente, soy Nita, la amiga de Marina, nos vimos hace tres años en su cumpleaños, necesita ayuda.
Nita les explicó el viaje en el que yo estaba inmersa y, por ende, ella y su hermano.
Miguel y Vicente aceptaron de inmediato ayudar en todo lo que pudieran y todo lo que podían en ese momento era descubrir si el espolín que Nita había localizado era o no el de Carmela.
—Bueno —dijo Miguel mientras saludaba con dos besos en las mejillas a Nita—. ¿Qué es lo que tienes para mí?
—Seguro que te va a gustar, vamos a la búsqueda de un tesoro y si es el que buscamos vamos a darle una sorpresa importante a Marina, pero es complicado porque con el descubrimiento del espolín se supone que logramos encontrar a mi tío, bueno nuestro tío desaparecido.
—Nena, qué historia más interesante lo de la yaya con tu abuelo, el tío perdido y el maravilloso espolín. ¡Es una aventura de locos!
Vicente López de Ayala era un hombre atractivo, con el pelo canoso y una barba muy bien cuidada, vestido siempre con las últimas tendencias. Llamaba la atención a mujeres y hombres; maduros y no tanto.
Tenía una personalidad calmada, curtida a golpe de lucha y desprecio que, en lugar de destruirlo, lo fortaleció.
Su alter ego, Miguel, era más menudo en físico, pero no en carácter, su mundo se movía entre tejidos y encajes, afición heredada de su madre, que fue modista en la Sastrería Vargas y tejedora de encajes de aguja y bolillos.
Era un hombre vivaracho afín con Nita por su afición a encontrar tesoros en los lugares menos esperados, se movía como pez en el agua entre anticuarios, rastros y mercadillos y siempre o casi siempre lograba encontrar algo útil entre los desechos abandonados por otros.
Hicieron una primera parada en el piso de Vicente en la calle Martín el Humano en un edificio blanco delante del colegio Inmaculado Corazón de María y junto al de San Pedro Pascual, al que acudió de niño, nos fue contando cómo solía jugar en el parque frente al colegio más con las chicas del Inmaculado Corazón de María que con los chicos de su colegio, los correteos por el barrio y sus posteriores salidas por Juan Llorens.
Miguel sonreía oyéndole contar historias que quizás ya había oído varias veces, pero disfrutaba viéndolo feliz.
Nita escuchaba con interés, era un gran narrador de historias y sabía crear interés en sus oyentes.
Dejaron en la casa las dos maletas que traían para su corta estancia en Valencia y cogieron un taxi rumbo a la búsqueda del tesoro.
La dirección que les habían dado para ver el espolín, a la venta por unos 6000€, se situaba en la calle Albacete, cerca de la Finca Roja.
Les abrió una chica joven con un bebé en brazos y una niña colgando de la pierna.
—Buenos días, pasen, perdonen por los niños, pero mi marido ha tenido que salir y los críos están revolucionados esta mañana.
Tengo el traje de fallera en el salón, pasen.
Sobre la mesa encontramos el traje de fallera con sus manteletas cosidas.
Miguel se adelantó y lo examinó, lo sacó de la bolsa de la tintorería y observó la tela, los bordados, contó las caídas uniendo junta con junta, cinco.
—Nita cielo, ¿me das la foto de Carmela?
Estuvo un rato en silencio, comparando flor a flor, tono a tono, unión de caídas, largaría. Finalmente sentenció:
—Es un verdadero espolín Valencia, posiblemente de los años setenta, se encuentra en buen estado de conservación, exceptuando alguna manchita amarilla producto del tiempo y de estar guardado no muy, ejem, correctamente.
—¿Puedo? —preguntó a la dueña mostrándole que iba a abrir un poco el forro
—Si no hay más remedio —contestó mientras cogía a la niña con el único brazo que le quedaba libre.
Miguel sacó de su bolsillo unas pequeñas tijeras de punta muy fina y abrió apenas el forro del bajo.
—Unos quince centímetros de orilla, bien.
Nita y Vicente miraban cómo realizaba la operación como si de una intervención a corazón abierto se tratara.
—¿Veis? —nos dijo.
Se acercaron al tejido que desprendía olor a antiguo, a guardado, con resquicios de humedad.
—El revés está cruzado por los diversos hilos que componen el dibujo en cada motivo, es inconfundible, hilos de seda que se cruzan vienen y van de un lado al otro creados por el artesano con la lanzadera.
—Este espolín está creado por Garín, lo mismo que el de Carmela… pero no es el mismo. No coincide el largo y el color de las flores es algo diferente, lo siento, Nita.
—Perdonen —dijo la mujer mientras soltaba al bebé en la hamaca situada frente al sofá—. Están buscando un Valencia, ¿verdad?
—Sí —contestaron al unísono
—Tengo un conocido que tiene otro espolín Valencia blanco, bueno, en realidad no le conozco, pero pertenece al grupo de Facebook, podría concertar una cita con él, si lo desean.
