Tiempo bordado en hilos de espolín Capítulo 10 #4
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Capítulo 10 #4

—Siempre que quieras.

El aire estaba cargado. Olía a alcohol y, aunque estaba prohibido, por alguna permisiva razón también a humo de tabaco, y al dulzón aroma de frutas tropicales de los vapers, que inundaban el ambiente con nubes de vapor.

Las luces láser atravesaban el local de manera circular, creando estrellas en la penumbra.

Ahora que Quique me había informado del fin último del local, observé aquí y allá a parejas que coqueteaban con otras parejas, besos a tres bandas, manos que volaban por cuerpos insinuantes… y algunos ojos puestos en mi escote y en mi espalda.

La rodilla de Quique rozó la mía mientras me iba señalando, disimuladamente, los rincones que debía observar para darme cuenta de la situación. Me miró, de repente, a los ojos.

Mi traicionero cuerpo reaccionó al suyo, y la tensión sexual se hizo más evidente.

Sin dejar de mirarme, alargó sus largos y finos dedos hacia los míos, pero por algún motivo —que no fue mi negativa, de eso estaba segura— los retiró poco a poco, sin llegar a tocarme.

El bar empezaba a llenarse incómodamente.

«¿Tanta gente acude a estos sitios?».

Quique cogió su vaso y apuró de un trago el whisky.

—Ven conmigo. Vámonos. Te llevaré a un lugar más discreto.

Se levantó y yo le seguí. Suspiró sonoramente y me hizo pasar delante de él. Levantó la voz, para que pudiera oírle por encima del griterío del local y la música:

—Pasa delante, Marina… Hay demasiado mirón.

—¿Qué dices?

—Que vayas delante de mí y salgas directa hacia la puerta. ¿La ves?

—Aja —le respondí. En realidad, no la veía, su altura le daba ventaja. Pero por dónde dirigía su mirada, intuí hacia dónde debía ir.

Mientras avanzaba entre la gente, alguien a quien no llegué a ver, empañada como estaba en salir de aquel tumulto incómodo, intentó aproximarse. Me pareció oírle hablar en italiano. Quique lo apartó de un manotazo y, con un perfecto acento, le espetó:

—Lasciala stare subito o ti spezzo entrambe le gambe.

No entendí ni una palabra, pero por el tono sombrío que usó y la rigidez de sus hombros, supe que no presagiaba nada bueno. Llegamos a la puerta apenas unos segundos después. Me guio calle abajo hasta un Mercedes blanco, sacó la llave del bolsillo y me indicó, muy serio:

—Entra en el coche. Tengo que hacer una llamada urgente.

No le hice caso; me quedé apoyada en el largo capó saboreando el aire fresco de la noche, tan necesario para mis pulmones tras la atmósfera viciada del local.

De repente, advertí que no estábamos solos.

El grupo de italianos al que pertenecía el tipo que había intentado arrimarse venía por la espalda de Quique.

Quise avisarle, pero en ese mismo instante él se giró.

Las intenciones hostiles del grupo quedaron claras en un segundo: uno de ellos blandía un bate de béisbol.

Quique se acercó a ellos, murmuró algo que no alcancé a descifrar y los tipos salieron despavoridos hacia el callejón oscuro que lindaba con el local, donde ya se intuía alguna pareja que había concretado su cita.

Se volvió hacia mí exhalando el aire con fuerza; sus hombros subieron y bajaron de manera ostensible.

Inspiró a fondo cuando estuvo a mi altura, intentando relajar el cuerpo y la voz.

No lo consiguió: su patente deje autoritario afloró de nuevo.

—Marina, por favor, entra en el coche. ¡Ya!

Le obedecí sin rechistar. Imposible decirle que no. Me senté en el cómodo asiento de cuero y cerré la portezuela.

—Ponte el cinturón.

—¡A sus órdenes! —contesté, llevándome la mano a la frente en un saludo militar.

Arrancó y salimos —demasiado rápido— del aparcamiento.

—¿Qué ha pasado? —le pregunté—. ¿Quiénes eran esos?

—No los conozco, Marina. Eran solo hombres… —«Hombres que querían poseerte, hombres con no muy buenas intenciones, hombres que te deseaban… no tanto como yo» se dijo a sí mismo.

—¿Te importa si pongo música? —me preguntó, sin dejar de apretar el volante.

No conseguía serenarse; la tensión era palpable. ¿Conmigo? Su entrecejo fruncido y los labios apretados no dejaban lugar a dudas.

—Depende de lo que escuches —dije, y me aventuré a tocar la pantalla del salpicadero.

Pulsé Spotify. Comenzó a sonar Just the way you are, de Bruno Mars. Me removí en el asiento, tarareando, y al verle esbozar una sonrisa, canté más alto sin dejar de mirarlo. Consiguió aplacarse un poco.

—Oye, Quique… ¿por qué han salido corriendo esos chicos?

—Por la cuenta que les traía.

—Pero parecía que se habían asustado de algo… y yo no te he visto colmillos ni nada por el estilo.

Se rio abiertamente.

—Qué ideas tienes, Marina.

—¿Se han asustado por…?

Sacó de su bolsillo una placa de policía y me la mostró.

—Ah… Entiendo —murmuré.

—No lo creo, señorita. Es más complicado de lo que piensas.

Silencio.

—Quique… ¿Por qué estabas esta noche en ese garito, si ya sabías qué clase de local era? Bueno, tampoco tienes por qué darme explicaciones… pero… ¿Sueles acudir a esos… mmm… sitios?

Volvió a reírse.

—Ay, Marina. Claro que no.

