Tiempo bordado en hilos de espolín Capítulo 16
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Capítulo 16

Uniendo cabos

Volví a Valencia una mañana lluviosa. El aire olía a tierra mojada, a ozono, a petricor, no era el día perfecto, pero sentir el frescor de la fina lluvia sobre la piel hizo que mis sentidos se activaran y me predispuso para comenzar el día con una energía renovada.

Durante el viaje en coche, la lluvia arreció, obligándome a poner los cinco sentidos en la carretera, lo cual hizo que me cansara antes de lo previsto; mi estómago rugía y sentía los ojos pesados. Era el momento de parar y repostar.

Paré en un área de descanso. Necesitaba un café, un respiro y esperar a que el cielo se apiadara un poco para continuar.

Mientras cruzaba hacia la cafetería, un Mini Cooper azul estuvo a punto de atropellarme.

Alcé la vista a tiempo de ver cómo pasaba ante mí el portón trasero y desaparecía entre la cortina de agua.

Ni siquiera pude increparle, tampoco distinguí al conductor.

Solo me quedó la certeza de que era un inconsciente.

Dentro del área de servicio, me acomodé en una mesa junto al ventanal.

Pedí un café con leche y un croissant. Desde allí observaba la lluvia creando charcos cada vez más hondos, mientras el repiqueteo en los cristales me adormecía.

Casi caí rendida sobre la mesa, hasta que un pensamiento me sacudió: la búsqueda que tenía por delante, el Papa, el espolín… y la certeza de que necesitaba ayuda.

Saqué el móvil y marqué un número.

—Nita, te necesito.

Nita nunca se resistía a un reto. Y este, sin duda, lo era. Su experiencia en rastrear tesoros la hacía la mejor compañera de viaje. Además, la suerte jugaba a mi favor: estaba de vacaciones y, en cuanto le expliqué —muy por encima— mi misión, aceptó sin pensarlo.

Nos citamos en la esquina de mi casa, paseamos hacia la Gran Vía Marqués del Turia y nos sentamos en una de sus cafeterías con terraza exterior, en una mesa para dos, algo separada del resto. Pedimos un par de Colas cero y nos pusimos al día de nuestras cosas; fue agradable retomar su amistad.

Mi amiga tenía esa manera fresca y natural de abordar cualquier problema y convertirlo en liviano, por muy pesado que a ti te pareciera, sabía escuchar y lo hacía con atención, siempre estaba dispuesta a ayudar y realmente su ayuda en ese momento era muy valiosa para mí.

No conocía a nadie más que pudiera obrar milagros con las negociaciones y las búsquedas imposibles.

Desplegué ante ella todo lo que guardaba hasta entonces como un secreto:

Los objetos de las cajas.

El guardapelo que colgaba de mi cuello, con su corazón de plata a la vista y un secreto resguardado en el interior.

La copia de los archivos de San Vicente de Paúl.

Los recortes de la visita de Juan Pablo II en 1982.

Y la foto de mi yaya vestida de valenciana, luciendo orgullosa el espolín.

—¡Nena, nena, nena! —exclamó, con esa mezcla de entusiasmo y picardía que siempre la acompañaba—. ¡Qué emocionante! Claro que me apunto. ¿Por dónde quieres empezar?

—Creo que iré a la Casa de la Caridad —le respondí—. Tal vez allí puedan contarme algo más sobre la donación, es posible que no encuentre nada, pero he de intentarlo.

—Haces bien —me contestó mientras se pintaba los labios con un rojo Valentino brillante—. Yo, por mi parte, intentaré averiguar cómo contactar con el Vaticano. A lo mejor el espolín quedó registrado en algún archivo.

Me quedé de piedra. No había pensado más allá de la Casa de la Caridad y la tercera caja. ¿Roma? ¿De verdad? La búsqueda, que ya me parecía enorme, adquiría de pronto una dimensión internacional y eso me abrumaba sobremanera. Mis manos comenzaron a humedecerse y se me secó la boca.

Sabía, sin embargo, que Nita tenía ventaja: hablaba un italiano perfecto, como su hermano Quique…

¡Ay, Dios! ¿Se lo cuento? Mejor no. Su madre, italiana de origen y valenciana de adopción, había sembrado en ellos esa lengua antes de morir en el accidente que la sorprendió junto a su marido en un viaje a Borgoña.

Ambos murieron demasiado pronto, cuando Nita y Quique eran aún unos críos.

Quizá por eso ella se había vuelto tan fuerte, tan valiente, incapaz de resistirse a una aventura.

Y ahora estaba conmigo, dispuesta a lanzarse de lleno en la mía.

Mientras la miraba, no pude evitar pensar en que nuestras vidas y las de quienes nos rodean parecían estar entrelazadas, formando un círculo que se extendía más allá de lo evidente.

Pasado y presente, recuerdos y secretos, coincidencias y misterios…

todo conectaba. Y yo estaba lista para seguir el hilo.

3.María

Querida hermana Lucía:

Sí, hoy te llamo Lucía, que es cómo te llamé toda mi vida, el nombre que te dieron al nacer, por el que te llamaba de niña cuando te reprendía por tus travesuras. Sí, te llamo Lucía porque lo que hoy te vengo a contar son buenas nuevas y son asuntos familiares.

