Tiempo bordado en hilos de espolín Capítulo 20
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Capítulo 20

El viaje

Pensaba en silencio mientras sentía la respiración de Marina en mi cuello; en el difícil proceso de detención de Rodrigo Bonafont y el juicio posterior. Había evitado con gran dificultad que Marina tuviera que declarar, a riesgo de mi propio cargo.

No podía ni quería consentir que ella pasara por un banquillo, enfrentándose a las preguntas —a veces capciosas— del fiscal.

De todos modos, a Marina parecía no haberle afectado… pero ¿cómo? No podía comprender que después de un episodio tan duro no hubiera entrado en shock. Ahora había comprobado que Marina era algo «especial» en momentos traumáticos.

—Marina, te prometo que realmente me estoy planteando llevarte al psiquiatra.

—Mmmm…

—No importa, duerme.

~~~

Había estado investigando —a escondidas de Marina— a nuestro tío común. No quería lanzarla a una búsqueda que pudiera ser peligrosa para ella, aunque me tentaba, tal vez demasiado, el viaje a Roma. Solo con pensar en la noche que habíamos pasado juntos…

Mi madre, Ginevra Ricci, era romana de Roma, como solía decir; era hermosa. Solo tenía un vago recuerdo de ella cantándome en italiano o contándome cuentos infantiles de príncipes y princesas.

—Algún día, mio bimbo, encontrarás a la tua principessa y serás molto felice con ella.

—Mamá, tú siempre serás mi princesa.

Los recuerdos se agolpaban en mi mente; el círculo se cerraba y mi princesa parecía estar muy cerca, cabeza con cabeza junto a mí.

Había delegado en el teniente Pablo Sanz la búsqueda de información sobre Alberto y pronto tuve resultados.

—Capitán, aquí tiene la información que me pidió.

—¿Algo interesante?

—Mucho, capitán. Parece ser que el susodicho Alberto Pérez Navas y Vivons tiene varias empresas de exportación y transporte internacional, todas ellas creadas por su padre, Manuel Pérez Navas Sempere, y su tío, Jesús Pérez Navas Sempere.

Por motivos de carácter y actitud, don Jesús Pérez Navas perdió toda su fortuna —las malas lenguas hablan de juego y mujeres de no muy buena reputación— y tuvo que vender todas las acciones de las empresas a su hermano Manuel para poder sacar adelante a sus dos hijos y a su atribulada mujer, que, como venganza por las infidelidades, había optado por despilfarrar el capital en viajes, ropas y caprichos varios.

Al cabo de unos años, y cuando el dinero empezó a escasear, Jesús pidió a su hermano Manuel que le devolviera las acciones que, por ley y herencia, le correspondían.

El dinero empleado para crear las empresas había salido de la muy abultada herencia de su padre, don Jesús Manuel Pérez Navas Cabrils, a quien la fortuna le había costado mucho trabajo: una vida austera y un matrimonio más bien poco deseado con una heredera de la familia Nadal Perpinyà.

Don Manuel no cedió, dejando en manos de su hijo —y ahí es donde entra Alberto en escena— todos sus negocios y fortuna.

La guerra entre las dos partes de la misma naranja había sido intensa, con demandas, denuncias y órdenes de alejamiento.

Alberto Pérez Navas era donde incidían todos los focos de su «otra familia»: había sido amenazado y agredido por quienes deseaban arrebatarle lo que creían suyo por derecho familiar, aludiendo a que Alberto no era de su sangre, ya que era hijo adoptivo de don Manuel Pérez Navas y doña Elvira Vivons y Vivons.

—Menuda historia… —dije, recogiendo la carpeta y fingiendo que el asunto nada tenía que ver conmigo.

—Gracias, Pablo. Esto es… mmm, digamos, un asunto privado. Te ruego discreción.

—Descuide, capitán, mudo como una losa.

~~~

Hice varias llamadas a las empresas intentando contactar con Alberto, pero fue imposible; siempre me referían que estaba de viaje y que, de momento, era imposible localizarlo.

—Oh, pues no sabría decirle… creo que en algún poblado de Australia o África, no recuerdo.

—Vaya, señorita, eso alberga de un lado al otro de la tierra; ¿no podría centrarlo un poco?

—Ya le digo que no poseo esa información; solo le cuento lo que he oído en la oficina.

—Está bien. Si tiene más información, póngase en contacto conmigo en este teléfono.

—Descuide, capitán.

Sabía que algo turbio se movía entre las ramas de la familia Pérez Navas y que probablemente Alberto se encontraba en alguna dificultad. Pero ¿cómo se me había ocurrido involucrar a Marina en tales asuntos?

No podía permitir que ella se enfrentara sola a lo que fuera y a quien fuera que amenazara la seguridad de Alberto.

La decisión estaba tomada: acompañaría a Marina en su viaje siguiendo el hilo del maldito espolín.

Sonreí, abandonando mis recuerdos, besé muy suavemente la frente de Marina y le susurré:

—Siempre, Marina. Siempre.

Ella se revolvió y cambió su posición, acomodándose en mi pecho.