Tiempo bordado en hilos de espolín Capítulo 21
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Capítulo 21

Sombras en la Ciudad Eterna

El avión descendió sobre Roma, suave y seguro, en el aeropuerto de Fiumicino.

Desde la ventanilla, las cúpulas y tejados parecían brillar bajo un sol que, incluso al caer la tarde, conservaba una calidez vibrante.

El aire era fresco cuando descendimos del taxi frente al hotel: traía consigo una mezcla de olor a piedra antigua, a historia, a muchedumbre.

Quique puso sobre mis hombros su americana al ver cómo me castañeteaban los dientes. Yo se lo agradecí estrechando su mano.

Habíamos elegido un hotel pequeño, casi escondido, en una de las callejuelas que se abrían como venas desde la Piazza Navona.

No era un gran edificio moderno, sino una casona rehabilitada, con balcones de hierro forjado y contraventanas verdes que aún guardaban el espíritu de otro tiempo.

El portero, un hombre mayor con chaqueta de lino beige, nos recibió con una sonrisa cansada, testigo de demasiadas historias bajo aquel umbral.

La recepción era íntima, con suelos de mármol gastado y lámparas que dejaban caer una luz en cascada, suave, sobre un mostrador de madera vieja. Tras firmar los papeles, subimos en un ascensor diminuto, de esos con rejilla, que crujía en cada piso como si reclamara descanso eterno.

Nuestra habitación se abría hacia una calle estrecha y empedrada.

Las paredes, en un ocre suave, estaban decoradas con un intrincado diseño de hojas y flores doradas, ya desvencijadas por el tiempo.

El techo mostraba vigas vistas de madera que habían conocido épocas mejores.

Una cama amplia, cubierta por una colcha de algodón blanca y coronada por un cabezal de forja pintada en nácar, ocupaba el centro.

Junto a ella, la ventana dejaba entrar el murmullo de la ciudad: el rugido lejano de las motos, risas dispersas y, de vez en cuando, el repicar de campanas en campanarios lejanos que parecía anunciar nuestra propia llegada a Roma.

Quique dejó la maleta junto al escritorio de madera pulida y me miró con esa sonrisa que reservaba para los momentos más íntimos, más relajado, más él.

—Mañana será un día largo… Supongo que querrás descansar —dijo, descorriendo la cortina para asomarse al exterior.

Respiré profundamente, intentando atrapar aquel instante: el olor a polvo cargado de antigüedad mezclado con la frescura del aire romano.

Sentía el peso de la carta de presentación en mi bolso y la certeza de que el destino nos había traído hasta aquí no solo para buscar un espolín, sino para encontrarnos a nosotros mismos entre las calles eternas de Roma.

—Bueno… podemos descansar después de la cena —respondí juguetona, estirándome sobre la cama mientras desabrochaba dos botones de mi blusa.

—Mmm, pero antes tendremos que ducharnos. No vamos a ir así a cenar. —Se rio, subiéndose a la cama y acorralándome entre sus piernas.

Toda la tensión acumulada se tornó en deseo al verlo sobre mí. Recibí sus besos y sus caricias con hambre acumulada, lo había ansiado desde que salí de su casa, aquel día en que dormimos juntos. Y entonces me acordé.

—Celia… ¿Quién es Celia? —le pregunté de golpe.

—¿Quién? —murmuró, besando mi cuello.

—Celia, no te hagas el loco. La chica que cuida de Dorothea Grey.

Rio suavemente.

—Marina, no tengo ninguna chica que cuide de Dorothea. Cuando no estoy, la conserje, Herminia, sube a darle de comer.

Su boca se entretenía con mi escote, delicada, tierna.

—¿Cu… cuántos años tiene Herminia? —pregunté entre jadeos.

—Marina, qué importa… —dijo, apenas consciente, porque toda su atención estaba puesta en mi cuerpo.

—Quique, es importante.

—Sesenta… yo qué sé.

—¡Para! Espera.

Él levantó la cabeza justo cuando estaba a punto de alcanzar su objetivo. Me senté y me cubrí con la sábana.

—Entonces, ¿quién estaba en tu casa la mañana después de…?

—No lo sé, Marina. Tal vez su hija.

—¿Cuántos años tiene su hija?

—¡Yo qué sé! Veintitantos. Y ahora, por impertinente, te voy a llevar a la ducha y voy a castigarte mucho… hasta que grites.

