Capítulo 17 #3
—Tranquilo. No compartes consanguinidad con ella, y me alegro… ya de crío la perseguías por la casa como un gato en celo, ja, ja, ja. Te ponías colorado nada más entraba y no la perdías de vista nunca.
—¡Abuelo! —protestó Quique, poniéndose serio.
En cuanto lo vi fruncir el ceño, algo en su expresión cambió.
No era solo vergüenza. Era otra cosa, más honda, más antigua.
Una especie de verdad que llevaba demasiado tiempo guardada.
Sus ojos se clavaron en los míos apenas un instante, y ahí entendí que aquello no era una exageración del abuelo.
Había algo en él que siempre había estado ahí, latiendo en silencio, empujando desde dentro, aunque él intentara contenerlo.
Como si hubiera luchado contra ese sentimiento durante años, sin conseguirlo del todo.
Recordé entonces las tardes de estudio en casa de Nita, a Quique allí donde fuera yo: ofreciéndome algo de beber, recogiendo lo que se me caía, mirándome fijamente y balbuceando tonterías… Y ahora comprendía, y eso me hacía feliz.
Pasamos la tarde entre recuerdos propios y ajenos, buena conversación y alguna mirada que hablaba más que las palabras entre Quique y yo.
Nita no dijo ni una palabra acerca de que Quique y yo hubiéramos tenido… ¿el qué? Una aventura, una noche de locura… ni yo misma lo sabía.
Les conté del contenido de las dos cajas anteriores y de mi visita a Marcela. Ellos seguían atentos, el instinto de búsqueda de Nita estaba activo, y el de policía de Quique al cien por cien.
Enrique, por su parte, se fue a dormir la siesta:
—Ya me iréis contando poco a poco.
Y lentamente, paso a paso, se fue a su habitación y nos dejó solos.
Les narré mi búsqueda en Fraisoro, el encuentro con Concha y la hermana Fe, la visita a San Vicente de Paúl, lo hallado en los archivos y cómo el espolín fue donado al Papa en 1982.
Nita estaba al tanto de la donación y nos explicó que estaba haciendo averiguaciones para poder ponernos en contacto con los archivos del Vaticano:
—Ya he empezado con las averiguaciones. Contactar con el Vaticano no es sencillo, pero para poder acceder a sus archivos necesitamos un pase, una carta de recomendación —decía Nita, emocionada y muy interesada, explicándonos los pasos a seguir.
La segunda cafetera que pusimos al fuego comenzó a pitar y el aire se inundó de aroma a café.
Quique se levantó y fue a la pequeña cocina de azulejos verde manzana que contrastaba con el mobiliario de contrachapado marrón; sacó tres tazas de loza blanca con pequeñas flores rosas a juego con sus platillos y nos sirvió a Nita y a mí.
Dejó la taza delante de mí y me rozó la mano con dulzura. Nita sonrió por lo bajo mientras sorbía el café.
—Bueno, ¿vais a contarme esto? —dijo mientras nos señalaba a ambos—, ¿o tengo que investigarlo también?
4.María
Querida hermana:
Hace tiempo que no hablamos, desde que padre se marchó al cielo para reunirse con nuestra madre.
Seguro que quieres saber de tus sobrinos Enrique y Sara.
Están creciendo deprisa y cada vez ella se parece más a ti.
¡Si la vieras, hermana! Ha cambiado tanto desde la última vez que la viste…
Es casi tan alta como yo, y tiene tus mismos ojos.
Dice que cuando sea mayor quiere hacerse monja como tú, aunque para eso aún queda mucho.
Enrique es ya casi un hombrecito, muy responsable. Saca muy buenas notas en el colegio, y se le da muy bien pintar y escribir. También ha empezado a aprender fotografía en el estudio de su padre, que le va enseñando el oficio por si algún día quisiera continuar con él.
El atelier de costura va muy bien. Conservo a las clientas de siempre, que ahora vienen con sus hijas, algunas ya casaderas.
También me ha dado buenos frutos dedicarme a coser trajes de valenciana; cada vez tengo más falleras que me confían sus encargos.
Por cierto, ¿todavía conservas el espolín Valencia?
Nuestro pequeño protegido, Alberto, está hecho un muchachote precioso.
Es un par de años mayor que Enrique, pero se llevan de maravilla.
Pasan casi todo el tiempo en casa de los Pérez Navas, y muchas veces vienen juntos a merendar o a comer aquí.
Las dos familias nos llevamos muy bien, y con frecuencia salimos a la Malvarrosa o a El Palmar a pasar el día.
Tengo que contarte que Alberto estuvo hace un par de meses muy malito (no te asustes, ahora está recuperándose bien).
Parece que tuvo algo en el corazón, ¡pobre criatura!
Sus padres le llevaron a los mejores médicos, y les recomendaron que pasara temporadas en la montaña o en el campo.
Por eso compraron una casa en Serra, donde pasan largas estancias.
Ahora está un poco débil por la medicación, pero come bien y pronto, Dios mediante, estará del todo repuesto.
Enrique padre, mi marido, te envía muchos recuerdos. Dice que a ver si pronto podemos ir a verte a Gipuzkoa, o quizá vengas tú a Valencia.
Los hermanos están bien; supongo que ellos mismos te escribirán. Y tus sobrinos por parte de ellos son unos auténticos bichos.
Te mando fotos del último cumpleaños de Enrique donde nos reunimos toda la familia.
Te quiere: tu hermana María.