Capítulo 12 #2
—Mira está foto, niña, ¿ves la mujer que hay detrás de la hermana? Soy yo, ja, ja, ja, pero mucho más joven y con esas gafas de sol enormes que llevábamos en los 60, eran un artilugio muy útil para ocultar las lágrimas y el dolor.
—Concha, ¿te acuerdas de si dejó un traje de fallera en la casa cuna?
—Pues… algo me viene a la mente, aunque si alguien sabe de ese traje tendría que ser la hermana Fe.
Ella también era valenciana y se ocupaba del bienestar de Carmela.
Tu yaya era de las de pago y estaba muy bien atendida, aunque decidió estar en una habitación común con las demás chicas; no quería tener privilegios.
La hermana Fe y ella iban juntas a todos lados, hubo una relación de amistad más allá de la de cuidadora y atendida.
Estoy segura de que, si Carmela dejó algo así, se lo entregó a ella.
—Y el niño, ¿sabes qué fue de él?
—Ay, no, hija, de eso nada informaban, se llevaba con mucha discreción, pero insisto en que a quién has de preguntar es a la hermana Fe.
—¿Y cómo hago eso? Hace sesenta años, quizá no viva.
—Bueno, puede que sí y puede que no, la hermana Fe era muy joven, una novicia apenas no tendría más de diecisiete años, así que puede que aún puedas hablar con ella.
—Pero ya no puedo encontrarla en Fraisoro, ¿dónde busco? —dije atribulada y con un rictus de confusión en mi cara
—Tranquila, niña, seguro que encontrarás un hilo del que tirar. Comienza por la Casa de la Misericordia, allí se trasladaron algunas de las hermanas que salieron de Fraisoro.
Se levantó de la mesa y fue hacia la boiserie, sacó un raído álbum de tapas rojas imitación a cuero y poniéndolo sobre la mesa, como si supiera de memoria cada hoja y la disposición exacta de cada fotografía, sacó una foto del plástico protector y me la tendió.
—Ten, quizá te ayude, somos Carmela con mi hija en brazos, ella embarazadísima, y esta, es la hermana Fe, búscala.
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Salimos de casa de Concha con esa calma que dejan las conversaciones largas, cargadas de recuerdos. El aire de San Sebastián nos envolvió con un aroma mezcla de sal y tierra mojada. La tarde estaba cargada de luces y sombras, con ese cielo cambiante que alterna nubes algodonosas y claros luminosos.
El ambiente era tibio, sin ser frío, la brisa del Cantábrico nos refrescaba el rostro entrada la tarde y una fina llovizna mojaba el pavimento empedrado.
Claudia tomó el volante y seguimos la carretera que bordea la bahía.
La ciudad se desplegaba ante nosotras: la curva perfecta de la playa de La Concha con su barandilla blanca, parejas paseando de la mano, niños corriendo tras pelotas que rodaban hacia la arena húmeda.
Más allá, el Monte Urgull se alzaba como un guardián de piedra.
Yo iba pensando en Carmela y en cómo, después de tantos años, una pista podía encontrarse tras una puerta que aún no sabíamos si se abriría.
Era tarde cuando nos presentarnos en la puerta de la Casa de la Misericordia sin previo aviso, nos acercamos para saber qué nos podíamos encontrar.
La Casa de la Misericordia estaba a pocas calles del centro, imponente, con su fachada sobria de piedra y esas ventanas altas que daban la sensación de ser observadas desde dentro.
Al acercarnos, sentí que las conversaciones bajaban de volumen y que incluso los pasos se amortiguaban.
En la portería, una hermana de hábito impecable nos recibió con una sonrisa amable y la voz baja, a media voz.
—¿Buscan a alguien? —preguntó.
—Bueno, es complicado, buscamos a una hermana que estuvo ayudando en Fraisoro durante los años 60, sé que es difícil, pero…
—Ya, ya, ya —me interrumpió—. ¿Buscando un niño dado en adopción?, no son las primeras personas que preguntan, y ¿de dónde vienen?
—De Valencia, hermana.
—Qué casualidad, ayer mismo estuvo aquí una chica muy joven y muy bonita preguntando, también venía de Valencia.
—¿Y por quién preguntan? Si se puede saber
—Por la hermana Fe —respondí con dudas, temiendo una negativa, un traslado, o incluso algo peor—. Nos dijeron que podía estar aquí.
—Sí, hija, sigue con nosotras, pero ya está retirada. Vive en la parte antigua, en las habitaciones que usamos para las hermanas mayores, pero vengan mañana tempranito después de la misa de laudes.
—Gracias, hermana —le contestó Claudia, sonreía con sinceridad, pero noté un deje de ironía en su sonrisa que no logré comprender.
Al día siguiente madrugamos, nos vestimos y yo me colgué al cuello lo que ya era costumbre, el guardapelo de mi yaya con la foto del bebé y el ricito dorado y le recé:
—Yaya, ayúdame con esta misión que me has encomendado, ruega por mi fortaleza, pide por que encuentre la predisposición necesaria, que a mi mente lleguen las palabras oportunas y encamine correctamente mis pasos hacia el destino final por la gracia de Dios y con la ayuda de la Virgen de los Desamparados, amén.