La tensión se disolvió entre risas.

~~~

Más tarde bajamos a cenar al pequeño restaurante del hotel. Estábamos cansados y dejamos el descubrimiento de la ciudad para los días venideros.

—Buonasera, signori. Desiderano qualcosa per cena? —nos recibió el camarero, de corta estatura, con un bigote negro denso, uniforme oscuro y un mandil blanco.

—Bene… Tomaremos unos sacchetti de pera con pesto, una cazuela de quattro formaggi, una focaccia de aceitunas negras y un buen vino tinto de la zona, per favore.

El camarero asintió con una sonrisa.

—¿Ahora decides por mí? —le dije juguetona, aunque en realidad no me importaba.

—Ajá. Creo que te gustará tanto como la ducha. —Me guiñó un ojo.

Me encantó.

La cena estaba deliciosa; siempre he tenido debilidad por la comida italiana, y el queso en cualquiera de sus formas.

Pero más que la comida, me gustaba Quique.

Verlo tan feliz, contándome anécdotas de Italia y de su familia, a la que tenía pensado presentarme en los próximos días, me llenaba de dicha.

Escuchar su sonoro italiano, mientras aquella camisa negra se ceñía a su pecho, me hacía sentir un deseo conocido, cosquilleante, que escapaba en miradas insinuantes y gestos que lo provocaban.

Él me sostuvo la mirada, y mientras compartíamos un gelato de caramelo salado con pistacho, movió su silla para sentarse junto a mí. Apenas nos rozábamos, pero la electricidad que surgió iluminó el comedor, o al menos las sonrisas de los camareros y de la pareja de ancianos sentada al otro extremo.

—¿Volvemos a la habitación? —preguntó travieso, con una sonrisa enorme.

—Claro.

Subimos en el destartalado ascensor, cogidos de la mano, con la corriente del deseo pasando de un cuerpo a otro. Al llegar a la habitación, Quique me besó apenas en los labios y luego se apartó. Yo busqué de nuevo su boca.

—Marina… —susurró, besando mi oreja—. Hoy no. Mañana debes estar despejada. —Sus labios bajaron por mi cuello, encendiéndome.

—Será mejor que duerma en el sofá.

Se apartó de mí despacio, me llevó en brazos hasta la cama y, besándome en la frente, se retiró al sofá. Me dejó con una sensación de deseo contenido… y la esperanza de una noche futura entre sus brazos.

~~~

Esa noche apenas dormimos. No por incomodidad, sino porque la ciudad misma parecía latir bajo nuestra ventana, recordándonos que, al amanecer, nos esperaba el Archivo donde todo podía comenzar a descubrirse… o a perderse.

Roma despertaba con un murmullo incesante de pasos, ruedas y campanas.

Salimos del hotel con la carta de presentación del padre Alejo firmada y sellada bajo el brazo.

Las calles empedradas todavía conservaban la humedad de la madrugada, los romanos de Roma comenzaban una nueva jornada entre visitantes, motocicletas y un sol que aún quemaba la piel.

Caminamos hacia el Archivo, calle a calle, dejando atrás plazas fuentes y fachadas de colores gastados, que contaban historias de siglos.

Cada rincón parecía susurrarnos secretos antiguos de la ciudad: balcones colmados de flores, persianas medio abiertas, gatos que se deslizaban entre la sombra y la luz, piedras que recordaban…

Cuando finalmente llegamos, el Archivo no se parecía a nada de lo que habíamos imaginado. Una puerta de madera maciza, con un letrero sobrio: «Archivio Storico Vaticano».

Llamamos y una voz nos indicó que esperásemos. Detrás de un mostrador de mármol claro, una mujer de cabello recogido y gafas finas nos observaba con una mezcla de curiosidad y protocolo.

—Buenos días —dije mostrando la carta—. Tenemos cita con el archivero, en relación con una donación a Su Santidad Juan Pablo segundo.

La mujer tomó la carta, la examinó cuidadosamente y nos pidió esperar unos minutos.

El hall era silencioso pero imponente: columnas altas, suelos de piedra que reflejaban la luz de enormes ventanales, y vitrinas inalcanzables llenas de viejos documentos que parecían contener toda la memoria de la Iglesia.

Cuando nos hicieron pasar, un archivero mayor, con gesto grave pero amable, nos guio por pasillos llenos de estanterías infinitas.

Los documentos estaban ordenados con precisión casi ritual: manuscritos con sellos, pergaminos doblados con cuidado, y libros con cubiertas de cuero que crujían al tocarlos.

Después de unos quince minutos de silencio absoluto e intensa búsqueda, nos dio la noticia que deseábamos.

—El espolín que se donó está registrado —explicó el archivero mientras caminábamos—, pero actualmente no se encuentra aquí. Tras la donación, pasó a un inventario especial para reliquias, y luego fue subastado públicamente bajo la autorización del Vaticano.

Quique y yo nos miramos. La emoción del hallazgo se transformó en incertidumbre.

—¿Subastado? —pregunté, intentando que la voz no me temblara.

—Sí —asintió el archivero—. Fue un procedimiento controlado. Las personas interesadas fueron notificadas y se realizó la puja siguiendo estrictos protocolos. Se trata de objetos catalogados como reliquias culturales o religiosas de poca o nula importancia histórica.

—Entonces… —susurró Quique—, habrá que averiguar quién lo compró.

El archivero nos indicó que podíamos solicitar una copia de la subasta en el Archivo de Propiedad del Vaticano, y que la persona compradora debía estar registrada allí para asuntos de patrimonio cultural.

También nos explicó que tendríamos que contactar con la sección de «Arte y Objetos de Culto» para obtener detalles de la puja y el destino final del espolín.

Salimos del Archivo con más preguntas que respuestas, pero con la certeza de que la pista nos llevaría fuera de Roma.

Quique me tomó de la mano mientras cruzábamos la plaza: el sol empezaba a calentar las piedras, y un sutil aroma a rosas nos acompañaba mientras Roma parecía observarnos, cómplice y eterna, en nuestra misión de recuperar lo perdido.