Capítulo 34
Tic Tac
Enrique y Marcela salieron del edificio con ese ritmo pausado que solo se entiende cuando se llega a su edad. Andaban arrastrando un viejo carro de compra rojo —Enrique— y un cesto de mimbre con volante de flores —Marcela—.
Miraron a ambos lados de la calle e hicieron como que no veían el gran Defender negro. Los dos vigilantes ni se inmutaron ante el paso de aquella pareja de ancianos que parecía ir simplemente a por la compra.
Marcela apretó el brazo de Enrique con más fuerza de la debida al pasar ante los distraídos hombres que sorbían un café para llevar de la cafetería de la esquina. Rozó con los dedos el guardapelo que llevaba a buen recaudo dentro del refajo. Enrique le sonrió tratando de que se relajara.
—Tranquila, Marcela. ¿Ves? Ni nos han mirado.
Ella le devolvió la sonrisa, aunque no aflojó el agarre de su brazo. Enrique sentía su tensión y, aunque él también estaba bastante asustado y le sudaban las manos, trató de disimular mostrando los dientes en una de sus agradables sonrisas.
Poco a poco llegaron a la boca del metro en Ángel Guimerà, algo más tranquilos al ver que no los seguían. Enrique bajó el carro con cierta dificultad por las empinadas escaleras y Marcela se aferró a la barandilla para no trastabillar.
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Bajaron en Campanar después de unos minutos de trayecto y se dirigieron al bajo que antaño fue relojería y hoy era el museo personal de Aurelio Pons, relojero jubilado.
Aurelio los esperaba en la puerta, armado con el hierro que utilizaba para bajar la persiana. Enrique le había contado que quizás los seguirían, y Aurelio, muy serio y convencido, había anunciado que «a su relojería no entraban desconocidos».
Les dio paso a un local donde aún quedaba en pie un mostrador de madera cubierto por un cristal ya envejecido. La caja registradora permanecía en el mismo lugar donde se colocó el día de su inauguración, allá por 1960.
De las paredes colgaban cientos de relojes de diferentes tipos y sonidos; altas y elegantes torres de péndulos y carillones llenaban cada esquina, y el mostrador rebosaba de relojes de pulsera, tanto de hombre como de mujer: dorados, plateados, con brillantes e incluso viejos Casio digitales.
Un musical y tremendo tic-tac llenaba el ambiente de sonido envolvente y, justo a las doce, cientos de cucos cantaron su melodía, entrando y saliendo de su eterno hogar.
Marcela mostró a Aurelio el guardapelo, explicándole que no era un colgante normal, que contenía una historia pasada que había vuelto a renacer en el presente y que debía guardar algún secreto que no lograban ver, cegados por lo visible.
Enrique añadió que ese —el pequeño de la foto— era su hijo. Sí, sí, un hijo que no era de María. Sí, sí, anterior a su matrimonio. No, no, no lo había sabido hasta ahora. No, no tenían ni idea de lo que estaban buscando.
Aurelio lo cogió con suma delicadeza. A sus ochenta y tres años, su vista seguía siendo buena —aunque necesitaba su monóculo—, pero sus manos a veces temblaban sin ton ni son y le costaba acertar.
Eso pasaba solo de vez en cuando, y ahora —mostró sus manos quietas— estaba muy bien gracias a la medicación que su hija Laura, enfermera, se empeñó en que tomara.
Preparó las herramientas necesarias para «destripar el misterio», se colocó el monóculo en su lugar preciso y se concentró en la pieza. Abrió, buscó, miró y remiró.
—Nada por aquí, nada por allá… Si hay algo oculto, ha de estar más escondido de lo que parece.
Siguió dándole vueltas entre sus manos al valioso colgante.
—La gema es espectacular —dijo, acercándose el monóculo para observar mejor—, pero está añadida en algún momento posterior a su fabricación.
Marcela y Enrique lo miraban estupefactos, sin entender ni papa de lo que decía o hacía, atentos a cualquier movimiento del relojero.
—Si hay algo oculto en este colgante, ha de ser bajo la gema.
Con un movimiento rápido de su bisturí separó la esmeralda de la pieza, e inmediatamente cayó tras ella una pequeña tarjeta.
—¿Se puede saber qué es eso? —dijo Enrique, inclinándose sobre la diminuta pieza.
—Ay, Enrique, ¿qué va a ser? ¡Un microchip!, como en las películas de espías —respondió Marcela, acercándose también.
—Ea, pues —dijo Aurelio—, misterio resuelto. Ya hemos encontrado lo que estábamos buscando.