Capítulo 16 #2
Me perdí —más de una vez— por el barrio del Carmen, y en cada calle me detuve a escuchar la memoria de la ciudad: edificios de piedra que susurraban secretos, balcones que evocaban historias ya apagadas, pasos antiguos que todavía vibraban en el suelo.
Me acerqué a la antigua piedra y puse mis manos sobre ella.
Cerré los ojos y traté de visualizar cuántas personas antes que yo habían tocado esas piedras, cuántas vidas ya perdidas habrían vivido en este lugar: sus alegrías, sus penurias, los niños creciendo…
para convertirse en padres de niños que tendrían que jugar en esa calle… y vivir entre sus muros.
Y la piedra recargó mis fuerzas con energías viejas, encerradas… no perdidas.
Continué mi largo paseo por el centro. Sabía que, en un lugar determinado, debía desviarme a la derecha… pero ¿dónde? Seguí caminando y, al llegar a las escaleras de piedra, las bajé, y me encontré de frente con el Mercado Central, con la Lonja a la derecha.
Supe que me había equivocado… mucho. Pero valió la pena.
Tras una caminata importante, logré salir a las Torres de Serranos.
Empecé a verlas desde lejos, por su parte trasera, mientras me acercaba a la plaza de los Fueros; sus grandes arcos apuntados semejaban balcones asomados a una Valencia cambiante, mientras ellos, inexpugnables, resistían los embates del tiempo.
Las rodeé y me alejé para contemplar su majestuosidad de frente.
La antigua puerta defensiva había visto cómo la Valencia que terminaba antaño a sus pies…
hoy había crecido hasta no poder vislumbrar su final.
Siguiendo el antiguo cauce del río, logré llegar, por fin, a la Casa de la Caridad. Me recibió una mujer de unos cincuenta y tantos, rubia y bien vestida, que atendía al nombre de Marisa. Observé cómo se movía con seguridad y una sonrisa amable iluminaba su rostro.
—Bonica, no sabría decirte… de eso hace muchos años.
Cuando el Papa —porque para mí siempre será mi Papa— vino a visitar Valencia después de la pantanà de Tous, yo tendría unos doce años.
Recuerdo el entusiasmo en las calles: la gente agolpada para ver pasar al Papa, nos pintamos la cara con rayas amarillas y blancas e hicimos preciosas pancartas con el Totus tuus.
Algunos niños llevaban también banderitas.
—Rio recordando—. Pero Juan Pablo II pasó con el Papamóvil, saludando a izquierda y derecha, y en segundos ya no estaba.
Una espera de horas… para verlo dos segundos.
En aquel momento me decepcioné bastante.
De lo que me dices de donaciones, no sé nada.
Entra y pregunta por doña Remedios; quizá ella, que lleva aquí más tiempo, pueda ayudarte, bonica. Suerte.
Doña Remedios me recibió escéptica, elegante, bien plantada, con un aire de autoridad tranquila. Me observaba mientras cruzaba los brazos y asentía levemente, escuchando cada palabra.
—Pues sí, recuerdo el espolín del que me hablas perfectamente.
Lo llevamos a la mejor tintorería; quedó perfecto, como nuevo.
Lo empaquetamos con todo cuidado y lo metimos en una larga caja de madera para que no se arrugase, y yo misma, junto a Mari Carmen Benavent, se lo ofrendamos a Juan Pablo II en la misa oficiada en la Alameda.
Fue una misa muy emocionante, mira, aún se me eriza el vello cuando lo recuerdo.
—¿Registro dices? —añadió—. Sí lo habrá, claro, pero yo no puedo buscarlo; tendrías que presentar un escrito con tu petición. Yo eso no lo entiendo ni es mi labor.
Me quedé en silencio, absorbiendo cada detalle, sintiendo la seriedad y precisión en sus palabras.
—Me alegra haber podido ayudarte —finalizó—. Vuelve cuando quieras.
Y me fui.
Al menos me había confirmado que el espolín había acabado en manos del Vaticano… y eso eran palabras mayores.
Salí de la Casa de la Caridad con una sensación de alivio que me hizo sonreír por un instante. Había encontrado lo que buscaba. Había confirmado que el espolín había llegado al Papa.
Al menos sabía cuál había sido su siguiente viaje.
Me sentí satisfecha, tranquila… pero solo por un instante.
La incertidumbre volvió. El siguiente paso me aterraba.
¿Cómo seguir adelante? ¿Cómo averiguar lo que necesitaba en el Vaticano, un mundo tan grande, tan inaccesible, con tanto abolengo y seriedad?
¿Averiguaría Nita cómo ponerse en contacto con alguien allí? ¿Dónde tendríamos que buscar ahora?
Y mientras el miedo me envolvía, sabía que aún me quedaba lo más cercano y lo más íntimo: la tercera caja de mi yaya Carmela, custodiada por Enrique.
