Capítulo 17
Rendido a tus pies
El último sitio donde imaginé verla era en la puerta de casa de mi abuelo, pero en cuanto la vi, la inquietud de los pasados días desapareció.
Hacía un par de semanas que no sabía nada de ella; había decidido tratar de quedar para hablar, tomar un café o lo que ella quisiera. Pero Marina no estaba.
Comencé a preocuparme cuando, después de una semana buscando en Madrid, no daba señales de vida, así que decidí volver a Valencia a ver si había más suerte, mi última opción era pedirle el maldito teléfono a Nita, pero no quería implicarla.
Tampoco quería presionarla, el destino decidiría y por supuesto ella, yo no era el chico adecuado, demasiado riesgo, demasiados destinos, demasiada violencia, pero me había rendido a mis sentimientos, le explicaría, le daría opción a no estar conmigo…
y lo aceptaría, pero no iba a negarme el intentarlo.
Todo el sufrimiento de las semanas pasadas se evaporó cuando Marina apareció en la puerta del abuelo, estaba bien, estaba preciosa y eso era todo lo que necesitaba saber.
—¡Quique! ¿Qué haces fumando?
Nita se cuadró ante mí, con los brazos en jarras, dando puntaditas con los pies en el suelo y algo malhumorada.
—¡Me dijiste que lo habías dejado!
—Y lo he hecho, Nita.
Levanté levemente la vista hacia el patio, esperaría por si Marina salía y quizás aceptara tomar algo conmigo.
—¿Vas a subir o te vas a quedar ahí apoyado en el coche todo el día como un pasmarote? ¿Te pasa algo, Quique? Uy, espera… ¿Y esa sonrisa de atontado? ¿A qué se debe? ¿Has visto un ángel o qué te pasa?
—Ve delante, Nita, subo en un momento en cuanto apague el cigarrillo.
—¡Dios, qué hombre!
—Y, Nita… te quiero
Mi sonrisa era franca, estaba feliz, la había encontrado.
—Y yo a ti, hermano, pero me desesperas.
Nita se adelantó y subió a casa con ese aire que le caracterizaba, parecía que andaba sobre nubes de algodón, liviana, vivaz, irradiando confianza y felicidad. Era una mujer única, un torbellino, era vitamina para las personas que quería y entre ellas estaba Marina.
Ellas fueron de niñas unas amigas algo volátiles.
De pequeñas fueron inseparables, pero cuando llegaron a la edad de decidir amistades se distanciaron, Marina se juntó con los pijos de turno, Nita con las raritas de la clase.
Pero con el tiempo, cuando mi hermana comenzó a salir con uno de los del grupito de Marina volvieron a ser inseparables de nuevo, y me constaba que Nita la adoraba, quizás eso lo hiciera más fácil, o no.
Si todo salía bien, para mí claro, contaba con la ventaja de que las dos mujeres de mi vida se quisieran, pero si Marina decidía huir de mí en cuanto comprendiera el peligro de vivir con un hombre como yo, que ha de luchar todos los días con la violencia, entonces no sería tan fácil.
Pasaron unos pocos minutos, el cigarrillo se apagó y mis pensamientos comenzaron a atormentarme.
Marina no bajaba de dónde fuera que hubiera ido, decidí subir, en otro momento sería, la encontraría, siempre.
Marina
—Pasa, pasa, y cierra la puerta —dijo una voz que provenía del interior de la vivienda, lo oí antes de verlo, una voz curtida de tiempo y experiencia, pero aún varonil y fuerte.
Enrique apareció en el salón con un par de cervezas y un fuet.
Su gesto era pausado, pero los ojos pardos del príncipe Edward, aunque antiguos, curtidos en mil miradas, aún escondían vitalidad.
Me estudiaban con curiosidad, reconociéndome en quien fue mi predecesora en carne y sangre.
Con asombro y melancolía, y tras un profundo suspiro de aceptación al recuerdo, comenzó a hablarme.
—Ven, hija, vamos a sentarnos aquí —indicó, golpeando el sillón mullido con la palma.
Me acomodé frente a él. Su cuerpo algo encorvado por los años contrastaba con la fuerza que aún emanaba de su mirada. Sus ojos pardos, seguían sonriendo, y su cabello, todavía ondulado, recordaba lo que había sido, sus manos grandes y finas conservaban su fuerza al coger las mías.
A un lado, un andador rojo y un bastón de empuñadura de hueso descansaban cerca de la puerta.
—Veo que me has encontrado… bien. Supongo que vienes por la caja de Carmela. Sentí mucho su pérdida. Hubo un tiempo en que la quise con todo mi ser… pero todo cambió.
—Algo sé por las dos primeras cajas —susurré, sentándome en el sofá.
Quise lanzarle mil preguntas, pero fue él quien tomó la iniciativa. Cada historia tiene su propio cristal: la misma escena puede parecer distinta según quien la mire. Su relato era tan auténtico como el de Carmela, aunque visto desde una perspectiva diferente.
—Carmela y yo nos enamoramos de verdad, con un amor limpio, auténtico —dijo, ajustándose las gafas y recostándose—. Quizá me falle la memoria en algunos detalles, pero quiero contarte mi versión, para que tengas todas las piezas del rompecabezas.
Inspiró hondo, y su pecho se movió como si sacara años de su interior.
—Yo era fotógrafo, apenas empezando, aunque con cierto don.
