Tiempo bordado en hilos de espolín Capítulo 19
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Capítulo 19

Sotto il cielo di Roma

Bajé cargada con una maleta más bien grande para una semana.

En el bolso llevaba la ilusión de regresar a Roma —había estado dos veces: una en el viaje de fin de curso de Bachillerato y otra, hacía aproximadamente un año, por trabajo— y un diccionario Larousse italiano-español que, aunque era un poco antiguo, a mí me funcionaba bien.

La carta de recomendación guardada a buen recaudo dentro de una cartera que colgaba, enganchada al bolso por una correa de cuero junto a la foto de Carmela vestida de valenciana con el espolín, por si teníamos que demostrarlo.

También había cogido, por si este era el cabo del hilo del espolín, la foto más reciente que tenía de Alberto con veintitantos.

Teniendo en cuenta que ahora tendría unos sesenta, no me iba a servir de mucha ayuda.

En la puerta, esperándome, iluminado por el levantino sol de final de verano, estaba él, con las Ray-Ban puestas y vestido de blanco impoluto.

Una sonrisa pícara y quizás más ilusionada que las otras veces, me advertía sin palabras de que la semana que me esperaba no sería mmm… solo para visitar el Vaticano y la Capilla Sixtina.

Había en su mirada un brillo travieso, un guiño silencioso que guardaba secretos.

Se desplazó a la parte trasera del coche y, pasando el pie por el lugar perfecto —cosa que a mí no me ocurría nunca—, abrió el maletero y cargó con mi equipaje.

—Joder, Marina… —dijo ladeando la cabeza, con la voz baja y un tono juguetón que rozaba la provocación—, ¿qué llevas aquí, las piedras para restaurar el Coliseo?

—Ehhh… no, solo lo necesario para pasar una semana —respondí conteniendo la risa mientras notaba cómo sus ojos me recorrían con un brillo travieso que me erizaba la piel.

Y aunque era verdad —en cierto modo—, mi enorme maleta descansaba ahora junto a una bolsa de viaje de tamaño mediano que debía contener todo lo que Quique necesitaba.

Era principios de Septiembre y en la tierra de las flores de la luz y del amor el sol brillaba con fuerza, el aroma cálido del verano se mezclaba con el de su perfume —limón, bergamota y tardes de verano— y de alguna manera, el simple hecho de estar allí, cerca de él, me hizo sonreír con una mezcla de anticipación y complicidad.

—Andiamo presto alla Città Eterna.

Yo sonreí, dejando que cada palabra cayera en mí como un guiño de travesura.

16:00

Llegamos al aeropuerto de Manises a las cuatro en punto.

El vuelo salía a las cinco y cuarto.

La cola de facturación no era larga, apenas unas veinte personas. Sin embargo, un par de familias con niños —demasiados— habían logrado transformarla en un pequeño campo de batalla.

Los pequeños trepaban por las cintas, reptaban bajo las cuerdas y se escabullían entre las piernas de los viajeros. Sus padres, en modo vacaciones, reían con esa indulgencia irritante de quien cree que el mundo entero comparte su euforia.

Yo resoplaba sin disimulo; Quique sonreía.

—Eres una bruja… —susurró él al oído, divertido, adivinando mi rabia contenida.

Recé en silencio para que no nos tocase compartir vuelo con ellos.

16:35

Nos refugiamos en Starbucks.

Yo pedí un Caffé Mocha; él, un Espresso Macchiato.

Quique irradiaba entusiasmo.

Sus ojos chispeaban, su sonrisa amplia y descarada iluminaba su cara, y por reflejo la mía.

Hablaba sin descanso de Roma, de plazas y fuentes, de ruinas y tesoros. Su voz vibraba con el orgullo de lo heredado, como si cada piedra de Italia le perteneciera por linaje.

Yo lo escuchaba y asentía; mi sonrisa era tan real como la suya.

17:00

La puerta de embarque se abrió.

