Tiempo bordado en hilos de espolín Capítulo 21 #2
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Capítulo 21 #2

Decidimos visitar La Capilla Sixtina con una mezcla de reverencia y excitación.

La magnificencia de los frescos de Miguel Ángel nos dejaba sin aliento; cada detalle, cada color, parecía contar siglos de historia.

Caminábamos despacio, tratando de absorber cada imagen, cada figura, impresionados en el asombro que provocaba la bóveda.

Nos detuvimos bajo El Juicio Final. La intensidad de la obra parecía casi tangible, y mientras yo admiraba la fuerza y el dramatismo de cada figura, Quique frunció ligeramente el ceño.

—Marina… —susurró—. Mira hacia la puerta.

Mi mirada se dirigió a un joven de gorra baja y gafas oscuras, cazadora vaquera, que parecía estudiar cada uno de nuestros movimientos. Al principio dudamos: podía ser un turista curioso, pero algo en su manera de caminar, calculada, contenida, nos alertó.

Seguimos explorando la Capilla de los Papas; queríamos visitar la tumba de San Juan Pablo II.

Cada paso nos acercaba a la piedra fría que guardaba la memoria del pontífice, pero también nos daba la sensación de estar atrapados en un laberinto sin salida.

La capilla era pequeña, y la presencia del joven se hacía más evidente: estaba cerca, demasiado cerca.

Decidimos salir discretamente por un lateral. La sensación de ser observados se intensificó al doblar la esquina: el chico nos seguía, ajustando sus pasos para no perdernos de vista. Quique apretó mi mano con un gesto rápido.

—Vamos a probar algo —susurró—. Necesito saber si nos sigue de verdad.

Adoptamos un recorrido zigzagueante, entre columnas y pasillos menos transitados.

Cada esquina era un riesgo; cada sombra, nos perturbaba creando una sensación de peligro.

El joven nos seguía, imperturbable, sus pasos medidos, calculados, la cazadora vaquera apenas delatando su figura entre la multitud.

Quique decidió probar una maniobra de distracción. Se detuvo súbitamente frente a una estatua para comprobar si también se detenía nuestro persecutor. ¿Habíamos conseguido despistarlo?

Unos segundos más tarde, al incorporarnos, confirmamos nuestras sospechas: el joven todavía estaba allí, supo que nos habíamos percatado de su presencia e interrogaba a un guardia disimuladamente, dándonos la espalda.

—Lo sabía —dijo Quique, con los ojos entrecerrados—. No es casualidad. Nos sigue.

Sin dudarlo, avanzamos hacia la salida del Vaticano, moviéndonos entre grupos de turistas, empleados y guardias.

Cada giro de pasillo nos acercaba a la puerta, pero también nos obligaba a calcular cada paso, para lograr una salida rápida.

Cuando finalmente atravesamos los últimos portales y sentimos el aire libre en la cara, no podíamos relajarnos.

Roma se desplegaba ante nosotros con su caos habitual: calles empedradas, motocicletas rugiendo, cientos, o quizás miles de personas de aquí para allá.

—Al hotel —susurró Quique, tirando suavemente de mi brazo—. Necesitamos planificar nuestro próximo movimiento.

Caminamos a paso rápido, mezclándonos con la multitud, conscientes de que aquel joven seguía vigilándonos, aunque ya no podíamos ver su figura. La tensión no nos abandonaba; cada sombra, cada giro, podía ser la de nuestro perseguidor.

Al llegar al hotel, que nos recibió con el silencio de lo conocido, entramos en la recepción, respirando con fuerza, y comprendimos que aquel día, el Vaticano había sido un tablero de ajedrez, y nosotros, simples peones.

La puerta de nuestra habitación estaba entreabierta, como si alguien la hubiera dejado a medias. Mi corazón dio un vuelco, hice la intención de abrir, pero Quique se interpuso, protegiéndome con su cuerpo.

Iba desarmado, pero su entrada fue de lo más policial.

Al entrar, la sensación de desorden me golpeó de inmediato.

Las cosas de la yaya Carmela estaban revueltas, esparcidas sobre la cama y el suelo, como si alguien hubiera buscado algo con urgencia.

Hice inventario mental de los objetos que traje a Roma, las fotos de Carmela seguían en el sobre, las cosas de Alberto no habían tenido tanta suerte, el sobre con sus fotografías había sido revuelto y me di cuenta de que faltaba la nota de Alberto…

y también la vieja tarjeta de la tienda de animales en el Cabanyal.

El contenido de las maletas estaba tirado por el suelo, bolsos, zapatillas, toda la ropa había sido examinada, los vaqueros tenían los bolsillos sacados, alguien buscaba algo, pero ¿el qué?

Quique avanzó conmigo, con los ojos muy abiertos, y susurró:

—¿Qué ha pasado aquí? ¿Qué están buscando?

Mi mente corría sin descanso, la adrenalina me subió mientras revisaba cada rincón, buscando alguna pista, cualquier señal que me indicara quién había estado allí y qué había buscado.

—Tranquila, me abrazó y su contacto consiguió tranquilizarme, un leve beso en la frente me trasmitió el confort que necesitaba.

—Bueno y ahora… ¿Qué pasos seguimos? ¿Habrá sido el mismo chico que nos perseguía en el Vaticano?

—Sí, es posible, puedo ponerme en contacto con los carabinieri y ponerlos en alerta sobre la persecución y quizás…

—No, no tenemos ni la más mínima idea de qué quiere de nosotros ni de quién pueda ser… Dejemos que se delate, quiero averiguar qué es lo que quiere.

—A ti.

—¿A mí? ¿Por qué iba a quererme a mí?

—No lo sé, pero algo tienes que él quiere.

—¿Unas fotos viejas, cartas ajadas…?

—Alberto, dijo muy serio, busca a Alberto.

—Pero ¿por qué?

—Marina, investigué algo sobre él antes de venir a Roma, parece ser que su tío quiere quitarle las acciones de las empresas y todo lo que posee alegando que no lleva sangre Pérez Navas.

—Pero lleva la nuestra, la tuya y la mía corre junta por sus venas… No consentiremos que le hagan daño.