El reunirme con él me imponía respeto por un lado y, por otro lado, algo en mi mente y en mi estómago me hacía sentir temor, al pasado, a la verdad, a la vida recordada, a la tragedia del amor.
El miedo se enredaba conmigo, lento, persistente. ¿Y si no estaba preparada? ¿Y si abrir esa caja desenterraba recuerdos demasiado duros, secretos que cambiarían todo lo que creía saber de mi yaya, de mí misma, de mi familia?
Aun así, no podía detenerme. Tenía que seguir. Tenía que enfrentarme a la verdad que me esperaba en dos lugares distintos, tan distintos y, sin embargo, tan cercanos en mi corazón. Y sabía que, al día siguiente, daría el primer paso hacia la casa de Enrique, enfrentando lo que allí se escondía.
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Desperté unos minutos antes de que sonara el despertador.
Había sido una noche espesa, llena de manos que acariciaban que no eran las mías, labios que besaban que no me pertenecían, historias de algo que nunca ocurrió y, en medio de todos aquellos sueños…
él. Su cara, sus manos. Yo trataba de acercarme a Quique de manera desesperada, una y otra vez. Y él, siempre, se escapaba.
Salí de casa con decisión, aunque algo tarde.
El tráfico en Gran Vía era denso, propio de un primero de septiembre.
El túnel que te engulle en Marqués del Turia y escupe en Plaza de España lo crucé lenta, muy lentamente.
Tras tres vueltas conseguí aparcar en el Mercado de Abastos.
Me quedé plantada en la acera, pensando cómo iba a decirle a aquel anciano quién era y qué quería.
La yaya Carmela había dejado un papel con una dirección y un nombre. Pero… ¿cuánto tiempo habría pasado desde entonces? Podría haber ocurrido de todo: que Enrique se hubiera deshecho de la caja, que estuviera enfermo… o que ya no estuviera.
Enrique.
Calle Buen Orden, 33.
Bien, pues allá vamos.
Y entonces lo vi.
En la puerta, mirándome por debajo de unas Ray-Ban aviator, apoyado en su Mercedes blanco, estaba Quique.
Me frené en seco.
Sonreía con esa media sonrisa ladeada que me desbancaba por completo mirándome por debajo de la montura dorada. Estaba guapísimo. Llevaba bermudas azules y su habitual camisa de lino blanca, arremangada hasta los antebrazos. Un pie apoyado en la rueda delantera, los brazos cruzados.
¿Me esperaba?
Me acerqué, intentando que no se notara el temblor en mi voz.
—¿Qué haces tú aquí? —le dije acercándome un poco, sin saber si increparle o besarle—. ¿Me estás siguiendo? —le dije en una actitud entre el coqueteo y la duda.
—Buenos días, Marina —me dijo irónico, sin dejar de sonreír, haciéndome ver mi falta de saludo.
—Buenos días, Quique… perdona.
Se quitó las gafas y me recorrió de arriba abajo.
—Eso está mejor —me reprendió con media sonrisa.
—Vengo a ver a mi abuelo.
—¿Tu abuelo? ¿Vive por aquí cerca?
—Mmm… así es.
Me miraba como si se deleitara con mi presencia, sin pudor, insinuante, recordándome con su mirada sus caricias, esa noche … por dentro me derretía. Sentí que me faltaba el aire y decidí huir.
—Tengo que irme, Quique. Hablamos pronto.
Di varios pasos hacia el patio, pero el magnetismo que me unía a él desde el centro del estómago tiró de mí con una fuerza que no supe ignorar. Me giré de pronto.
—¿Me buscarás?
En cuanto la pregunta salió de mi boca, vi cómo él se quedaba quieto, apenas un segundo, con una intensidad en los ojos que no esperaba.
No dijo nada, pero su mirada… su mirada era una respuesta en sí misma.
Había en ella una certeza silenciosa, una especie de promesa que parecía escapársele por dentro, como si ya hubiera tomado esa decisión mucho antes.
Como si, aunque no lo dijera, fuera incapaz de hacer otra cosa.
—Claro, Marina.
Asentí y me giré de nuevo, avanzando hacia el patio. Y entonces lo oí, muy bajo, casi como si se le escapara sin querer:
—Siempre.
Una sonrisa tonta me cruzó la cara de oreja a oreja. Él no la vio. Tampoco vio los hilos invisibles que nos unían, tensos, inevitables, que se estiraban sin romperse… para dejarme ir.
Llamé a la puerta donde podía leerse el nombre de Enrique Ruiz y María Ferriols. Sentí un nudo en el estómago; no sabía si me abrirían. Al fin y al cabo, no era más que una desconocida llamando sin previo aviso. Pensé en lo que diría, que era la nieta de Carmela y que…
—¿Diga?
—Ehh… hola, soy Marina Pérez de Ayala y…
La puerta se abrió sin pedir explicaciones, sin espera. Subí las escaleras hasta el tercer piso con las dudas sobre mis hombros y las expectativas a mis pies.
Golpeé suavemente con los nudillos...