Tiempo bordado en hilos de espolín Capítulo 21 #3
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Capítulo 21 #3

Mi gesto de dolor e indignación hizo que su cuerpo reaccionara pegándose al mío, yo me dejaba manipular como una muñeca de trapo en sus brazos.

—No, Marina, no dejaremos que le hagan daño.

Quique observó que estaba tranquila —más de lo que debiera— con el abrazo aprovechó para contar mis pulsaciones, tomar mi temperatura y observar mis pupilas…

—Ay, Marina, me enloqueces —dijo en un gruñido profundo que surgía del fondo de su garganta mientras me apretaba más a su pecho.

Yo me derretía entre sus brazos con una sensación de ingravidez, de seguridad que nada tenía que ver con el momento que estábamos viviendo, con la incertidumbre del ratón perseguido por el gato... pero aquí y ahora, estaba segura.

De pronto, el ambiente se rompió cuando un delicioso aroma a pesto, queso y ajo subió desde las cocinas del piso inferior.

—¿Cenamos? —le pregunté, inspirando hondo para degustar el aire de la trattoria.

Pensando en su instinto policial, añadí:

—Durante la cena podemos analizar lo que nos falta: la nota de Alberto y la tarjeta. En fin, tampoco tiene importancia, le hice fotos a ambas cosas antes de salir de Valencia…

—Sospecho que no han encontrado lo que buscaban, Marina, volverán.

~~~

Quique me dejó aquella tarde en el hotel mientras descansaba, con un peso que rozaba la obsesión.

Le pagó generosamente a un botones que acababa justo su turno y le dio instrucciones claras y firmes:

—No te separes de la puerta. Nadie entra. Y si la señorita decide salir, me llamas ipso facto, ¿inteso?

—Perffetamente

El muchacho asintió con ojos muy abiertos, consciente de que aquello iba más allá de un encargo normal.

Quique salió al empedrado y, mientras la tarde caía sobre Roma con un resplandor rojizo, se dirigió de nuevo hacia el Vaticano.

El aire era denso, cargado de voces, bocinas y el rumor de turistas que aún llenaban la plaza.

Quería comprobar algo: ¿Seguirían sus pasos también a solas, o era yo el verdadero objetivo de aquella sombra?

El recuerdo del muchacho de cazadora vaquera seguía fresco en su mente, con esa forma de moverse entre la multitud, siempre un paso atrás.

Había visto cómo hablaba con un guardia dentro de la Capilla Sixtina, en una conversación tan breve como inquietante.

Quizá, pensó, aquel guardia pudiera darle un detalle, una descripción, cualquier pista para armar el puzle.

Apretó el paso, con la mandíbula tensa, sabiendo que esa tarde, con o sin respuestas, no regresaría con las manos vacías.

Quique accedió al Vaticano y entró de nuevo en la Capilla Sixtina, caminando despacio, como si fuera un turista más que se detiene frente a los frescos. Sus ojos, sin embargo, buscaban otra cosa. Reconoció al guardia con el que había visto hablar a su persecutor.

Se acercó con discreción.

—Buenas tardes. —Su tono era cordial, casi casual—. Tengo la impresión de que usted podría ayudarme.

El hombre lo miró con recelo. Quique deslizó unos billetes doblados en su mano. La mirada del guardia cambió.

—Depende… ¿qué quiere saber?

—Esta mañana le vi hablando con un joven con gorra y gafas de sol, vestía cazadora vaquera, pantalones anchos… ¿Qué le dijo?

El guardia se inclinó un poco hacia él, bajando la voz.

—Primero… no era «él». —Sonrió con un gesto enigmático—. No sé si usted se dio cuenta, pero bajo esa gorra y esa chaqueta ancha había una mujer. Se hacía pasar por chico, pero… créame, mis ojos no fallan.

Quique contuvo la respiración. Una mujer.

—¿Y qué le pidió?

El guardia encogió los hombros, mirando de reojo el dinero.

—Me pagó para que, si ustedes se giraban, yo le dijera hacia dónde caminaban. Nada más. No parecía interesada en nada, solo en seguirles sin ser vista.

Quique sintió cómo la pieza encajaba de forma extraña en el puzle. El disfraz, la obsesión por mí… ¿Quién era esa mujer y qué demonios quería de nosotros?

Salió del Vaticano con el eco de aquellas palabras aún flotando en su cabeza. Una mujer. No un muchacho cualquiera, sino alguien que se disfrazaba para seguirnos sin levantar sospechas. La revelación le dio más preguntas que respuestas, pero al menos había conseguido una pista.

Encendió un cigarrillo al cruzar la plaza, dejando que la brisa tibia de Roma refrescara sus ideas.

—Tengo que dejarlo definitivamente —se autocrítico.

Caminó despacio entre la multitud, observando las luces que se encendían poco a poco en las ventanas, los turistas agrupados en torno a las fuentes y el murmullo de la ciudad eterna que parecía no dormirse nunca.

Recordó que estaba esperándolo en la habitación del hotel. Un nudo de ternura le apretó el pecho. Había visto demasiadas cosas en su vida como para dejarse ablandar fácilmente, pero ella… ella tenía el don de desarmarlo sin proponérselo.

Antes de regresar al hotel, se detuvo en un pequeño local cercano a la Piazza Navona para preparar una sorpresa para la mañana siguiente. Quería que, al abrir los ojos, recibiera un detalle que me arrancase una sonrisa, una pausa de calma en medio de aquella persecución absurda que nos envolvía.