Llegamos a la Casa de la Misericordia poco después de las siete de la mañana, la hermana Agustina —la misma que nos recibió el día anterior— nos condujo por un pasillo silencioso, donde el olor fresco del jardín ascendía para colarse por las ventanas enmarcadas entre columnas que asomaban al patio limpio y cuidado.
Las paredes, de un blanco ligeramente amarillento, estaban decoradas con crucifijos y pequeños cuadros de santos.
Al final del corredor, una puerta de madera clara se abrió con un leve chirrido.
La habitación era pequeña, apenas un rectángulo con una cama estrecha de cabecero de madera sencillo, rematado con dos adornos ovalados que por su tamaño recordaban a huevos de avestruz. El lecho estaba cubierto por una colcha de ganchillo, probablemente realizada por la propia hermana Fe.
Sobre una banqueta tapizada en terciopelo rojo descansaban las agujas y algún trabajo recién comenzado.
Una mesilla de noche sostenía un vaso de agua y un rosario; había también una estantería con pocos libros y, colgado en la pared, un crucifijo gastado.
En una hornacina situada en la parte principal de la estancia, destacaba una imagen de la Virgen de los Desamparados, de unos treinta centímetros, con su manto de brocado en oro y azul.
En la ventana, una maceta con geranios asomaba tímidamente al exterior.
La hermana Fe estaba sentada en una butaca junto a la luz del amanecer. Tenía el rostro fino, con algunas arrugas, pero aún conservaba un cutis perfecto, blanco y terso. Vestía un sencillo traje gris con chaqueta de punto y blusa blanca.
—Hola, hijas, pasad, pasad, la hermana Agus me ha hablado de vuestra visita, ¡qué emoción encontrarme con gente de mi tierra!
—Hermana Fe, gracias por recibirnos.
—Es una alegría, hija, aunque no sé si podré ayudar, de Fraisoro han pasado muchas misas y mi memoria comienza a tener lagunas ja, ja, ja. Pero sentaos, hablemos. ¿En qué os puedo ayudar?
Pese a la ventana abierta, el aire estaba viciado un suave olor a agua de rosas, crema Nivea, algo de humedad y un leve rastro de orina probablemente de la bacinilla que asomaba por debajo de la cama.
—Hermana… —empecé, sintiendo un nudo en la garganta—. Venimos por algo que quizá recuerde de hace muchos años, de Fraisoro.
Ella parpadeó lentamente y asintió, como si acabara de abrir un cajón que no tocaba desde hacía décadas.
Saqué de la bolsa la fotografía de Carmela y se la di.
—Cuánto tiempo —dijo tocando con su dedo la imagen—. Esta soy yo, y la mujer es Carmela.
Al oír el reconocimiento por parte de la hermana di un respingo, el corazón se me aceleró en el pecho como un coche al que acabas de apretar a tope el acelerador.
—Cuanto me alegro de que la recuerde, hermana. —Mis manos cogieron las suyas, suaves, con piel finísima y con unas uñas perfectamente cuidadas, unas lagrimitas deslizaron por mis mejillas, lágrimas de emoción retenida y de tensión.
—¿Recuerda si mi yaya Carmela dejó en la casa cuna un traje de valenciana?
—Claro que sí, me encargó personalmente su donación; era para la manutención de su hijo.
Ella lo llamó Eloy, aunque hoy su nombre debe ser otro.
No vi preciso entregar el espolín de Valencia a una familia más que bien acomodada, con muchos recursos y con lo que parecía un futuro prometedor.
Decidí guardarlo, mantenerlo escondido por si en un momento dado la situación del niño cambiaba; quién sabe, a veces ocurre.
Si la congregación se hubiera enterado de que tenía en mi poder un vestido de ese valor, me habría visto en serios problemas, por lo que, debido principalmente a mi juventud e insensatez, decidí esconderlo dentro de un baúl que contenía prendas donadas que se habían descartado.
Lo envolví con papel de seda y en un mocador de cuadros, lo acomodé en el fondo entre algodones y retortas, y bajé el arcón a una bodega llena de trastos viejos donde nadie en su sano juicio osaría rebuscar.
»Pasaron los años y yo regularmente lo revisaba para que estuviera perfecto, cambiaba el laurel y la lavanda para protegerlo de las polillas y lo estiraba de manera que no se dañara.
En 1980 las hermanas de la caridad abandonamos Fraisoro, había sido una retirada gradual hacia la conversión total en centro laico, sabíamos que ocurriría, así que me llené de valor y le confesé a la madre superiora la posesión del espolín, que había permanecido custodiado durante casi quince años en el fondo de un baúl sin nombre, pero nunca olvidado.
Después de la inicial sorpresa y de la reprimenda —movió sus manos para indicarnos que no tenía importancia— se decidió que se entregaría a la casa provincial de San Vicente de Paul en Madrid.
»A partir de ahí, le pierdo todo rastro, siento no poder ayudarte más, niña, pero nada más sé. Rezaré para que logres tus objetivos y rezaré por el alma de tu abuela Carmela, Dios la tenga en su Gloria.
Salimos de la Casa de la Misericordia con un hilo de esperanza, un nuevo lugar donde indagar… y una caja enorme de dulces que nos habían regalado.