Capítulo 18 #2
Las fui deslizando una a una entre mis dedos, con cuidado, como si el roce pudiera borrar el rastro de lo que guardaban.
En ellas estaba él: Eloy, el niño que después sería Alberto.
Un pequeño de mirada inmensa, con aquellos ojos azules que parecían atravesar el tiempo y detenerse justo en los míos.
Los mismos de Carmela. Los míos propios.
Un escalofrío repentino me recorrió la piel, frío como un soplo de aire en mitad de la noche.
—No sé si estás en peligro —murmuré—, ni siquiera sé qué significa todo esto… pero cuenta conmigo.
Al mover el sobre algo se deslizó entre las fotos.
Primero pensé que era un simple papel olvidado, pero al desplegarlo vi mi nombre escrito en una caligrafía que no era la de mi yaya.
La respiración se me quedó atrapada en la garganta; sentí que el suelo bajo mis pies cedía un instante. Con manos temblorosas lo abrí.
Sigue el hilo del espolín.
Al final de su viaje estaré yo.
Me encontrarás con ayuda de mi corazón.
Alberto.
Las letras me golpeaban con una fuerza extraña.
De pronto, casi pude ver a Carmela frente a mí, sentada en su sillón favorito, con las manos sobre el regazo y esa sonrisa suya, serena, como si supiera que tarde o temprano yo acabaría llegando a este punto.
Oí su voz —o creí oírla—, suave y clara, diciéndome: «Hija mía, confía en el hilo».
Tragué saliva, conmovida, y me llevé el papel al pecho, intentando calmar el torbellino que me arrastraba.
—Quique —lo llamé apenas en un susurro. Levanté la cabeza hacia Enrique y le dediqué una sonrisa tranquila; no quería añadir más angustia a la suya—. Ven, lee esto.
Se sentó a mi lado, tomó la nota y la repasó en silencio, con el ceño fruncido.
—¿Qué quiere decir, Marina?
Me encogí de hombros. No tenía ni idea. ¿Un acertijo? Nunca se me dieron bien.
—Sigue el hilo del espolín —leyó en voz alta—. Y… ¿dónde cojones está el espolín?
Su voz resonó con fuerza en la estancia. Nita, que aún hablaba por teléfono en el cuarto de al lado, alcanzó a oírlo. Colgó de inmediato y apareció en el marco de la puerta, con el aparato todavía en la mano y una sonrisa risueña.
—No sé dónde está ahora el espolín —dijo—, pero sí sé que el hilo continúa por Roma.
Nos quedamos en silencio unos segundos, hasta que añadió:
—Creo, Marina, que tu próximo destino es Roma. Nuestro tío abuelo, un párroco con muy buenos contactos en Italia, ha accedido a conseguirnos una recomendación para acceder a los archivos del Vaticano.
—¿Al Vaticano? ¿Roma? ¿Cuándo?
—En cuanto el padre Alejo me consiga el pase.
—¿Y crees que tardará?
Mi mente volaba pensando en cómo organizar el viaje: billete de avión, hotel… y el impedimento del idioma que, aunque es cierto que a poco que domines el valenciano medio entiendes el italiano, para tramitar papeles en el Vaticano, la verdad es que se me quedaba muy, muy corto…
—Iré contigo.
Quique parecía haberme leído los pensamientos.
—Sabes que hablo italiano perfectamente y…
—No, no, no puedo implicarte en esto; tú tienes tu trabajo y tu abuelo y…
—Marina, voy a ir contigo. Yo me encargo de todo.
~~~
Después de un día tan intenso, lo único que deseaba era volver a casa, darme un largo baño y caer en el sofá. Quizá estrenar la suscripción de Netflix que Carmela nunca usó, con un capítulo repetido de Outlander que me arrullara hasta dejarme dormida.
El taxi me dejó en la puerta del edificio.
A cada paso sentía el peso de la nota en el bolsillo, un peso ligero y, al mismo tiempo, desmesurado.
No había querido abrirla en casa de Enrique; era de mi yaya para mí, y necesitaba reservarme ese momento, en soledad, casi como un ritual.
«Quizás antes del baño —me dije—, para poder después pensar en cada palabra con calma».
Porque, conociendo a mi yaya, esa carta no sería una simple nota: sería íntima, profunda y difícil de digerir.
«¡Qué extraño!». Pensé al ver, junto a la entrada del patio, de nuevo el Mini Cooper azul. ¿El mismo de la otra vez? ¿O me estaría volviendo loca? Sacudí la idea; lo único que importaba en ese instante era llegar a casa. Giré la llave: ese hogar seguía oliendo a ella, a Carmela.
—¿Hija, eres tú?
El sobresalto me crispó los nervios. Creo que voy a tener que cambiar la cerradura, pensé.
—Sí, mamá. ¿Qué haces aquí?
Le di dos besos y un abrazo mientras lanzaba mi bolso al sofá y me quitaba las zapatillas de un tirón, sin desatar los cordones.
—¡Marina, qué desastre eres!