Cuánto te eché de menos, cómo deseé que estuvieras junto a mí en mi día especial, pero lo comprendo …fue imposible pese a que lo intentaste.

Lucía, la boda fue hermosa y muy emotiva.

Yo estaba radiante con mi traje blanco de organza de seda bordada con pequeñas flores, igualito al de la infanta doña Pilar de Borbón; me puse guantes, como ella, y un larguísimo velo de tul sujetado por una corona de azahar, como mi ramo, un bouquet precioso.

Enrique estaba guapísimo con traje negro y pantalón de mil rayas.

No puedes imaginar qué emocionado estaba padre de verme delante del altar y de la Virgen de los Desamparados diciendo el sí quiero con tanta alegría.

A la boda vinieron muchas de mis clientas del atelier, no me podía creer que hubieran aceptado tantas siendo una boda sencilla ¡Y todas quisieron que les confeccionara un traje para la ocasión!

¿No puedes imaginar quién nos trajo los anillos?

El pequeño Alberto que está hecho un hombrecito, acompañado por dos niñas hijas de la familia Pérez Avilés.

Enrique contrató una parte de la Escolanía de Nuestra Señora de los Desamparados, que cantaron como ángeles y cuando terminó la ceremonia. ¡Ay, Lucía! No pude dejar de llorar durante el himno de la Coronación de la virgen.

El banquete lo celebramos en el hotel Astoria, todo un lujo y la familia Pérez Navas i Vivons (sí, sí los padres de Alberto) nos regalaron la noche de bodas en el hotel.

Cenamos muy bien y la tarta era preciosa de tres pisos, blanca con rosas de azúcar que la rodeaban hasta llegar a la figura de los novios que nos representaba.

Cuando salimos a cortar la tarta todos los invitados se pusieron en pie y a Enrique le dieron una espada para cortar el pastel que luego me dio a probar.

Bailamos hasta bien entrada la noche, el pequeño Alberto se durmió en dos sillas que le prepararon para que estuviera cómodo, luego se lo llevó su tata.

De la noche de bodas nada te contaré, solo que soy muy feliz y muy afortunada de tener un hombre tan cariñoso y amable a mi lado.

Nos fuimos de viaje a Asturias y recorrimos sus preciosos pueblos y parajes.

Estuvimos en Oviedo, en Gijón y en el parque de Somiedo, llegamos hasta los picos de Europa y fuimos a ver el santuario de Covadonga y sus lagos.

Te hubiera encantado ver el santuario arriba de la roca, con la cascada debajo.

Recé por ti para que fueras feliz y fuerte en tu misión de ayudar al prójimo, reza por nosotros y no te descuides tú tampoco.

Y ahora me toca comunicarte la mejor noticia de todas, me encuentro en estado y pronto serás tía.

Solo han sido dos faltas, pero nos sentimos muy felices y esperanzados, Enrique se preocupa mucho por mí y no deja que haga esfuerzos de más, mi trabajo ya me lleva muchas horas, pero he contratado una aprendiz para que alivie mi trabajo y está aprendiendo muy rápido, no te preocupes yo me encuentro muy bien de salud y como por dos, como me recomiendan.

Te envío en esta carta fotos tanto de la boda cómo del viaje, tengo tantas ganas de verte. ¿Podrás venir el próximo verano a conocer al bebé? Rezaré por ello para que puedas conocer a tu sobrino o sobrina, si es niño le pondremos Enrique, si es niña Sara que es un nombre precioso y bíblico.

Estoy algo cansada así que me despido con todo mi cariño y deseando verte pronto.

Tu querida hermana

María.

Dos días después de mi encuentro con Nita, caminé hacia el paseo de la Petxina.

No quise coger el coche; necesitaba sentir la ciudad bajo mis pies, dejar que el calor y el olor de agosto me atravesaran mientras en la tierra de las flores, de la luz, del amor…

hacía treinta y ocho grados. La humedad pegajosa se adhería a la piel, olía a jazmín y, desde el mar, llegaba un perfume salado y pegajoso.

Las parejas paseaban cerca, pero con los cuerpos separados.

El sol reventaba sobre un azul moteado de blanco y gris.

La calle Colón estaba tranquila, diferente al ajetreo habitual.

Los escaparates mostraban las segundas rebajas, y el Corte Inglés parecía más un refugio que una tienda: un respiro fresco en medio del calor implacable.

Giré hacia Poeta Querol, dejando que mis ojos se posaran en el Palacio del Marqués de Dos Aguas.

El mármol tallado brillaba con la luz, y por un instante sentí que Valencia me sorprendía otra vez…

como si la hubiera olvidado… y ahora me recibiera con los brazos abiertos.

Caminé por la calle de La Paz, recordando la vida de mi yaya con Felipe, el eco de un pasado doloroso. La placa desvencijada en la jamba del portal aún guardaba su nombre: «Doctor Don Felipe Gastaldi, 1° PTA 2».

Continué hacia la Plaza de la Reina, donde el mármol reflejaba la luz solar con un blanco cegador. Los bancos vacíos, sin sombra, parecían olvidados. Frente a mí, el Micalet se erguía: testigo de siglos, de cambios, de mil historias pasadas.

Me acerqué a la catedral y a la Basílica de la Virgen. Me senté en la fuente del Turia, mojándome apenas el cuello para soportar el calor, y continué hacia el Palacio de la Generalitat.