Tiempo bordado en hilos de espolín Capítulo 13
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Capítulo 13

Leyéndote desde mi ventana

Mi queridísima hermana María:

Que la paz de Cristo esté siempre en tu corazón.

Yo me encuentro bien, gracias a Dios, aunque algo cansada de las largas jornadas aquí, en la casa cuna.

Estos días he vivido mi primera experiencia acompañando a una madre en su embarazo y posterior parto.

Ha sido duro, no lo niego, pero también me ha dotado de una fuerza interior que ignoraba en mí, como si el Señor me la hubiera regalado para sostenerme.

Esa joven mujer me ha enseñado, sin proponérselo, a luchar con tesón, a amar sin condiciones…

y también me ha mostrado el rostro más oscuro de la vida: el de la incomprensión, la dureza y la manipulación de quienes carecen de compasión y de ternura.

Cada noche rezo por ella y por su pequeño, para que encuentren un camino de luz y esperanza.

Es por este niño, hermana mía, por quien hoy te escribo con el corazón en vilo.

Ha sido adoptado por una familia valenciana de buena posición: los Pérez Navas y Vivons.

En lo material, nada le faltará, pues poseen fortuna.

Conocí a la pareja, y en apariencia se mostraban atentos el uno con el otro: se miraban con afecto, se hablaban con respeto.

Pero tú y yo sabemos que tras muchas puertas cerradas se esconde a menudo la frialdad, y que no todo lo que se enseña en público es reflejo de la verdad íntima.

Su madre —cuyo nombre no puedo revelarte— lo llamó Eloy.

Sin embargo, sus padres adoptivos, Manuel y Elvira, decidieron darle el nombre de Alberto Pérez Navas y Vivons.

El niño es un ángel, María: su cabello rubio y dorado como espigas bajo el sol, y sus ojos profundamente azules como un cielo de verano.

En su hombro izquierdo lleva una marca muy especial: un lunar con forma de corazón muy particular que ayudará a reconocerlo.

Te ruego, hermana, que cuando tengas ocasión intentes averiguar algo de él: si crece sano, si gana peso, si viste con dignidad, si es tratado con verdadero cariño. Saber que está cuidado aliviaría enormemente mi corazón.

He de confiarte un secreto más. La madre dejó para él un traje de valenciana blanco, primoroso y delicado.

No alcanzo a medir su valor, pues poco sé de sedas ni de bordados.

Quizás tú, que trabajas con telas y sabes del lenguaje de las fibras, puedas intuirlo mejor.

No quise que esa prenda terminara en manos ajenas ni se malgastara: la he escondido con cuidado, aun a riesgo de ser reprendida, con la esperanza de que un día, cuando Alberto lo necesite, pueda servirle.

Tal vez —quién sabe— esa prenda llegue a ser llave de un destino que aún nos es oculto.

Te pido absoluta discreción, María. No hables de esto ni con padre ni con nuestros hermanos. Es algo solo entre nosotras, de hermana a hermana.

Y cuando me escribas, cuéntame con todo detalle de tu vida y, sobre todo, dime cómo está realmente nuestro padre. Hablo con él por teléfono, pero siento que me oculta algo sobre su salud, y temo que padezca más de lo que nos dice.

Sé que eres mujer fuerte y moderna, y que no dejas que ningún hombre gobierne tu vida.

Pero si el amor verdadero se cruzara en tu camino, no cierres la puerta, hermana mía.

He aprendido, acompañando a aquella madre —apenas una niña—, que el amor sincero entre un hombre y una mujer es un don divino, y que solo en esa unión pura el alma y el cuerpo hallan plenitud bajo la mirada del Señor.

Me despido con todo mi afecto, rogándote que escuches mis súplicas. Te tendré presente cada día en mis oraciones, como a nuestro padre, a Luis y a Ramón.

Con ternura y devoción,

tu hermana,

Fe

Por lo que había podido leer en internet, San Vicente de Paúl era el núcleo administrativo y espiritual de las Hijas de la Caridad.

Desde allí se coordinaban las obras benéficas, la formación de nuevas hermanas y, sobre todo, la gestión de donaciones importantes.

Y nosotras teníamos precisamente eso: una donación, el Espolín Valencia.

Todo indicaba que había llegado al lugar correcto.

En la Casa Provincial, toda pieza de valor económico o artístico pasaba primero por manos de la superiora y su equipo.

Según las necesidades, podían usarla en sus obras, enviarla a misiones internacionales o guardarla como parte del patrimonio histórico de la congregación.

El edificio contaba incluso con un gran archivo repleto de documentos y objetos que narraban la historia de la orden en España: piezas bordadas, joyas devocionales, ornamentos antiguos.

Si el espolín había sido registrado, quizás encontraría un rastro.

Pero también cabía la posibilidad de que hubiese sido transformado: en una cap i cua para una Virgen, en una capa pluvial, en un mantel ceremonial, en palias o corporales.

En ese caso, no podría recuperarlo entero…

tal vez un pequeño fragmento, lo justo para enmarcarlo como recuerdo.

