Tiempo bordado en hilos de espolín Capítulo 10 #5
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Capítulo 10 #5

Su voz en mi oído, su aliento tibio justo ahí, en el hueco donde terminaba el cuello. A dos centímetros de mi oreja. Aspiró mi olor a jazmín y rozó mi mejilla con la nariz, suave, muy lentamente.

Bailamos. Un par de canciones. Casi sin tocarnos.

Y luego... algo cambió. La música se volvió pausada, densa. La distancia entre nosotros se redujo a nada. Sentí su fisonomía reaccionar a la mía, justo donde la electricidad se había concentrado desde hacía rato, y me dejé llevar.

Me sujetó por la cintura, apretándome contra su deseo —más que evidente—. Con la otra mano, subió por mi espalda, muy lentamente, hasta llegar a mi nuca.

La envolvió, firme, y entonces se inclinó hacia mí.

Se detuvo. Un instante.

Buscaba mi aprobación.

Cerré los ojos.

Y su boca, finalmente, me besó.

Lenta. Cálidamente.

Como si el tiempo, por fin, se hubiera rendido, como si lo hubiera deseado toda su vida.

—Vámonos… ¡ya!

Me cogió la mano y tiró de mí con prisa, con necesidad.

De camino al coche, los besos se rendían al deseo. Nuestros cuerpos se unían, acuciados por una inmediatez ya inevitable.

Subimos.

Antes de arrancar, se giró hacia mí con ese gesto breve y firme que tenía cuando entraba en modo policía, comprobó que llevara bien abrochado el cinturón.

Luego, el motor rugió con un acelerón que me empujó contra el respaldo.

—Para ser policía… ¿No conduces demasiado rápido?

—Hoy no, Marina. Hoy, no.

—¿Y a dónde vamos?

No contestó. Solo volvió a acelerar.

—A mi casa.

No sabría decir cómo era el edificio. Ni siquiera si tenía balcones, o portero.

Solo vi su perfil, iluminado por las luces fugaces de la calle.

Sus ojos rasgados, las pestañas largas que enmarcaban esos ojos pardos que ardían de deseo; la curva serena de su carnosa boca.

Toda mi atención —mi cuerpo entero— estaba centrada en él.

Controlarme era inútil. Ya había perdido esa batalla.

Frente al ascensor, no me soltó la mano temiendo que pudiera huir. Pulsó el botón varias veces, como si así pudiera acortar el tiempo. Golpeaba el suelo con la punta del pie, impaciente.

Y yo… yo solo podía mirarle los dedos. Suaves, largos, fuertes.

—Por fin. Vamos.

Entramos. Su cuerpo me empujó contra la pared del ascensor, sus labios sobre los míos con ansiedad, como si no quedara aire en el mundo y tuviera que respirarme.

Le respondí.

Mi cuerpo ardía de deseo, como si lo conociera desde antes de conocerme a mí misma.

Como si lo hubiera estado esperando, siempre.

Dos partes de un mismo cuerpo, encontrándose al fin.

—Marina… me vas a matar —susurró atribulado, sin soltarme.

Abrió la puerta con una tarjeta, y entramos.

Me volvió a pegar contra la pared, situó sus brazos uno a cada lado de mi cabeza. Su frente casi tocaba la mía. Su respiración entrecortada olía a whisky y chocolate.

Se acercó a mi boca. Y se detuvo.

—¿Estás segura? Porque yo… no voy a poder parar… Dios, qué bien hueles, Marina.

Asentí. Más segura que nunca.

El deseo que había comenzado susurrando en mi vientre ahora me llenaba por completo, ocupaba cada rincón, cada resquicio.

Yo tampoco quería parar.

Sus manos subieron por mi cintura, trazando un mapa de fuego, ardiendo. Rodearon mis pechos, mis hombros.

Y, con un solo movimiento, bajó mi vestido.

Quedé expuesta, con el tanga aún puesto, sintiendo su mirada recorrerme. No dijo nada. Pero lo vi en sus ojos.

—Marina, yo…

—Calla —le interrumpí, tirando de él—. Ven aquí.

Entonces rugió, cerrando los ojos y pegando su boca a la mía.

Sus besos fueron más intensos, más urgentes.

Sus manos envolvieron mis senos, rozaron mis pezones hasta hacerme gemir. Su boca descendió lentamente, acariciando con la lengua cada centímetro de piel, desde el centro de mi pecho hasta el vientre.

Lo aparté.

Le desabroché la camisa.

Su torso era fuerte, cubierto por una pelusa suave que descendía hacia el ombligo. Pasé mis dedos por sus pezones. Se endurecieron bajo el tacto.

Él gruñó aún más fuerte, me levantó sin esfuerzo, con mis piernas alrededor de su cintura, y me llevó hasta la habitación.

Abrió la puerta de una patada. La gata, se incorporó, se estiró y saltó de la cama con elegancia.

