Capítulo 15
La derrota
La vi.
Sentada en una cafetería, con un café con leche entre las manos y hablando con… ¿quién?
Un hombre. Ella le mostraba unos papeles; él asentía, demasiado atento. Marina lo miraba con calma, casi distraída, pero él parecía devorarla con los ojos.
Me apoyé contra la pared, los brazos cruzados, intentando contener la presión que me subía por el pecho. El estómago se me encogió, la mandíbula me dolía de tanto apretarla.
Habían pasado veintinueve días desde la última vez que la tuve cerca. Lo sé, porque los contaba como un reo marca rayas en la pared. Y volver a verla… me desarmaba.
Se recogió el pelo en una coleta. Algo le molestaba; era un gesto que repetía cuando no se sentía segura. Lo había visto en más de una ocasión, cuando era adolescente y alguien la incomodaba.
Me puse en guardia.
El calor me subió por el pecho, oleadas que tensaban los músculos hasta doler. Las palmas sudorosas, el pulso golpeando en la sien, una punzada seca que me empujaba a entrar de golpe.
Y entré.
La cafetería estaba abarrotada. Una mesa de cinco o seis mujeres reía a carcajadas, contándose intimidades a voces mientras bebían café y gesticulaban con energía.
Alrededor, empleados de oficina en su pausa de media mañana, estudiantes absortos en sus móviles, el ruido incesante de platos y cucharillas mezclado con conversaciones ininteligibles.
Yo solo la veía a ella.
De reojo distinguí un dosier con fotografías de trajes antiguos y mujeres en enaguas. Trabajo, pensé. Pero entonces los dedos del hombre rozaron los suyos.
Me tensé.
Un zumbido me estalló en los oídos; el aire se espesó, y sentí la bilis martilleando en mi garganta.
Marina le sostuvo la mirada apenas un segundo y esbozó una sonrisa breve, cortés, sin demasiado interés. Era un cierre, no una invitación.
El hombre insistió en apartarle la silla. Ella recogió los papeles sola, con prisa; le incomodaba él.
Cada fibra de mi cuerpo gritaba por acercarme, protegerla… Pero respiré hondo. Conté mis pulsaciones, una tras otra, hasta que el corazón comenzó a acompasarse. Y entonces lo supe: la guerra entre mis sentimientos y mi razón había terminado.
Me rendí. Me rendí al miedo de perderla, a la necesidad absurda de controlarlo todo.
Acepté la posibilidad de amarla, con todo lo que eso implicaba, siempre y cuando fuera ella quien me eligiera; siempre y cuando ella quisiera que la protegiera, que la quisiera.
Si así era, no dejaría que se arrepintiera nunca.
Los hombros cayeron, los puños se abrieron, el corazón latía en un murmullo sereno. La vi salir de la cafetería. Quise seguirla, pero no era el momento.
Te buscaré siempre, Marina. Siempre.