Tiempo bordado en hilos de espolín Capítulo 12
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Capítulo 12

Con el clero hemos topado

Nos esperaban más de cuatro horas de coche, y Claudia había quedado con su madre para la merienda, entre las cinco y las seis.

—Vaaaaya —me soltó nada más verme, con una pícara sonrisa—. Parece que alguien ha pasado una buena noche.

Allí estaba yo, con la misma ropa de la noche anterior, y ella, perfecta, cómoda, con ropa suelta y su bolso Longchamp bien preparado para el fin de semana.

—Demasiado buena —le contesté, mientras acariciaba la tripa abultada de Orson, que me miraba con cara de «¿qué estáis diciendo?».

—¿Se puede saber dónde has estado, señorita? —preguntó, cruzándose de brazos.

—Ay, Claudia… —intenté escabullirme—. Te lo cuento de camino. Me cambio y nos vamos.

Me vestí rápido: vaqueros, camisa blanca, las Converse, y preparé una bolsa con ropa interior, un par de mudas, el portátil y una bolsa de tela para las cosas de Carmela, incluidos los zapatos de espolín.

A las doce y media, algo tarde, cerramos la puerta y arrancamos. Claudia empezó su interrogatorio, que no tenía pinta de suavizarse.

—¿Por dónde empiezo? —le pregunté, medio resignada, medio divertida.

—Por el principio —me respondió, sin apartar los ojos del asfalto—. Y nada de saltarte detalles, que quiero toda la verdad.

Pasaron unos minutos hasta que decidimos la ruta a seguir y algunos más hasta que elegimos qué lista de Spotify escuchar durante el largo camino.

Tenía altas perspectivas con la visita a Concha y muchas esperanzas de que, por alguna oportuna razón, hubieran coincidido en el tiempo y el espacio durante aquel verano del 64: dos embarazadas repudiadas por sus familias y un mismo centro, Fraisoro, la casa cuna con finales muy diferentes, aunque ninguno de ellos exento de dolor.

—¿Estás bien, princesa? ¿Qué príncipe hizo que volvieras hoy con la misma ropa de anoche? —disparó Claudia sin tapujos.

—Bueeenoo, en realidad es un conocido de Valencia.

Íbamos a Los Olivos, al mismo colegio. Yo nunca me fijé en él, aunque ahora que lo recuerdo siempre estaba rondando cuando iba a su casa, o en el patio…

¡jajaja! Si te digo la verdad, era un patito feo, pero ¡wow!

, ahora es un pedazo de cisne negro. Lo peor es que es el hermano de mi mejor amiga, y ahora no sé cómo se lo voy a contar.

—Buen resumen, ja, ja, ja. Pero fue, mmm, ¿una buena noche?

—Sííí.

Reímos las dos.

—¿Querrás volver a verlo?

Creé una burbuja de silencio mientras mi mente analizaba por fin la situación: por un lado, tenía claro que entre nosotros había un «algo» indefinido, muy fuerte, una sensación de cuerpos que se reconocen, algo que no había sentido nunca.

Por otro, un sentimiento de miedo, de terror ante ese vértigo que me producía su presencia; miedo a un vínculo demasiado intenso que me atara de manera irreversible en una relación que, ahora, no era lo más oportuno para mí.

Estaba mi trabajo, que, aunque lo había dejado pausado por un tiempo, debía retomarlo pronto.

Quería hacerlo, era mi momento para establecerme en un puesto de prestigio dentro de la revista, y no quería dejar pasar ese tren…

—¿Marina?

—Oh, perdona, Claudia… No lo sé.

