Tiempo bordado en hilos de espolín Capítulo 17 #2
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Capítulo 17 #2

Tragó saliva, y las lágrimas comenzaron a deslizarse por sus mejillas.

—La casaron con un médico mayor. La vi en la boda: estaba allí, pero no era ella. Triste, apagada, sin un atisbo de alegría. Fue la última vez que la vi.

Mis manos temblaban mientras sostenía el álbum. Sentí que todo lo que me contaba Enrique estaba tejido con amor, pérdida y nostalgia, y que, de alguna manera, mi yaya Carmela seguía viva en aquellas páginas y en su voz.

Rehice mi vida con María, la madre de mis dos hijos; era una buena mujer.

Tenía un atelier de costura muy afamado, supo comprenderme y tener la paciencia justa para que mi corazón se recompusiera.

Me ganó poquito a poco y fuimos felices.

No puedo decir que olvidara a Carmela, pero dejó de formar parte de mi vida.

Me había traicionado y robado la oportunidad de tener una familia con nuestro hijo.

Yo asentía, escuchando atentamente aquella versión de los hechos, tan diferente de la que mi yaya me había contado.

Pensaba en lo difícil que es amar. La mayoría de las veces, el amor es inestable; puede pesar mucho para uno y poco para otro, y los sentimientos no siempre están equilibrados.

Es caprichoso, se enreda en un amante y en el otro quizá no consiga aferrarse.

—Hace apenas un año —continuó tras una breve pausa—, se presentó aquí con la caja y las instrucciones para entregarla. Hablamos, recordamos… y me dijo que siempre me había querido.

Bajó la cabeza y lloró mientras un sollozo firme y contenido llenaba la habitación.

—Yo no podía decirle lo mismo. Amé a mi mujer y fuimos dichosos. Siempre recordé a Carmela, pero con rabia, con pesar, sin el cariño que ella me profesaba. No podía.

Las lágrimas también hicieron acto de presencia en mis ojos. Sentí dolor por las vidas truncadas, por los amores no correspondidos, por el desequilibrio entre amor eterno y frugal.

—Ve al aparador y abre el segundo cajón. Trae la caja.

Recogí la caja blanca con el nombre «Eloy» en su parte superior y me volví a sentar. Me disponía a abrirla cuando se oyó la cerradura de la puerta y una voz cantarina clamó:

—¡Abuelo, ya estoy aquí!

Mi cabeza dudó: no, sí, quizás… pero no había lugar para dudas. Nos miramos, dudamos; yo miré a Enrique y volví a mirar hacia la puerta.

—¿Qué haces tú aquí? —dijimos al unísono Nita y yo.

—Marina, Enrique es mi abuelo, ¿has venido a buscarme?

Mi mente daba vueltas. ¿Nita era la nieta de Enrique? Entonces…

—No… mmm, en realidad no sabía que era tu abuelo, pero… ¿tu abuelo? ¿No vivía en la calle Cuenca?

—De eso hace mucho, niña —dijo Enrique, levantándose de su silla y besando a Nita—. No te acordabas de mí, ¿verdad? Venías tan obcecada en encontrar al novio de tu abuela que nada más podías ver.

—¡Abuelo, en serio! —dijo Nita—. ¿Fuiste novio de la abuela de Marina? ¿De la abuela de la que buscamos el espolín?

—Ajá —contesté, intentando centrarme. Mi mente iba más rápido que las palabras, atando cabos, recordando y reconociendo.

En ese momento entró Quique. Me miró, sonrió por lo bajo negando con la cabeza, apoyándose tranquilamente en el marco de la puerta y, por fin, fijó sus ojos en mí.

—¡Ay, Marina! ¿Te has perdido?

Entonces mi mente comenzó a unir cabos: Enrique, Nita, Quique… No será primo mío, ¿no? Ah, no, que su abuela era María… Entonces, ¿qué nos une?

—A ver, niños —dijo Enrique tras besar a Quique y mientras volvía a sentarse con dificultad, viendo la confusión en nuestras caras—. Vamos a poner la vida en orden.

Nos sentamos alrededor de la mesa mientras Enrique contaba, a grosso modo, su historia.

—Vamos a ver, yayo, entonces tú fuiste novio de la yaya de Marina, pero no la volviste a ver… ¡Vamos, hombre! Pero si vivía en la calle Salamanca —dijo Nita, con la naturalidad que siempre la caracterizaba.

—Un momento, un momento… —dijo Quique, cogiéndose la cabeza con las manos—. ¿Tuvisteis un hijo en común? Pero no tiene que ver nada con Marina ni con… nosotros, quiero decir…

—¡Claro que tiene que ver! —dijo Enrique—. Es vuestro tío, de los tres; ni yo mismo me lo puedo creer. Nunca pude imaginar… Sí, la verdad es que siempre me recordaste a Carmela, pero… nunca habría podido imaginar… esto.

Nos miramos. Enrique tenía una mueca extraña, como si no acabara de comprenderlo. Yo tenía ventaja por saber de la existencia de ese niño, pero ahora no era solo el hijo de Carmela y Enrique: era mi tío, y también el de Quique y Nita.

Nita reía feliz, con los ojos brillantes:

—¡Esto sí que es una sorpresa! Tenemos que encontrar a nuestro tío.

Su carácter abierto siempre veía el lado positivo de las circunstancias, y su entusiasmo iluminaba la sala.

—Ehhhh, eh, eh… para, para… no podemos ser familia, ¿verdad? Tú y yo no somos primos, ¿verdad? —Quique me miraba contrariado, asustado—. ¿O sí?

De repente comprendí: claro, nos habíamos acostado juntos y…

—Acabáramos. —Rio Enrique, dándose cuenta de la manera en que Quique y yo nos mirábamos, con temor y complicidad y con ese magnetismo que nos hacía movernos acompasados.

—Habéis estado juntos, ¿no? Es por eso tu tribulación, ¿verdad, hijo?

Quique se tensó, y el abuelo sonreía.