Me depositó con cuidado. Luego me desnudó con lentitud, tratando de detener el tiempo.

Me besó. Me saboreó. Me hizo gritar con un deseo que ya no podía contener.

Quise devolvérselo. Me incorporé, desabroché su pantalón, lo tomé.

Le besé con fuerza, sin dulzura. Porque no la había. No esa noche.

Rebuscó en la mesilla y sacó un preservativo. Lo abrió con los dientes, rápido, con urgencia. Me dio la vuelta.

—Sígueme —susurró contra mi oído, urgente.

Sus dedos se deslizaron hacia el centro de mi intimidad, estimulándome con una cadencia experta, apremiante…

Y entonces nos fundimos en un solo vaivén.

Primero despacio, tanteándome, poniéndome a prueba; luego más profundo, con fuerza, con un ritmo firme y antiguo, el que une los cuerpos desde que estos existen.

Me esperó deteniéndose un instante, conteniéndose, y cuando sintió que mi placer se precipitaba, vino conmigo, gruñendo, pronunciando mi nombre:

—Marina.

Quedamos tendidos, la piel aún tibia, respirando el mismo aire. Me acurruqué contra él, dejando que mi cuerpo se amoldara al suyo, como si siempre hubiera pertenecido allí.

Me dormí sobre su pecho firme, acariciando el suave y claro vello que lo cubría.

Su respiración —ascenso y descenso— me acunaba, volviéndose poco a poco más lenta, más profunda.

Escuchaba su latido, fuerte y constante, vibrar en mi oído y acompasarse con el mío, hasta que Hipnos me tendió la mano y me arrastró al mundo profundo de los sueños.

Hay una línea casi invisible entre el sueño y la vigilia, un lugar donde lo soñado y lo real se rozan, se confunden, y crean un territorio que pertenece a ambos. En ese borde suspendido, me soñé libre… sin propósito, sin un destino marcado.

Allí estaba, flotando en ese espacio sin peso donde todo parece posible. El mar respiraba junto a mí, y sus olas rompían marcando la respiración de la tierra.

Quique tomó mi mano; su calor me recorrió la piel, cálido, dulce, un eco de algo que siempre había estado allí, antiguo, recordado. Y entonces me besó. Sin prisa. Sin miedo. Como si el tiempo hubiera aceptado detenerse, por fin, para dejarnos vivir dentro de él.

~~~

La noche dio paso al día sin previo aviso. Sentí unos besos secos y rugosos en la nariz. Abrí un ojo y me encontré con la mirada fija de la gata de Quique, Dorothea Grey.

—¿Qué haces tú aquí, pequeña? ¿Tienes hambre?

Deslicé la mano hacia el lado derecho del colchón, con la somnolencia aún pesando en las pestañas. Estaba frío.

La gata seguía dándome los buenos días, amasando mi barriga y clavando, con cuidado, sus afiladas uñas.

—Ahhh… quita, Dorothea.

—Dorothea… ¿Dónde se supone que está tu dueño?

La enorme British gris-azulada levantó la vista y soltó un maullido breve, zanjando el asunto.

En su lugar, sobre la cama, había una bandeja blanca con patas: dos croissants, una taza de loza blanca con la inscripción «Al mejor jefe», mantequilla y mermelada en tarritos monodosis, un termo —que supuse de café— y una nota breve: Tengo que irme.

Nada más. Me quedé mirándola un instante, sin tocarla. Un «tengo que irme» me pareció… pobre, frío. No era, a mi entender, la forma de despedirse después de una noche como la que habíamos tenido. ¿En serio, Quique?

Por otro lado —y aunque mi vientre esperaba otra clase de cierre—, aquello me daba la oportunidad de adecentarme con calma y, de paso, hacer un pequeño tour por su casa. Se aprende mucho observando el hábitat de alguien.

La habitación, que anoche apenas había intuido, era amplia y sobria, pero ordenada… salvo la cama, claro. Altas cortinas semitransparentes cubrían ventanales que llegaban hasta el suelo; dos mesillas blancas custodiaban la gran cama sin cabecero.

Antes de lanzarme a explorar su «reino», decidí ir al baño…

y darme una buena ducha. La puerta frente a la cama parecía la candidata obvia, y acerté.

Era espacioso; muebles de madera negra y porcelana color crudo contrastaban con una gran bañera blanca de hidromasaje al fondo, junto a una cabina acristalada que custodiaba la ducha.

Sobre la piedra de mármol veteada en crema me había dejado, con un cuidado que no esperaba, una toalla de ducha, un cepillo de dientes aún envuelto en su plástico transparente y un peine con la etiqueta colgando.

El detalle me desarmó. Me pareció dulce, casi íntimo. Y sin embargo… esa nota, ese «tengo que irme», seguía flotando de manera penosa.

Podría haberme despertado. Podría haberse despedido un poco más… solo un poco más.