—Ya veo. Piénsalo, cariño, no te precipites. Lo que tenga que ser, será.

~~~

No hablamos mucho más durante el viaje; ella conducía con esa concentración distraída que me dejaba margen para observarla de reojo sin que se diera cuenta.

A ratos, el silencio era cómodo; otros, inquietante.

Yo, por supuesto, no podía evitar interrogarle con preguntas sueltas, como quien deja caer piedrecitas en un estanque para que el silencio no llegara a incomodar.

—¿Hace mucho que no la ves? —pregunté sin mirarla, como si mi atención estuviera fija en la línea blanca que corría interminable por la carretera.

—¿A Concha?… Sí, bastante.

—¿Y le has contado a qué vamos?

Una comisura de sus labios se curvó, como si supiera que no me conformaría con una respuesta breve.

—Más o menos.

No insistí. Con ella, a veces, las respuestas llegaban mejor si uno sabía esperar.

La entrada a San Sebastián fue una explosión de sensaciones: la luz clara del Cantábrico, el azul profundo de su mar, el verde de la vegetación que se colaba entre los edificios señoriales, y esa bahía perfecta, de postal, que parecía abrazar la ciudad.

El aire tenía un olor distinto, mezcla de sal y el dulce aroma de las flores.

Las fachadas de tonos crema y ocre parecían encenderse bajo el sol de media tarde, y las barandillas blancas de la Concha brillaban como encaje metálico.

Concha y Pepe nos esperaban en un portal antiguo de madera oscura, en una calle tranquila, lejos del bullicio. Nos dieron la bienvenida efusivamente. Eran una pareja entrada en edad, pero de aspecto joven; me sorprendió.

—Ya te dije que mis padres no eran tan mayores, ¡ja, ja, ja! —me espetó Claudia, viendo mi cara de sorpresa.

Vestían ambos ropa de lino en tonos tierra, amplia y cómoda pero juvenil; su aspecto irradiaba frescura y una salud de hierro.

Concha nos dirigió al portal e inmediatamente nos sentó en un luminoso comedor con boiserie de roble, oscurecido por el tiempo, con puertas talladas en rosetones con grandes rosas de pétalos abiertos.

Una enorme mesa a juego con sus seis sillas y un sofá orejero que parecía haber conocido otros tiempos contando historias antiguas a través de sus marcas y arañazos.

En la mesa de centro, una cafetera italiana sobre un plato de loza, varias tazas y una jarrita con leche caliente, una empanada con una pinta espectacular y una bombonera surtida de dulces variados.

—Justo a tiempo para la merienda, niñas —nos dijo mientras se sentaba en una silla alta alrededor de la mesa—. Comer un poco, el viaje ha sido largo, y luego hablamos de lo que os ha traído por aquí.

Merendamos —mucho— y en un momento dado, Concha suspiró, puso sus manos sobre su regazo y nos preguntó.

—Marina niña, ¿qué es eso tan importante que quieres hablar conmigo? Me imagino que no os habríais hecho esta cantidad de kilómetros si no fuera importante lo que me queréis decir.

Me levanté y fui a por la bolsa que tenía en su interior la poca información que podía aportar de Carmela.

—Concha, Claudia me ha contado que pasaste parte de tu primer embarazo en Fraisoro.

—Sí, hija, Fraisoro… ya entiendo.

—En el año 64, entre la primavera y el verano, ¿es así?

—Así fue.

Mi yaya falleció hace unos meses y me ha dejado una misión: encontrar un vestido y a su hijo que lo dio en adopción en Fraisoro.

—Qué pena, niña. Yo pude elegir, no todas las mujeres que pasaban por allí tenían esa posibilidad.

El centro era respetuoso y nos trataban bien, pero en el aire siempre flotaba una sensación de culpa, de resignación y de pena.

Casi todas las mujeres de aquel centro estaban allí por lo que en aquel entonces se consideraba un pecado, tener un hijo fuera del matrimonio; esa sensación levitaba sobre nuestras cabezas de manera destructiva.

Nos sentíamos señaladas, abandonadas, algunas por sus hombres, otras por sus familias y todas por una sociedad intolerante, cargada de falsa moral, que no perdonaba la fornicación —dijo poniendo los ojos en blanco—, pero sí perdonaba a padres, novios y amantes que abandonaban a sus hijas y a sus bebés a la voluntad divina.

Era otra época —gesticuló con sus manos remarcando el pasado—, tenéis la suerte de haber nacido en una sociedad con miras más amplias.

Mi marido no me abandonó nunca. Buscó trabajo aquí en San Sebastián, donde podíamos pasar por un matrimonio joven con un bebé.

Ahorramos y alquilamos esta misma casa, que poco a poco pudimos después comprar.

Criamos primero a Elena, solo teníamos diecisiete años, y luego vino Claudia.

Tuvimos que trabajar muy duro, pero salimos adelante por nuestros propios medios.

Nadie nos ayudó, nuestra familia nos apartó, no nos casamos legalmente hasta que Claudia tuvo tres años.

Hizo un corto silencio seguido de un profundo suspiro y sus ojos miraron al vacío recordando.

—Tuve la suerte de poder entrar en Fraisoro por un tío de mi marido que vivía en San Sebastián y nos empadronó en su casa. A los siete meses entré en la casa cuna, sería… mmm, marzo o abril del 64, porque Elena nació en mayo.

Tenía una memoria lúcida. Recordaba detalles de las estancias compartidas, las camas blancas dispuestas como libros empotrados en su librería, las parturientas que abandonaban la sala entre dolorosas contracciones, y evocaba a los niños abandonados: limpios, cuidados, pero con tristeza en los ojos.

Recordaba a las Hermanas de la Caridad —algunas de ellas amables, otras no tanto— y la vergüenza fija como un estigma bordado en la piel.

Saqué de la bolsa los regalos heredados de Carmela que había llevado: La carta en la que me contaba su embarazo y el paso por Fraisoro, los zapatos de espolín, que, al fin y al cabo, era lo primero a buscar, el juboncito azul y las fotografías de Carmela.

En cuanto vio la fotografía de Carmela con su bebé en brazos sonrió.

—Ay, hija, Carmela, claro que la recuerdo…

Estuvimos juntas en la misma habitación, ella me ayudó con Elena mientras esperaba su momento, pobre.

Estaba sumida en una tremenda depresión, era una mujer muy bonita, cómo tú, os parecéis mucho, pero sus ojos…

sus ojos estaban apagados, sin vida. Se resignó, no podía enfrentarse en ese momento a luchar contra la dureza de carácter e incomprensión de su madre, su padre acababa de fallecer, ¿lo sabías?

—Asentí—. Ella lo echaba tanto de menos…

Y a él, al muchacho, no recuerdo su nombre, el padre de la criatura.

—Enrique —dije yo y ella cabeceó asintiendo.

—¡Cuánto lloró esa mujer el día que se fue y dejó a su niño en la casa cuna!, pobre.

Volvió a insistir marcando aún más la pena de Carmela.