Llevaba un par de años retratando bodas, bautizos, comuniones, actos falleros…
Las falleras se enorgullecían de ser retratadas por Ruiz Galván, porque buscaba mostrar una belleza elegante, casi pictórica.
Me gustaba realzar con colores pastel, dar un aire de eternidad.
En 1961, una revista fallera me contrató para cubrir los actos oficiales.
Para mí fue un trampolín hacia la prensa, hacia la fotografía periodística.
Se inclinó hacia delante.
—¿Ves ese álbum bajo el cristal?
Asentí.
—Sácalo, y verás algunas de mis fotografías.
Abrí el grueso álbum de anillas, encuadernado en piel negra con letras doradas: Ruiz Galván, fotógrafo. El silencio se llenó de imágenes: novias radiantes, niños diminutos, jóvenes vestidos de marinero y niñas con trajes de cintas y puntillas.
Y allí estaba ella. Una página entera, a color: mi yaya Carmela.
Él sonrió, y la satisfacción de un recuerdo intacto iluminó su rostro.
—Sí, lo es. Esa foto se la hice en 1962, antes de su presentación. Ya lucía el espolín Valencia y aquel aderezo de piedras azules… Era tan bonita… Ay… —suspiró, y la nostalgia parecía arrastrarlo.
No podía apartar los ojos de la imagen.
—Tu yaya era fallera mayor de la calle Salamanca, donde vivía con sus padres.
La vi por primera vez el día de su proclamación: iba del brazo de su padre, feliz, sonriendo sin cesar, y su pelo rojo destacaba como una llama entre todas las demás.
Sus mejillas siempre parecían sonrosadas, de un suave color melocotón, y le encantaba lucirse.
Desde aquel primer instante quedé prendado de ella.
Era como tú, Marina: el pelo, los ojos… aunque más menuda, envuelta en una melancolía que la hacía distinta.
Mientras él hablaba, mis dedos recorrieron las páginas, deteniéndose en cada gesto, en cada sonrisa de Carmela. Sus ojos, siempre puestos en la cámara… siempre en él.
—Un día me armé de valor y me acerqué a hablarle en un banco de los Jardines del Real.
Y ella aceptó. Eran otros tiempos: más lentos, más misteriosos, con un romance que hoy parece perdido.
Ahora la juventud lo quiere todo rápido…
aquí te pillo, aquí te mato. Entonces había misterio… aunque también menos libertad.
Suspiré y por un instante sentí que mi yaya estaba allí, viva, riendo.
—Nos veíamos a escondidas, lejos de tus abuelos. Siempre acompañados por la carabina de su amiga… ¿cómo se llamaba?
—Marcela —susurré.
—Eso, niña, Marcela.
Pasamos más de un año ocultándonos del mundo, de la sociedad que tanto temía… y de su madre. Tu bisabuela era dura como la piel de Barrabás, y Carmela la temía más que a nadie.
—No sé si sabrás que su padre quiso que estudiara, porque era despierta y aprendía rápido. Pero su madre se negó. En su lugar le contrató una institutriz, que le enseñaba lo que, según ella, debía saber: bordar, cantar, tocar el piano.
—¿Carmela tocaba el piano? —pregunté, sorprendida.
—Oh, sí. Con mucho talento. La escuché una vez, en una merienda que su madre organizó. Era como una exposición, y Carmela, la pieza central. Pero todo aquello lo dejó después… después de que nuestras vidas se rompieran.
Alzó la mirada, y sus ojos se empañaron.
—Ese año debía ser su trampolín hacia la sociedad… pero aparecí yo —rio con un dejo amargo—, y todo se fue al traste.
—Así que nuestro amor fue un secreto absoluto. Paseos tomados de la mano, besos que ella fingía robados. Y entonces llegó aquella noche de San Juan.
Se detuvo, tragando saliva.
—Creímos estar a salvo. Nos despedimos con un beso largo, demasiado largo, en el portal de su casa. Y ahí… ahí empezó nuestro calvario.
Su voz se endureció.
—Su madre se volvió loca. La arrancó de mi lado y la llevó a Barcelona, a casa de una tía. Meses después, Carmela me llamó: quería verme un fin de semana… para despedirnos para siempre.
Se frotó la frente, tembloroso.
—Cogí mi vieja Vespa, con más ilusión que gasolina, y llegué hasta su casa. Ese fin de semana fue el mejor de mi vida… y el último juntos. Porque de él nació un hijo.
El silencio nos envolvió, Enrique hizo una pequeña pausa buscando entre sus antiguos recuerdos y sus ojos humedecidos por las incipientes lágrimas buscaron los míos.
Marcela me comunicó que Carmela estaba internada en Fraisoro y, pese a que el viaje era largo y complicado, me desplacé hasta allí a buscarla.
La vi en el jardín junto a otras chicas.
Estaba embarazada, acarició su vientre mientras giraba su cabeza hacia mí, pero no me vio. Supe que tenía que hacer algo, el hijo que llevaba en su vientre era también mi hijo y no me iba a rendir.
—Intenté hablar con su padre, convencerlo de que podía mantenerlos. Pero él falleció antes de poder ayudarnos. Y entonces… su madre tomó las riendas. La internó en Gipuzkoa, en un centro para pasar el embarazo y entregar al niño en adopción.
Su voz se desgarraba.
—Le supliqué, Marina. Le rogué que no lo hiciera. Que, si no quería estar conmigo, yo criaría a nuestro hijo. Pero no me escuchó. Y yo… yo no pude perdonarla. La acusé, le grité, y al final… me alejé.