—Mierda… —murmuré entre dientes—. Vienen con nosotros.

Quique apenas pudo contener la risa al ver mi gesto crispado. Yo continuaba bufando; él disfrutaba.

Los niños, imparables, llegaron a colarse entre sus piernas… varias veces.

Entonces lo sentí.

Un roce brusco en el hombro.

Un cuerpo demasiado cerca.

Un muchacho, casi un crío, con ropa holgada, gorra baja y gafas oscuras.

Sus dedos se cerraron en torno a la cadena del guardapelo.

El tirón fue seco. La cadena me mordió la piel del cuello y me arrancó un jadeo.

No lo consiguió.

17:10

Quique, con reflejos felinos, lo empujó con violencia. El ladrón trastabilló, pero se escabulló como un conejo: ágil, huidizo, perdiéndose entre la multitud.

Sin pensarlo, Quique salió corriendo tras él.

Yo me quedé clavada, con la mano en el pecho, protegiendo el guardapelo. El corazón me latía desbocado, como si quisiera escapar de mi pecho tan rápido como el ladronzuelo.

17:15

El vuelo estaba a punto de partir.

Frente a la puerta de embarque, con el murmullo de los últimos pasajeros a mi alrededor, no pensaba en el avión. Solo en él.

No llegaba.

¿Qué hacía? ¿Lo esperaba o embarcaba? ¿Y si no regresaba a tiempo? ¿Y si lo perdía allí mismo, en mitad de la terminal? Lo esperé.

17:17

Apareció.

Corriendo, jadeante, con la adrenalina todavía brillándole en los ojos.

Se acercó de un salto, me tomó de la mano y, juntos, atravesamos el finger.

La azafata ya estaba cerrando, pero logramos cruzar justo antes de que la puerta del avión se sellara tras nosotros.

Conseguido.

Nos sentamos en nuestros asientos. Quique estaba aún nervioso: comprobó que mi cinturón de seguridad estuviera bien abrochado y, acto seguido, me tomó el pulso, me miró las pupilas, me tocó la frente.

—Para, por favor, estoy bien, de verdad. No ha pasado nada.

Lo cierto es que soy poco común en estas cosas: mi mente las guarda enseguida en un cajón cerrado, bajo llave, como si nada hubiera ocurrido. Creo que soy un poco rarita en cuanto a emociones se refiere.

—Marina, me preocupas. Mucho más de lo que te imaginas —admitió él—. No entiendo por qué no te desmayas o te encuentras mal, como le pasaría a cualquiera. Es la segunda vez que te veo pasar por un suceso traumático y que no te afecta de una forma, ehhh… digamos, normal.

—Puedes llevarme al psiquiatra si eso te hace feliz —repliqué con sorna, mientras él seguía escudriñando mi estado. Su inspección casi lograba hacerme sentir frágil, cuando, en el fondo, no había pasado nada: solo un ratero queriendo robar un colgante.

—Me desesperas, Marina, de verdad.

Lo vi dolido, turbado… tal vez más de lo que cabría esperar; pero comprendía que su mente, entrenada para ver peligros donde otros no los ven, le obligaba a analizar la situación con una seriedad implacable.

—Por cierto… ¿cuál fue la primera vez?

—¿En serio, Marina? ¡Cuando, delante de mis narices, un asqueroso cabrón trató de bajarte las bragas y violarte, joder!

—Perdona.

Lo dije muy seria. Tenía razón, pero yo había archivado ese encuentro en el apartado de olvidar.

—Uff… —resopló él.

—Eres mi héroe —susurré al fin, melosa, buscando arrancarle una sonrisa y aliviar la tormenta que le cruzaba el rostro.

—Ya te digo —respondió, por fin, sonriendo.

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Me acomodé en su hombro, ronroneé un poco y lo vi relajarse poco a poco.

El viaje no fue muy largo. Los niños se mostraron bastante contenidos y nosotros nos dormimos, cabeza con cabeza, hombro con hombro.

Roma prometía.