Tiempo bordado en hilos de espolín Capítulo 11
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Capítulo 11

La negación

Me desperté a su lado, consciente de cada detalle de su cuerpo. Su respiración acompasada a la mía, y el calor que desprendía me atraía como abeja a la miel.

No quise despertarla.

La observé dormir. Su pelo rojo enmarcaba el rostro, terso y suave del color de un melocotón maduro.

Sus pestañas, largas y doradas, escondían el secreto de unos ojos que siempre me recordaban al amanecer.

Su cuerpo apenas cubierto por la sábana dejaba ver sus piernas esbeltas, rematadas en pies pequeños y delicados. Vulnerable. Frágil. Hermosa.

Recordé el día en que intentaron violarla.

La rabia me subió a la garganta quemando como fuego líquido.

Pude ver de nuevo a aquel malnacido empujándola contra los árboles, forzándola.

Mi cuerpo entero se tensó con el deseo de matarlo; habría sido capaz de hacerlo.

Si le ocurría algo… si la perdía… yo no sobreviviría.

Ese pensamiento me heló. Era justo de lo que llevaba años huyendo. No quería. No podía.

El simple hecho de imaginar su ausencia hacía que un terrible dolor me atravesara hasta los huesos.

Me lo repetí una y otra vez: no podía permitírmelo. No ahora.

Y, sin embargo, lo que sentía por ella quemaba como brasas vivas. No… no debía. Después de lo de Cristina, no podía pasar por eso otra vez.

Cristina… tan frágil, tan vulnerable como Marina. Recordé cómo murió en mis brazos. Por mi culpa.

Todos dijeron que no, que no lo era. Pero sí. Ella estaba allí solo porque me amaba, y aquel loco me quería a mí. Tenía que haber acertado el tiro en mi pecho, no en el de ella. Yo lo había perseguido, encarcelado, pero fue Cristina quien pagó el precio.

—Lo siento, amor mío —susurré al aire, como si Cristina aún pudiera escucharme.

Rocé con la yema de los dedos, en una caricia liviana, la cara de Marina.

—Lo siento, Marina… He de irme. Tengo que dejarte. No puedo permitir que te hagan daño. Me lo prometí. Mi destino es estar solo. Pero tú… tú me has derrotado.

Me duché, preparé un pequeño juego de aseo para ella, le hice el desayuno, dejé comida para Dorothea… y huí.

~~~

Conduje sin descanso hasta Valencia, los nudillos tan apretados al volante que los músculos de la espalda me ardían. No quería pensar, pero era imposible. Mi cuerpo tiraba de regreso hacia ella, mientras mi mente corría en dirección contraria.

En menos de tres horas estaba golpeando con fuerza la puerta de Nita.

—¡Ya voy, ya voy! —su voz sonó urgente detrás de la puerta—. ¿Quique? ¿Qué te pasa? ¿Qué haces aquí?

Nita apareció con el turbante de baño aún puesto, me miró con preocupación. Me hizo entrar y yo crucé el salón como un animal enjaulado, los puños cerrados, luchando contra el deseo y el deber.

Le conté lo de Cristina, cómo había muerto por estar conmigo. Le hablé de Marina, de lo que me estaba pasando, de cómo me prohibía quererla. De cómo todos los que quería desaparecían, incluso mamá y papá. Nita no se sorprendió; me conocía, me leía. Solo me escuchó, con los ojos muy abiertos.

—¿Te estás oyendo, Quique? —me dijo por fin, con voz serena—. Me estás diciendo que sientes algo profundo por Marina y, al mismo tiempo, te lo prohíbes. Eso no es justo. Ni para ti ni para ella.

Me derrumbé en sus brazos, sollozando como no lo había hecho en años. Nita me acarició el pelo, dejándome desahogar el peso de mi culpa.

—Lo de Cristina fue una desgracia —susurró—, pero no puedes vivir huyendo del amor.

No puedes creer que las personas que amas están condenadas solo porque te quieren.

¿Qué tiene que ver contigo lo de mamá y papá?

¿Qué culpa tuviste tú en el accidente? ¿O en que aquel loco decidiera dispararte? Ninguna, Quique.

Quise creerla, pero no podía. La angustia me asfixiaba, el miedo a perder a Marina era más fuerte que cualquier razón. Mi mente estaba embotada, mi cuerpo tenso hasta doler.

Y entonces lo decidí: no podía amarla. Tenía que huir.