Esa noche apenas dormí. Daba vueltas en la cama, repasando mentalmente cada pista. Las horas se me hicieron pesadas como una mala cena.

Al amanecer, tomé la decisión: el siguiente paso sería ir a la sede central de San Vicente de Paúl. Pero aún quedaba una caja por abrir, y debía hacerlo cuanto antes. Tal vez contuviera señales, una carta, un recibo… cualquier indicio que revelara el paradero del espolín.

Para completar el rompecabezas, debía encontrar a Enrique.

A la mañana siguiente, ya más fresca tras una ducha, me puse manos a la obra.

Antes de regresar a Valencia intenté investigar su paradero, pero no encontré nada…

y era normal. ¿Qué sabía de él? Que tendría ochenta y tantos años, que había sido fotógrafo y que, si mi memoria no me fallaba, se había instalado en un local de Ruzafa allá por el año 64.

Ni siquiera conocía su apellido. No entendía por qué Carmela no me había dejado una pista más concreta si quería que lo encontrara… a él y a su misteriosa tercera caja.

~~~

Los padres de Claudia me habían acomodado en el antiguo cuarto de Elena. Era como entrar en una cápsula del tiempo: pósteres de Tom Cruise y Miguel Bosé en las paredes, un pupitre con flexo y útiles de estudio perfectamente alineados: un bote para bolígrafos, una calculadora, reglas y rotrings.

La estantería llamó mi atención: una colección completa de Los Cinco reinaba en el centro, flanqueada por varios títulos de V.

C. Andrews. En la balda superior, un radiocasete de doble pletina y un arsenal de cintas.

Les eché un vistazo: Miguel Bosé (por supuesto), The Rolling Stones (la cosa mejoraba), varios de Alejandro Sanz, algunos de Bruce Springsteen y, al fondo, incluso un casete de Parchís. Una reliquia en toda regla.

La colcha y las cortinas a juego, antaño de vivos colores, lucían ahora algo apagadas. Todo el conjunto parecía el escenario perfecto para un capítulo de Stranger Things.

Claudia irrumpió como un huracán a primera hora. Había despertado con nuestra aventura a la frustrada investigadora que llevaba dentro, y ahora no había manera de frenarla.

—Bueno, ¿a dónde vamos hoy? ¿Por dónde empezamos? ¿San Vicente de Paúl? ¿Ya sabes con quién podemos hablar? —disparaba preguntas sin parar, con los ojos brillantes.

Su entusiasmo me seguía a cada paso, pero no podía precipitarme. Había que pensar.

—Hoy intentaré ponerme en contacto con el centro para que nos reciban —le dije—. Y también trataré de averiguar quién es y dónde está Enrique.

—¡Nos ponemos manos a la obra! —exclamó Claudia, más emocionada todavía—. Dime qué puedo hacer.

Madre mía… pensé. No va a haber manera de pararla.

~~~

En la casa provincial de las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl accedieron —a regañadientes— a recibirnos en dos días.

En realidad, no hacía falta que viniera Claudia, pero se empeñó en acompañarme.

No di demasiada información: solo que buscaba una prenda donada a principios de los años ochenta, de gran valor económico y sentimental.

No era necesario entrar en detalles; no era menester que supieran que aquella prenda había cambiado el rumbo de mi vida, que se había convertido en un símbolo que agitaba ante mí como bandera mi misión, y que todavía no comprendía del todo.

Pero en mi interior sabía que, poco a poco, el tiempo iría colocando cada hilo en su bordado y, al final, aparecería ante mí —sin misterio, sin tapujos— la solución a aquel intrincado enigma.

Decidí que antes de regresar a Madrid, haríamos una parada en Fraisoro.

Al acercarnos, el paisaje se transformó: los edificios de ladrillo rojizo y piedra arenisca, con sus ventanales alargados y techos de teja inclinados, se alzaban sólidos y funcionales.

El aroma de los jardines bien cuidados —mezcla de tierra húmeda, césped recién cortado y flores silvestres— flotaba en el aire, mientras el canto de los pájaros inundaba nuestros oídos y la luz de la tarde, filtrada entre castaños y tilos, alegraba nuestros atrofiados sentidos de metrópolis.

Paseamos por los senderos sombreados, entre setos y parterres que invitaban a detenerse y escuchar: el crujido de la grava bajo nuestros pasos, el zumbido de los insectos entre las flores y el suave murmullo del viento en las hojas creaban un ritmo pausado, casi ceremonial, que contrastaba con la prisa de mi corazón.

Cada rincón parecía guardar secretos, pequeñas historias que se alineaban con el misterio que yo buscaba desentrañar.

El edificio de Fraisoro se alzaba frente a nosotras, sólido y solemne, con sus muros de piedra gris y las ventanas altas que dejaban entrever un pasado lleno de historias ocultas.

El aire estaba cargado de memoria y, aun así, la vida reciente se hacía presente: risas apagadas, el tintinear de cucharas, el roce de sillas de ruedas sobre el suelo de madera.

Era un lugar que, si antaño había acogido a mujeres jóvenes y niños, hoy continuaba latiendo con la vida de sus residentes mayores.