Recogió el bolso y los zapatos, los acomodó en el perchero del recibidor, como si aún siguiera educándome.
—Llegamos ayer tu padre y yo del viaje.
—¡Qué bien! Lo habréis pasado genial.
—Sí, hija, mucho. Pero cuando llegamos a casa —y por eso he venido hoy— encontré esta carta a tu nombre en el buzón.
—¿Qué carta?
Sacó un sobre corriente, sin adornos, sin remitente. Apenas un rectángulo de papel, liviano… pero mi nombre estaba allí, escrito en mayúsculas, tan firme que parecía llamarme.
Me temblaron las manos al rasgarlo. Por un segundo contuve la respiración; esperaba la calidez de mi yaya, una revelación, quizá un secreto guardado demasiado tiempo.
Pero dentro no había más que un folio doblado, con tres frases escuetas, en letras mayúsculas que parecían gritarme:
DEJA DE BUSCAR A ALBERTO.
NO ES TU PROBLEMA.
SI CONTINÚAS, ATENTE A LAS CONSECUENCIAS.
El corazón se me desplomó en el pecho. Me quedé clavada, la carta entre los dedos, mientras el eco de esas palabras retumbaba en mi cabeza. El recuerdo del Mini Cooper azul me atravesó como un relámpago: ¿y si no era casualidad?
Mi respiración se volvió rápida y entrecortada. Las manos me sudaban; la carta parecía quemar mis dedos. Un miedo frío me recorrió la espalda, y a la vez, una chispa de rabia me encendió por dentro. ¿Quién se creía que podía detenerme? ¿Quién podía decidir por mí lo que debía o no debía hacer?
Respiré hondo. Cerré los ojos un instante, intentando calmar el torbellino de pensamientos y sensaciones. Y entonces lo supe: no podía quedarme quieta. Tenía que encontrar a Alberto. Ahora más que nunca.
Coloqué la carta sobre la mesa con intención de olvidarla. Me levanté del sofá, decidida. Tenía que seguir el hilo del espolín. Tenía que seguir el hilo del corazón de Alberto. Y no importaba quién o qué intentara detenerme.
~~~
Nita cumplió con su promesa, se dirigió nerviosa al hotel dónde se había citado con el padre Alejo.
Caminaba nerviosa por la elegante recepción del hotel en Madrid.
No todos los días resultan cruciales, pero este lo era.
Afuera, la ciudad bullía bajo la luz cálida de la tarde; dentro del edificio, todo era silencio y formalidad.
La cita con el representante del Vaticano no era algo común: pocas personas tenían acceso directo a los archivos históricos, y aún menos contaban con un permiso especial.
Subió al lujoso ascensor y el botones la condujo hasta el décimo piso.
Al final del pasillo apareció un hombre de porte distinguido, cabello ya canoso y gafas de marco fino.
Nita lo reconoció al instante: era su tío-abuelo, a quien apenas había visto en contadas ocasiones cuando era niña, aunque su influencia en los círculos eclesiásticos siempre había sido notable.
Lo recordaba oficiando la misa de difuntos de su abuela María, su prima: muy serio y elocuente.
—Nita —dijo con un tono cálido, aunque lleno de autoridad—. Qué sorpresa verte por aquí.
—Tío… —respondió ella, tratando de mantener la compostura mientras su corazón latía con fuerza—. Gracias por recibirme. Sé que esto no es sencillo.
Él asintió, ladeando ligeramente la cabeza.
—No es común que alguien solicite acceso a los archivos del Vaticano desde fuera de Roma, menos aún por una cuestión familiar.
Pero entiendo la importancia de lo que buscas.
—Hizo una pausa, y su mirada se volvió penetrante, evaluando a Nita y tratando de visualizar hasta qué punto era importante—.
Hay secretos que a veces es mejor enterrar, ¿estás segura de esto?
Nita asintió sin palabras.
La acompañó hasta un despacho amplio, con estanterías repletas de volúmenes antiguos, documentos encuadernados en cuero y pergaminos tan viejos que parecían a punto de descomponerse. Encendió una lámpara sobre la mesa y sacó un sobre sellado con el escudo del Vaticano.
—Este permiso te permitirá acceder a los archivos específicos que necesitas —dijo entregándoselo—. Pero recuerda: la discreción es tan crucial como la verdad que buscas. Cualquier filtración podría tener graves repercusiones.
Nita tomó el sobre con respeto y algo de temor. El papel era ligero, pero la responsabilidad que contenía, enorme.
—Gracias, tío… de verdad —susurró.
—Sé que sí —respondió él, esbozando una ligera sonrisa—. Pero debo advertirte: no todos los caminos dentro de esos archivos son lineales. La verdad se encuentra entre sombras, y algunas respuestas pueden ser más complicadas de lo que imaginas.
Al salir del despacho, Nita se sintió triunfante, y con ello llegó la certeza de que el espolín y todo lo relacionado con la historia de su familia no tardarían en revelarse, aunque a veces lo hicieran de formas inesperadas.