Tiempo bordado en hilos de espolín Capítulo 14 #3
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Capítulo 14 #3

Salí con Claudia. La luz del atardecer sobre el barrio hacía que Madrid pareciera más amable, más cercano. Cerrábamos un capítulo importante, pero sabía que quedaba mucho por descubrir: la tercera caja de Carmela, la historia de Alberto… quizá respuestas que solo el tiempo podría darme.

Pensé en aquel cuento de mi yaya:

La pequeña hada, hija de Margarita, creció feliz, ajena al mal que la rodeaba, protegida por las hadas buenas dentro de su gran tronco.

Creció y creció, y un buen día conoció a un perfecto príncipe que la hacía muy feliz; era guapo, sí, pero sobre todo muy inteligente: hablaba el idioma de los gnomos, de los troles y de los guijarros, y quería comprenderlo todo.

Y su mundo cambió.

Aunque seguía queriendo explorar cada rincón, ahora lo más importante era ella: su propio mundo, tan grande… tan inexplorado… Se centró en hacer feliz a quien amaba y él le correspondió con su amor. Juntos lucharon contra los gnomos y las luciérnagas negras en la guerra de las cien lunas.

Viajaron por lagunas infestadas de gnomos, cruzaron mares a lomo de delfines y grandes peces azules, se adentraron en oscuros bosques dónde los guijarros cantaban su chirriante canción noche y día, lucharon ferozmente contra los malvados Trolls salvando sus vidas milagrosamente.

Pero el tiempo pasó y la guerra descansó.

En su largo peregrinaje, encontraron un tronco cubierto de madreselva. Allí decidieron establecer su hogar. Pronto llegó una hija, Esperanza. Y fueron felices… hasta que nuevas dificultades aparecieron.

La pequeña Esperanza estaba predestinada a restablecer la paz en un reino destruido por la ignominia y la maldad.

La pequeña debía emprender una misión: buscar en los tres troncos del valle sagrado la solución a los conflictos de su mundo. Solo ella podía hacerlo: por sangre, por linaje, por educación.

Cada tronco guardaba un secreto:

•el primero enseñaba a escuchar el corazón;

•el segundo, a proteger lo que se ama sin perder la esperanza;

•el tercero, mostraba que la verdadera paz se encuentra en el equilibrio entre coraje y ternura.

Al recordarlo, sonreí.

Quizá, en cierto modo, yo también estaba buscando mis tres troncos.

Mi propio camino.

Entre secretos, recuerdos y mundos antiguos que me aguardaban.

Y mientras avanzaba, comprendí que cada descubrimiento, cada objeto, cada historia… era un tronco más que me ayudaría a hallar mi propia paz.

Mi propia paz.

~~~

La obligación me esperaba; tenía que entregar y ultimar con la revista el dosier de historia del vestir que, entre sorpresa y sorpresa, había estado preparando. Aunque era mi trabajo, mis compañeros, mi oficina… me sentía ausente, extraña.

Habían pasado muchas cosas desde que mi vida se limitara a la redacción. No era el trabajo, era yo. Había cambiado. Era una Marina en una versión diferente.

Pasé entre las filas de mesas y cubículos saludando a mis compañeros —a unos más que a otros—. Llegué a mi despacho y…

—Hola, Gabi —dije con desgana; el pedazo de idiota aún estaba allí.

—¡Eyy, princesa! Ya era hora.

—Traigo el último dosier del siglo XVIII.

—Tendrás que entregárselo a David Solares, es el nuevo encargado de la sección.

Vi en él un ligero movimiento de cejas que me indicó que no estaba muy de acuerdo con esa decisión.

—¡Ja! ¿Qué ha pasado con tu liderazgo, Gabriel? Parece que se te ha escapado de las manos, ¿no?

Me deleitaba ver cómo se encendía su cara como una bombilla, él que había venido a ser el líder absoluto de la revista.

—Vete a la mierda, Marina.

En ese momento entró David Solares, compañero de trabajo y buen amigo, que cambió su sonrisa por un rictus duro al oír a Gabriel increparme.

—¡Gabriel! —exclamó con furia—. Te quiero en mi despacho a las tres en punto.

—Así lo haré —respondió muy ufano Gabriel.

—Capullo —murmuró por lo bajo.

—¿Qué has dicho?

—Que estaré a las tres en punto.

David me cogió del brazo y me sacó del despacho.

—Tengo una horita; si quieres, podemos salir a la cafetería y me entregas el dosier.

David siempre me había tenido en alta estima, quizás demasiado alta. Le gustaba cogerme del brazo y acercarse demasiado; me incomodaba, pero no pude decir que no y acepté.

Por el camino a la cafetería no paraba de hablar y contarme cotilleos de oficina.

Yo me sentía ausente; era como si mi mundo hubiera desplazado su punto de referencia.

La revista poco tenía que ver ahora conmigo, mis intereses habían cambiado de pleno.

Poco me importaba quién se había liado con quién, ni a quién habían reprendido. Todo era superficial.

Mi atención, mi mente, estaba centrada en la búsqueda del espolín y en Quique, del cual nada sabía desde que salí de su casa aquella única noche; única porque solo fue una con él y porque había sido la mejor que había tenido jamás. No importaba; el destino nos volvería a juntar… o eso pensaba.

En la cafetería, David escuchó mi explicación del dosier; lo ojeó con cierta atención, pero su interés estaba más centrado en mí. Se acercaba demasiado, trataba de tocarme a cada momento, me sonreía… demasiado.

Puse una excusa y me fui. No pude aguantarlo ni un minuto más.