—Entonces…

—Estaba de servicio. Desde hace un tiempo se están recibiendo denuncias sobre ese local. Clientes que concretan una cita con alguna chica y, después de pasar la noche con ella, un chulo les espera en la puerta para cobrarles el «tributo».

—O sea… ¿Que hay prostitutas?

—Eso parece.

—¿Y esta noche te tocaba vigilar?

—Exacto. Pero te vi en la barra… —Me recorrió con la mirada, haciéndome consciente de lo irresistible que le resultaba mi aspecto esa noche—. Vi que un tipo se te comía con los ojos y se aproximaba, así que me senté a tu lado antes de que lo hiciera él.

—¿Era el sujeto con el que hablaste?

—El mismo. Un maldito baboso.

—¿Por eso tuviste que llamar por teléfono?

—Tenía que avisar de que me retiraba de la misión.

—Espero que tu jefe no se enfade mucho contigo…

—No creo que se enfade.

—Claro, tú eres el jefe.

—Así es.

—Entonces… si eres poli, ¿por qué no llevas uniforme?

—Porque no sería muy conveniente, ¿no crees?

—Marina… no pareces darte cuenta de cuándo estás en peligro. No pareces reaccionar correctamente —gruñó—. Y no puedo soportarlo.

Lo dijo como si realmente le doliera, apretando los labios y las manos al volante.

—Ya, bueno… será por el alcohol.

—No bebas, Marina. No te hace bien. No soy omnipresente. No puedo estar siempre protegiéndote. Hazme un favor.

—Lo que quieras.

—Aléjate del alcohol y de los locales nocturnos.

—Lo intentaré. No prometo nada.

—¿Vamos muy lejos?

—Un poco. Enseguida llegamos.

—Ah…

Miré su mano derecha al cambiar de marchas… y deseé, con todo mi cuerpo, tocarla. Una corriente eléctrica me atravesó desde la cabeza hasta los dedos, y bajó hasta el vientre, estableciendo allí una calidez conocida… peligrosa.

—Dime, Marina. ¿Vas a estar mucho tiempo en Madrid o vuelves a Valencia?

—Estaré poco por aquí. Tengo un tema que resolver en el País Vasco. Pero en un par de días volveré a casa.

—¿Vas sola?

—No, voy con Claudia. Mi vecina. Pero será una visita rápida.

—Bien. Yo también tengo que volver a Valencia.

—¿Por trabajo?

—No. Voy a visitar a mi abuelo.

—Ya hemos llegado —añadió, aparcando frente a una gran puerta de cristal. Encima, un cartel con letras doradas rezaba: Alquimia.

Salió del coche. Yo ya estaba abriendo la puerta, pero la sujetó para que saliera. Sonrió.

—Espero que este sea un lugar más seguro para ti.

Me había llevado a su terreno, parecía que comenzaba a relajarse y la sonrisa volvió a su cara.

La luz era suave. Una música envolvente —clásicos de las últimas décadas del siglo XX— flotaba en el ambiente.

Un gran mostrador en forma de L, revestido con azulejos blancos de relieve geométrico, sostenía una encimera de madera color wengué. Sobre ella, estantes perfectamente alineados albergaban botellas limpias y ordenadas como soldados en formación.

Sobre nuestras cabezas, un cielo de copas colgaba de largos soportes negros, como campanillas de cristal.

Varias mesas altas, alejadas de la barra, ofrecían asientos en taburetes de patas metálicas negras. Y en el centro… la pista de baile.

Allí, varios grupos cantaban Sweet Caroline a pleno pulmón. Y, sorprendentemente, no resultaba molesto. Había algo en aquel jolgorio —una mezcla de nostalgia, euforia y ternura— que te invitaba a la inhibición.

Quique me condujo directamente a la barra.

—La última, Marina. No vas a beber más. Ni tú ni yo.

—Yo... un whisky con hielo.

—¿Y tú, Quique? —preguntó la camarera, claramente familiarizada con él.

Lo miró con una sonrisa cargada de intención, inclinando el torso más de lo necesario para exhibir su escote mientras jugueteaba con el colgante que descansaba justo sobre el canalillo.

Mmm... Inesperadamente, me molestó. Aquella mujer deseaba algo que, en ese instante, consideraba mío: su atención y su compañía.

Eran de mi exclusividad esa noche. La actitud de esa mujer activó un sentimiento olvidado que llegó abrumador: celos.

No podía imaginar, al salir de casa, que todo ese torrente de emociones se materializaría así, de repente, sin previo aviso.

Me fijé en su cara. No la miraba a ella. Solo me miraba a mí.

Y entonces lo sentí otra vez. Aquella corriente que había empezado en el coche se intensificó, bajó por mi columna y se instaló, descarada, en mi bajo vientre.

—¿Te gusta el lugar? —preguntó, algo más relajado, moviendo la rodilla al ritmo de la música.

—Oh... sí. Es agradable.

—Agradable —repitió, sonriendo.

—Vamos a bailar —soltó de pronto.

—¿En serio? ¿A bailar?

—¿Por qué no? ¿No sabes bailar, Marina?

Ese retintín. Ese sarcasmo que le caracterizaba. Como si supiera más de lo que decía. Como si pudiera leerme sin esfuerzo.

—Bueeeno… no mucho.

Recordé, no sin pudor, lo mal que se me daba seguir el ritmo. Dos pies izquierdos. Una tragedia coreográfica.

Y entonces me cogió la mano. Y literalmente me arrastró a la pista.

—Marina… Sé que no eres muy rítmica, pero sígueme. Yo te llevo.

Y lo hizo. Me llevó. Con ese olor...

Limón. Tardes de verano. Bergamota.