Tiempo bordado en hilos de espolín Capítulo 10 #6
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Capítulo 10 #6

El agua corría por mi piel, restaurando mis sentidos uno a uno.

Cerré los ojos y los recuerdos de la noche anterior regresaron, cálidos y dulces.

Una ola de deseo me atravesó y, sin pensarlo, comencé a acariciarme, repasando cada beso, cada caricia, cada sensación.

El sonido del agua creaba una burbuja de silencio, y en ella podía escuchar a Quique gritar mi nombre en el instante final.

Al abrir los ojos, Dorothea Grey estaba encaramada sobre el borde de la bañera de hidromasaje —esa que yo había descartado para mi aseo por parecerme demasiado ostentosa—.

Observaba cada uno de mis movimientos desconfiando de la extraña, vigilando su territorio.

Fingí no verla, salí de la ducha y me envolví en la toalla.

Recordé que Quique me había quitado el vestido en el salón, y que no era precisamente el atuendo más apropiado para salir de día.

Pensé en curiosear su armario —cuatro puertas enteras ocupando toda la pared—, pero entonces vi, sobre una silla junto al ropero, mi vestido perfectamente doblado.

Encima, una camisa blanca de lino que él había llevado la noche anterior, impecablemente estirada.

Me puse ambas prendas. La camisa aún guardaba su aroma: una mezcla de cítrico y ese leve olor que dejan las noches de pasión. La anudé a la cintura, me calcé las sandalias y comencé a explorar.

La habitación contigua era funcional, claramente para invitados. Solo un detalle personal llamó mi atención: una foto de Quique con su hermana, mi amiga Nita.

—¡Ay, Dios! Nita… ¿y cómo le cuento esto?

La cocina era de un blanco perfecto, con muebles empotrados y una isla de mármol negro que conectaba con el salón. Todo estaba impoluto, cada cosa ocupando su lugar asignado. En una esquina, el rincón de Dorothea, con su fuente de agua y el comedero vacío.

—Por eso me sigues, ¿eh, bichete? —le dije, mientras ella me miraba con ese aire de dueña de la casa.

El salón era amplio, neutro, con un sofá en L y una televisión enorme. Todo estaba limpio y ordenado, lo que me agradó.

Volví al cuarto para recoger el bolso. Dudé un momento.

—¿Debería hacer la cama?

Decidí que no. Con lo impecable que estaba todo, Quique debía tener a alguien que se ocupaba de esas cosas.

Estaba a punto de salir cuando escuché una voz femenina hablando con Dorothea en el comedor. Me asomé y vi a una chica joven, guapa, demasiado familiarizada; parecía moverse en su propia casa.

«Madre mía... ¿Y si es su novia? No me lo puedo creer. No serías capaz, Quique…».

—Ho… hola —atiné a decir.

Ella, que estaba sirviendo el pienso a Dorothea, se giró con un gesto sorprendido y derramó parte sobre la encimera. Me miró de arriba abajo antes de preguntar, con tono neutro:

—¿Y tú qué haces aquí?

—Soy una invitada de Quique —respondí, cuidando mi voz.

—Ya… entiendo.

No parecía encantada con la idea. Su rostro mezclaba contradicción con un celoso desagrado apenas disimulado.

—Soy Celia —dijo al fin, tendiéndome la mano sin demasiado entusiasmo—. Amiga de Quique. Le ayudo con Dorothea cuando él no puede. No esperaba encontrar a nadie en casa.

«En casa», repetí para mis adentros. Qué familiaridad.

—Marina Pérez de Ayala —respondí.

Ella dio un respingo, como si mi nombre le resultara demasiado familiar.

—¿Nos conocemos? —pregunté, intrigada.

—No… no lo creo —dijo, suavizando el gesto. Pero en su mirada quedó flotando algo, una chispa que delataba que sí sabía quién era yo… y que no tenía intención de decirlo.

—¿Has desayunado? ¿Quieres que te prepare algo?

—No, gracias. Quique ya me lo preparó —dije, dejando claro el mensaje.

Ella sonrió, pero no era una sonrisa amable. Era una mirada huidiza, de las que algo esconden.

Salí del portal con la imagen de Celia clavada en la mente.

Aquellos ojos verdes, profundos y llenos de secretos, seguían danzando en mi memoria.

Su pelo rojizo, liso y tan parecido al mío, era una sombra extraña y familiar a la vez.

¿Sería realmente su novia? ¿O solo una presencia demasiado cercana?

Me preguntaba si Quique tendría una debilidad, un fetiche por el cabello rojo…

Todavía no lograba encajar las piezas de ese rompecabezas que era él.

Mientras me acercaba a la esquina para llamar un taxi, me golpeó una idea repentina: no tenía su teléfono.

Habíamos compartido la noche, la cama, las risas, pero nunca cruzamos números, ni siquiera un mensaje.

Un olvido… o tal vez el destino. Pensé que, en cierto modo, era un detalle que nos concedía libertad: cualquiera de los dos podía decidir si continuar viéndonos o no.

Lo cierto es que, en medio de esta vorágine, no me había planteado iniciar algo más allá de… más allá.

—No importa —susurré para mí—. Él buscará la manera de encontrarme, si así lo quiere.

Me acomodé en el asiento del taxi, dejando que la ciudad fuera deslizándose por la ventana. Un tenue aroma a limón y bergamota, atrapado en la tela de su camisa, se pegaba a mi piel, encendiendo recuerdos que se instalaban cálidos en mi pecho.

Había hilos invisibles que nos unían, más allá de una noche compartida, más allá de mil noches borradas por el tiempo. Un destino aún sin revelar, un sendero que apenas comenzaba a desplegarse… ¿Estaba dispuesta a seguirlo, aunque solo pudiera avanzar a tientas?