—Claro, por supuesto —dijo Nita
—Aunque creo que el suyo no está en venta, pero estará encantado de enseñarlo.
Intercambiaron teléfonos para poder concretar la cita, la mujer miraba constantemente donde la niña estaba jugando, se hacía la hora de comer, seguramente no le sobraba el tiempo.
—¿Pero sé quedan el traje o no?
—Miguel regateó hasta los 3500€ y salimos de la casa con un precioso espolín, pero con los ánimos algo bajos.
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Cuando Quique regresó al hotel, no encontró al botones en la entrada.
Maldijo al muchacho en italiano y en castellano mientras cruzaba el umbral.
No lo habían seguido; era probable que su perseguidora esperara a estar segura de encontrar lo que fuese que estuviese buscando.
Miró a un lado y a otro del pasillo, abrió la puerta del aseo y esperó a que subiera el ascensor.
Despejado… Pero cuando encontrara al botones, lo mataría.
El botones estaba en la habitación, jugando a las cartas conmigo. Lo recibí con una amplia sonrisa.
—Buon pomeriggio, Quique. ¿Quieres unirte a jugar al truc o prefieres volver a pagarle al botones para que continúe vigilándome?
Saber que nuestro perseguidor no era un hombre, sino una mujer, era un avance.
Pero ¿qué quería esa mujer de nosotros? ¿Qué esperaba encontrar?
Yo no era consciente de tener nada relevante; la nota que nos había sustraído era un mensaje personal que aún no había logrado descifrar.
Volví a repetirla mentalmente, como había hecho cientos de veces:
Sigue el hilo del espolín.
Al final de su viaje estaré yo.
Me encontrarás con ayuda de mi corazón.
Alberto.
Bien… estaba siguiendo el hilo del espolín, tarea nada fácil.
Esperaba encontrar al final a Alberto, pero con la ayuda de su corazón era el dilema.
¿Tenía que averiguar algo sobre su vida para conocer su corazón?
¿Y si, digamos solo como opción, aquella mujer era su corazón?
¿Una novia? ¿Una amante? Pero si lo era, ¿por qué ponernos impedimentos?
Me movía en un mar de dudas. Mi cabeza no conseguía atar cabos; solo confiaba en que Quique, con su capacidad de análisis policial, pudiera descubrir lo oculto en este crucigrama.
Me dormí y soñé con piedras de otros tiempos, con fuentes de agua fresca, con una figura de mármol que se encarnó y me habló al oído:
—Mira tu espalda. Alguien te sigue, quiere su corazón, pero no le ama.
El día comenzó con una esperanza y una sorpresa: la esperanza de que nos concedieran el permiso para conseguir la copia de la subasta del espolín, y la sorpresa que Quique había preparado para mí.
—¡Servicio de habitaciones!
Unos golpes en la puerta interrumpieron mi sueño y la imagen de Quique se esfumó, se me escapó entre los dedos.
Conseguí abrir los ojos y, con dificultad, bajar de la alta cama para abrir la puerta. Ahí estaba Piero, mi botones particular, el mismo al que la tarde anterior enseñé a jugar al truc. Mostraba una sonrisa que le cruzaba la cara y empujaba un carrito que olía a gloria.
—Buongiorno, signorina. Le porto la colazione come mi ha ordinato il signore.
—Buongiorno, Piero. Grazie mille, ha un profumo meraviglioso.
Piero dejó ante mí una bandeja de quesos variados y prosciutto, focaccia, una jarra con zumo de naranja y dos jarritas plateadas: una con café caliente y otra con la leche.
Disfruté enormemente de mi desayuno. Supuse que Quique, ante su ausencia, estaría haciendo llamadas de trabajo, o incluso tratando de averiguar quién era nuestra acosadora particular.
Me di una ducha rápida, me puse ropa cómoda y colgué de mi cuello el guardapelos que me acompañaba desde el día que Carmela me lo dejó.
Cuando estuve lista, bajé a la recepción.
La cara de Piero me hizo sospechar: su sonrisa era más grande aún que cuando me trajo el desayuno. El recepcionista me mostraba los pocos dientes que le quedaban en una sonrisa demasiado delatadora; algo sabían que yo no.
«Dormilona, te estoy esperando en la puerta».
Un mensaje de WhatsApp:
«Salgo».
Le contesté y salí. Quique me esperaba en la puerta, subido en una Vespa y con un ramo de rosas blancas en las manos.
—¡Madre mía! ¿Son para mí?
—¿Para quién si no, Marina?
—¿Y la Vespa?
—¿Te gusta?
Quique sonreía mientras yo admiraba lo guapo que estaba esa mañana, subido a la Vespa con los pantalones de lino crema y la camisa blanca.
Piero se llevó las flores con la promesa de dejarlas en un jarrón. Quique me ofreció un casco porque en Italia el tráfico era peligroso, y yo subí a horcajadas, feliz, y me agarré a su espalda.
—¿Lista?
—Sííí.
—Andiamo.